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    Karlovy Vary 2024
    Karlovy Vary 2024
    || Críticas | Karlovy Vary 2024 | ★★★★☆ |
    Julie Keeps Quiet
    Leonardo Van Dijl
    La mujer estilita


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Bélgica, 2024. Título original: Julie zwijgt. Director: Leonardo Van Dijl. Guion: Leonardo van Dijl, Ruth Becquart. Director de fotografía: Nicolas Karakatsanis. Música: Caroline Shaw. Sonido: Boris Debackere, Gustaf Berger, Arne Winderickx. Montaje: Bert Jacobs. Dirección de arte: Julien Denis. Producción: Gilles De Schryver, Gilles Coulier, Wouter Sap, Roxanne Sarkozi. Intérpretes: Tessa Van den Broeck, Ruth Becquart, Koen De Bouw, Claire Bodson, Laurent Caron.

    En ocasiones, resulta interesante pensar cómo unas películas funcionan como el reverso de otras. Por un lado, este año llegó a nuestras carteleras una obra como Rivales (Challengers, Luca Guadagnino, 2024), fábula desmesurada y anfetamínica del mundo de tenis profesional. Casi todo en la película yanqui era una fiesta: de la banda sonora a las horterísimas y desquiciadas decisiones de puesta en escena. El deporte aparecía como excusa para mostrar objetos de lujo, cuerpos de lujo, sudoraciones de lujo y, llegado el caso, el director se permitía incluso situar la cámara en la pelota generando algunos de los planos más feos y sonrojantes —amén de efectivos— del cine del siglo XXI. La película de Van Dijl funciona exactamente como su reverso: una radiografía sucia y angustiosa de las dinámicas de ascenso a las categorías profesionales, saturada de tiempos muertos y con una potentísima denuncia de las relaciones viscosas que se establecen entre mentor y alumna. Lo que en Guadagnino era una petardada festiva y queer, aquí es un moroso y terrible reptil que se enrosca en el cuello del espectador y le impide respirar.

    Por otro lado, la película señala desde su título (Julia permanece estática, Julia no se mueve) uno de los problemas mayores de la reflexión sobre el acoso en nuestro tiempo y, dicho sea de paso, uno de los infalibles detectores de idiotas: la eterna pregunta sobre el silencio de la víctima, sobre por qué no denunció o por qué tardó tanto en denunciar. En efecto, Van Dijl sabe de la dificultad de pronunciarse y de cómo tener que asumir ciertas decisiones y ciertas fragilidades acaba por convertirse en un manto de vergüenza difícil de sobrellevar. Julia no puede moverse porque su vida —como la de cualquier adolescente— está situada sobre la frágil opinión de los demás y el terrible juicio sobre uno mismo, sobre una misma. Asumir que ha sido víctima de un abuso por alguien respetado es tan inconcebible como no sentir que la única responsabilidad recae en el propio sufrimiento. Marínese con la culpa, con la autoexigencia propia de los deportes de élite, con el miedo terrorífico al fracaso, y ya estarían listos los mimbres de un sufrimiento intolerable.

    Ahora bien, precisamente por la complejidad que arrastra el tema es necesario exigirle todavía más a la forma fílmica. Lo fácil hubiera sido caer en el melodrama o en una gelidez absurda que congelase la complejidad de la situación. Lo fácil es hacer una curva de redención muy marcada, con una música que subraye y, a ser posible, varios monólogos llenos de tópicos sobre el empoderamiento. Van Dijl, al contrario, es mucho más inteligente y consigue algunas cosas extraordinariamente complejas. La primera, dotar a cada escena y a cada plano tanto del tiempo que requieren como del uso de foco perfecto para contar la historia. En efecto, la película transcurre con una lentitud que en ningún momento cae en el aburrimiento: experimentamos la repetición de los entrenamientos —un entrenamiento no es más que una repetición de la repetición de la repetición que espera un éxito futuro, supongo—, pero los movimientos de la protagonista, los matices de su juego, su disposición dramática, consiguen tensionar y hacer que las escenas fluyan. Del mismo modo, Van Dijl sabe cómo utilizar el rostro para ocultar o para sugerir, reencuadrando, oscureciendo o generando masas de sombras a su alrededor. Muchos planos parecen extrañamente subexpuestos, o mal etalonados, con una pasta grisácea marrón y amarillenta que rodea a figuras distorsionadas. Es una fantástica estrategia para intuir los abismos psicológicos de la protagonista: mirar desde ella, los rostros esquivos de sus padres o de sus compañeros de clase. Saberse aislada en la mirada, a partir del diseño de plano, y consiguiendo así una íntima complicidad entre cámara y personaje.

    El director hace lo posible por mantenerse ausente de la historia: encontrarán pocos estilemas y pocos subrayados en la película, más preocupada por contar bien y con precisión las cuatro ideas que maneja que por aullar su originalidad y su pertenencia al cine de autor europeo. Hay pocos lugares relamidos (los Dardenne están en la producción, lo que hacía temer algunas cosas), y de hecho, sorprende que esa lejanía de la escritura esconda un proyecto ético tan bien trazado. En cierta medida, Van Dijl confía en su protagonista, confía en los adolescentes —sin llegar a edulcorar jamás sus relaciones—, confía de alguna manera en la estructura del mundo hasta el punto de que en tanto horror parece que estemos asistiendo a ratos a una película marcadamente optimista. Es un equilibrio extraño, quizá el gran truco de magia que no consigue salir casi nunca en el cine marcadamente social: escuchar sin juzgar y sin convertir en figuritas panfletarias, no caer en el lugar común inútil ni en el mensajito de pancarta en manifestación obligatoria. La película va en otra dirección, cree en la posibilidad de la justicia y es consciente de la dificultad para llegar a ella.

    Y esa dificultad, como señalaba anteriormente, requiere del tiempo. Un tiempo para descubrirse, para aceptar lo que ha ocurrido, para permanecer tan quieta como una estilita, en perfecto equilibrio sobre el abismo de lo vivido. Van Dijl rueda a la adolescente sobre la columna de su propio miedo y la observa mientras el pánico y la culpa la zarandean. Lo interesante es que, al final del metraje, ninguno de los dos fracasa: ni ella ni él. ♦


    por Aarón Rodríguez
    enero 22, 2026

    Crítica | El silencio de Julie

    por Aarón Rodríguez | enero 22, 2026
    || Críticas | Karlovy Vary 2024 | ★★★★★ |
    Adorable
    Lilja Ingolfsdottir
    Simplemente, la verdad


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Título original: Elskling. Noruega, 2024. Dirección y guión: Lilja Ingolfsdottir. Dirección de fotografía: Øystein Mamen. Sonido: Bror Kristiansen. Montaje: Lilja Ingolfsdottir. Dirección de arte: Lilja Ingolfsdottir. Producción: Thomas Robsahm. Intérpretes: Cast Helga Guren, Oddgeir Thune, Heidi Gjermundsen Broch, Marte Solem.

    Por mucho que discutamos cuál es el elemento fundamental, esencial, de la expresión cinematográfica —quizá el tiempo interno de cada plano, quizá la capacidad dialéctica del montaje, quizá la sutura concreta de los espacios, o quizá ninguna de estas cosas—, podemos convenir que si algo es absolutamente irrenunciable para el cine narrativo es la gestión del punto de vista. Si quieren analizar correctamente una escena nada mejor que comenzar preguntándose cómo se construye la narración según la gestión del saber y la relación que ese saber tiene con los personajes.

    En este Festival de Karlovy Vary hemos visto dos películas que manejan magistralmente esta cuestión. La primera es la extraordinaria Volveréis (Jonás Trueba, 2024), de la que me gustaría ocuparme con más calma en otra ocasión. La segunda es esta Loveable, cinta noruega e inesperada que me permito el lujo de reivindicar con la disparatada esperanza de que alguna vez llegue a nuestras pantallas. Porque el público español merece esta película, merece que llegue a las minisalas, merece que abra un debate y que usted y yo y cualquier otro individuo pueda sentarse a discutir sobre lo que Ingolfsdottir plantea a lo largo de cien apasionantes minutos. Para eso debería servir la crítica de festivales, supongo, para que una película pequeña rodada con apenas un puñado de personajes en un puñado de localizaciones pueda aparecer misteriosamente en una vida lejana y, quizá, sanarla.

    Y es que esa es otra idea —nada ingenua, muy ilusa— que comparten la cinta de Trueba y la de Ingolfsdottir: que el cine tiene una cierta capacidad sanadora, la posibilidad de suturar, acompañar, explicar. Digo todavía más: el cine tiene la capacidad para mostrarnos los ángulos de las historias que no hemos vivido, o que hemos vivido sin ser capaces apenas de tomar aire para escapar de nuestra subjetividad, o que han vivido nuestros seres queridos y a veces hablan de ellas, y a veces no, y a menudo nos preguntamos cómo han sobrevivido, cómo hemos sobrevivido, a cierto incidente vital. En el caso de Loveable, un divorcio.

    Y es inevitable que la película arrastre algo de la gélida desesperación de las tragedias matrimoniales de Bergman y de Ullmann, pero mucho más meritorio es que la directora haya encontrado aquí una voz propia, fuerte y amable, nada tendenciosa, nada forzada, dotada de una magnífica fortaleza y una apuesta por el amor (y el desamor) que espeluzna y desarma. La vida es punto de vista, el cine es punto de vista, y quizá por eso hay algo en el séptimo arte que lo hermana indefectiblemente con los afectos con más fuerza, con más precisión, que en otras modificaciones artísticas. O quizá sea simplemente mi mirada de crítico chovinista, que espero que ustedes me perdonen.

    Pero a lo que iba: que Ingolfsdottir se filtra entre dos personas —más que dos personajes— y se asoma a sus habitaciones para ver cómo se aman, cómo se traicionan, cómo se despiden, cómo se reconstruyen. Sin histrionismos. Y la cosa tiene mérito, porque los diez primeros minutos de metraje parecen conjurar todos los males del cine contemporáneo: secuencia de escenas acelerada con voz en off, morritos y look de Instagram, una protagonista femenina que amenaza con caer en todos los tópicos del empoderamiento de marca, la autoayuda chic y el «porque yo lo valgo» que aúllan los perfiles de moda en las redes sociales. Luego hay un corte, y la película se cae al suelo y se rompe y nos mata del susto: esa mujer estomagante empuja un carrito de la compra y sufre ataques de rabia y ha envejecido mal y se siente extrañamente sentenciada por una vida que no sabee reconquistar y, en fin, se acabó lo que se daba y a otra cosa mariposa porque la vida se ha marchado corriendo en dirección contraria. Dirección de arte grisácea, doblar la ropa —qué poco vemos en las películas cómo dobla la ropa la gente, por cierto—, terapia de pareja, piso gélido, cómo separarse, qué hacer ahora.

    Qué hacer ahora con el amor, o con la falta de amor, y hasta dónde podemos decir que estamos vivos o es casi mejor pegarse un tiro y acabar con cuarenta años de mierda que vienen a toda velocidad. Hasta dónde vivir sin amor o qué hacer con el amor cuando no hay vida, preguntas mucho más esenciales y mucho más urgentes que, yo que sé, cuáles son los elementos constitutivos de lo específicamente cinematográfico. Pero por eso Ingolfsdottir es una genia y yo soy un simple idiota: porque ella ha sido capaz de escuchar a toda una generación y encontrar una voz muy precisa para que hombres y mujeres, mujeres y hombres, podamos mirarnos con miedo y con fragilidad en el espejo de su cine.

    Y es, cuidado, su ópera prima. Una ópera prima que rueda —según leo en entrevistas— de milagro, pasados los cuarenta y después de años intentando levantar un proyecto. A ver a cuántas mujeres españolas les dejan dirigir su primer largometraje después de los cuarenta años, me pregunto y les pregunto, casi sin venir a cuento.

    El cuento de Ingolfsdottir es el cuento del cine, es decir, de nuestra vida, y por eso su película será necesariamente imperecedera, aunque la veamos cuatro gatos que seremos un poco más sabios y estaremos un poco menos heridos. De camino a la muerte, será una película que nos agarrará con cuidado de la mano y nos recordará que todavía, en este momento, casi de milagro, hemos sobrevivido a nosotros mismos. Y que apenas estamos empezando el imposible proceso de curarnos.

    Luego dicen, decimos, que el cine cada vez tiene menos relevancia en nuestra vida cotidiana. Será al revés, digo yo. Será que nuestra vida cada vez es menos relevante. Pero no culpemos al cine. Mejor tomemos el espejo más cercano y veamos qué podemos decirnos con la forma de estos frames, de este montaje, de esta cámara, de estos cuerpos. ♦

    por Aarón Rodríguez
    octubre 03, 2025

    Crítica | Adorable

    por Aarón Rodríguez | octubre 03, 2025
    || Críticas | Karlovy Vary 2024 | ★★★★☆ |
    La historia de Souleymane
    Boris Lojkine
    Vida de un ciclista


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Francia, 2024. Título original: L'histoire de Souleymane. Dirección: Boris Lojkine. Guion: Boris Lojkine, Delphine Agut. Producción: Unité de production, Canal+, Ciné+, CNC, Fonds Images de la Diversité. Fotografía: Tristan Galand. Actores: Abou Sangare, Nina Meurisse, Emmanuel Yovanie, Younoussa Diallo, Keita Diallo.

    La película se dispara. El protagonista y su bicicleta, en plano sostenido o quizá en una miríada de pequeños planos que van acumulándose y dejan una huella aquí o allá, en la tienda en la que el tipo que le alquila una licencia de Glovo o en el restaurante en el que tiene que esperar o en la avenida llena de coches que pitan y driblan y frenan y Souleymane empuja la película —que, queda dicho, se dispara— hasta el punto de que en los primeros minutos no sabremos si es un rostro o un cómplice o un aventurero o un superviviente o un náufrago o simplemente (la avenida llena de coches que chirrían, buses, taxis, otras bicicletas) suena la alarma porque otro cliente ha pedido otra pizza u otro kebab u otro rollito de primavera a pesar de la lluvia, a pesar de que a nadie se le ocurriría montar en bicicleta con la que cae, pero convendrán conmigo (y con Souleymane y con el tipo que le alquila la licencia de Glovo) con que alguien tiene que hacer ese trabajo aunque no tenga papeles, aunque la policía, aunque servicios sociales, aunque esta noche haga un frío del demonio y no sepamos muy bien dónde dormir o dónde guarecerse si se llega tarde al asilo para emigrantes, de tal modo que los personajes aparecen y desaparecen casi sin presentación, como un goteo, pidiendo ayuda, negando ayuda, pidiendo dinero, negando dinero, y entre tanto Souleymane va consiguiendo poco a poco su rostro y habla con su madre con unos auriculares inalámbricos y su madre le ofrece respuestas incoherentes, al otro lado del mundo, en el envés del mundo, en una África absoluta y desconocida y extraña que arroja cuerpos que alquilan licencias para entregar una pizza las noches que llueve, o así.

    La película se dispara y parece la vagoneta de una montaña rusa en la que cada plano es más furioso que el anterior, planos que parecen martillazos clavando los clavos de un ataúd que claudica sin calma en la cualidad de esta Europa nuestra: qué hacer con los otros, qué hacer con los pobres que algo saben de nuestro colonialismo a los que antes les pedíamos oro y ahora les pedimos que nos traigan la pizza y nos cuenten una historia. Esa es la historia (con minúscula) que comparece en el título y que nada tiene que ver con la Historia (con mayúscula), que es otra cosa a la que la película de Boris Lokjine va mirando con toda seriedad y sacándole los dientes, como en esas películas malas de terror en las que un gato detecta a un fantasma y decide ponerse a bufar y a arquear la espalda. La Historia/fantasma de Europa es otra cosa y así se va tejiendo entre Guinea Ecuatorial, entre Vietnam, entre los países otros que van serpenteando por las calles y preocupando mucho a propios y extraños. La cámara de Lokjine sigue la bicicleta que transita unas calles artificiales con mucho neón y con mucha terraza parisina, de tal modo que la postalita francesa queda algo desdibujada, lo que siempre es de agradecer.

    La historia de Souleymane se memoriza en los audios de su móvil. Necesita mentir (a Europa, nada menos, chúpate esa mandarina) para conseguir un papel que le permita legalmente conseguir una licencia que le permita no ser expulsado y seguir entregando pizzas los días de lluvia. Y Europa, queda dicho, quiere saber si es un preso político, o un preso común, o un simple migrante, o un terrorista, o qué se trae entre los radios de su bicicleta —es curioso que Europa haya olvidado con tanta facilidad que no hace tanto ella misma iba en bicicleta por Italia, empobrecida, sucia, violada de fascismo y de liberadores yanquis, hasta que ciertos ladrones se quedaron con ella y reinventaron sin quererlo la Historia del Cine, pero esa es otra historia/Historia—, y decía, así Souleymane va hilvanando los retazos de su vida amorosa, de la vida que hubiera podido vivir con una mujer a la que apenas escucha o a la que contempla desesperado en la pantalla de su teléfono móvil.

    Es curioso que para Souleymane no existan casi la vida ni el futuro, ni mucho menos el cine. Existe el teléfono móvil, con el que igual se desenamora que solicita una habitación para pasar la noche de frío y una ducha —el booking de los sintecho, esos cuerpos límite en los que no hay espacio para la piedad sino para la justicia. Si el cine está más o menos muerto le importa un bledo a Souleymane, lo que le da mucha fuerza al propio Boris Lokjine para hacer una tremenda película en la que el contenido acompaña minuciosamente a la forma. Al final, en unos portentosos diez minutos finales, se deshacen todas las teorías sobre la ética y la estética cinematográfica. Lo único que hay es un plano/contraplano. Nada más (y nada menos) que eso. Dos cuerpos, dos angulaciones de cámara que se mantienen, un montaje absolutamente banal… pero que funciona como un mecanismo de relojería. Contar su Historia (con mayúscula) no requiere ningún arabesco ni ningún plano secuencia ni ningún estallido formal: la película ya nos lo ha mostrado todo (la lluvia, la bicicleta, la sangre, la soledad, el frío), y podemos confiar en esa simpleza magnífica en el montaje.

    Luego dirán que si el cine de festivales es un género hinchado, pagado de sí mismo, que no interesa a nadie. Luego dirán, pero Souleymane sigue atravesando calles con su bicicleta y alguien tiene que tomarse la molestia de rodarlo y de exhibirlo. La noche siempre sigue al acecho pero hay planos que saben cómo contarlo. ♦


    por Aarón Rodríguez
    abril 29, 2025

    Crítica | La historia de Souleymane

    por Aarón Rodríguez | abril 29, 2025
    || Cuaderno
    The Substance
    Coralie Fargeat
    Elementos para un debate crítico


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2024. Dirección y guión: Coralie Fargeat. Dirección de fotografía: Stéphane Thiébaut. Música: 000 Raffertie. Sonido: Emmanuelle Villard, Stéphane Thibaut. Montaje: Coralie Fargeat. Dirección de arte: Stéphane Becimol, Arnaud Denis. Producción: Tim Bevan, Coralie Fargeat, Eric Fellner. Intérpretes: Demi Moore, Margaret Qualley, Dennis Quaid, Gore Abrams, Hugo Diego Garcia, Olivier Raynal.

    Me permitirán que comience el texto de hoy ofreciendo una serie de puntos de partida. El primero tiene forma de captatio benevolentiae: lo que les propongo no es una crítica al uso, ya que intuyo que la película que hoy nos ocupa exigirá de herramientas de análisis textual y de reflexión sosegada para poder decir algo realmente valioso sobre ella. Dejaré aparcados, hasta que pueda trabajar con una copia física en condiciones, los apuntes sobre la forma fílmica que son, al fin y al cabo, los que realmente otorgan un valor a lo que se piensa o se escribe alrededor de un film.

    En lugar de ello, y contraviniendo mis propias normas, plantearé una serie de ideas sobre las que quizá más adelante, cuando la película se estrene en España y tengamos tiempo y ganas de hincarle el diente, podamos reflexionar juntos. Asumo ampliamente mi riesgo a equivocarme, pero también a despejar algunos de los posibles equívocos que saldrán a nuestro camino en los próximos meses.

    1. Las redes arderán y, un poco después, la película será olvidada


    Dentro del corto ciclo de impacto de las películas en nuestro ecosistema audiovisual, parece evidente que The Substance se ha diseñado por y para la polémica. Tiene madera de supernova: estallará, nos cegará, y desaparecerá en la noche de los tiempos entre gestos hoscos de superioridad de gran parte de la cinefilia. Iremos a velar su cadáver al lado del de Blonde (Andrew Dominik, 2022), del de Joker (Todd Phillips), del de Saltburn (Emerald Fennell, 2023) y tantas otras. Se multiplicarán las opiniones y se utilizará como un ring de boxeo improvisado que dará mucho juego a las lecturas desde el body horror. No descarto un monográfico en Routledge con brújula posestructuralista con mucha cita a Carol Clover y a Barbara Creed. Es una película netamente contextual, hasta el punto de que por momentos parece que está completamente diseñada como un artefacto para provocar que nos indignemos mucho a favor o en contra, para que saquemos capturas de pantalla y hagamos memes. The Substance se va a estrenar y, salvo sorpresa, la gente de su timeline ya sabe si quiere defenderla o no.

    2. Mirada/Slasher


    En efecto, me señalarán, The Substance no tiene nada que ver con el slasher. Salvo un pequeño detalle que me venía a la cabeza constantemente durante la proyección. En los primeros estudios sobre el subgénero, especialmente en aquellos que tenían brújula psicoanalítica anglosajona, se sugería que el género funcionaba disparando el placer de los espectadores contra la generación de jóvenes que protagonizaban las cintas. La narración castigaba su juventud, su inocencia, su sexualidad. El asesino encarnaba el ideal masculino reprimido —fálico, por supuesto, ¿qué otra cosa podía ser un machete gigante o una motosierra?—, que con su lógica ultraconservadora iba castigando los excesos de esos díscolos idiotas que morían, precisamente, por eso: por ser jóvenes e idiotas. La cuestión de la masculinización de la final girl la dejamos para otro momento.

    Bien, The Substance se mueve en un paralaje similar que no termino de desentrañar con precisión. Por un lado, es obvio que la enunciación detesta las relaciones heterosexuales: todos los personajes masculinos son repugnantes y parecen marionetas dominadas por una erección interminable. Físicamente repugnantes, monstruosos: comen como animales (los planos de las gambas son simplemente ridículos en su subrayado), se mueven como animales (el vecino que se contonea de manera pasmosa tras la mirilla), se comportan como animales (el ligue ocasional de una de las protagonistas conduce una moto, suponemos que también muy fálica, con la que gusta de intentar atropellar a una anciana que no se aparta de su camino).

    La primera pregunta que me surge es: ¿Y la cámara de Coralie Fargeat no está precisamente en esa posición? ¿No es, de todas las presencias de la película, la más pornográfica, la más animal, la más desagradable? ¿No busca siempre el ángulo más repugnante para mostrar una escena, la angulación más extrema, la deformación más sórdida? Tomemos como referencia la escena del primer show de Sue (Margaret Qualley), tan hipersexualizado que los movimientos mecánicos y su aparente ejercicio lúbrico resultan tan molestos como las propias escenas de mutilación y podredumbre que puntúan la película. Creo que entiendo lo que busca la directora: que reflexione sobre el punto de vista del deseo —¿heterosexual, únicamente?— en su planteamiento del cuerpo femenino, que haga la conexión obvia entre la voluntad de la eterna juventud y esos hombres maduros y feos o jóvenes y repugnantes que reptan tras las cámaras chasqueando sus labios, sacando su lengua, frotándose unos contra otros en un pandemónium molesto. El recurso está tan subrayado, resulta tan obvio, que como espectadores y espectadores podemos permitirnos el lujo de sentirnos tomados por idiotas. ¿Por qué no lo hacemos?

    Y a propósito de esta idea: ¿no recubre la película ese gran tema de nuestros días que es la lucha abierta entre dos/tres generaciones, los boomers, los millenials, los Alpha, los que todavía se compran vinilos de Arcade Fire, los que están atravesados por una sensibilidad subjetiva desmesurada y aferrada a los discursos de identidad, y los que vienen con la papeleta ultraconservadora en la mano dispuestos a pegarse unas risas? ¿No es The Substance la prueba visual concreta de que hay una guerra abierta en términos de goce, cuerpo, identidad, existencia, discurso, entre desconocidos furiosos?


    3. Somos uno


    En cierta manera, la película es clara: si las dos protagonistas quieren sobrevivir, deben encontrar un equilibrio porque —el diosecillo cruel del laboratorio lo subraya una y otra vez— son lo mismo. Son la misma cosa, la misma identidad, el mismo origen. Esto es algo de naturaleza profundamente cristiana y, por eso, absolutamente incompatible con lo real del mundo. Para los que han nacido y crecido en un ecosistema donde se les ha prometido que son únicos y que son especiales y que ciertos rasgos de su personalidad —ser joven, ser deseable, ser audaz, ser la generación que cambiará el mundo, váyase usted a saber— son constitutivos, resulta obvio que la única posición ante el resto del mundo es el desprecio. Ok, boomer. ¿Por qué tendría Sue que ceder un palmo de terreno para que Elisabeth Sparkle (Demi Moore) pudiera sobrevivir? ¿Acaso no es la vida de la mujer madura —ver la televisión, pasear por el apartamento, intentar quedar con viejos conocidos— absolutamente despreciable, vacía, una vida indigna de ser vivida? No lo digo yo: lo dice la enunciación. Fíjense en los planos que retratan a esa Demi Moore perdida, angustiada, convertida paulatinamente en un ente monstruoso y aplastada por un pasado que se agota.

    Aquí, intuyo, la película da en el clavo, y lleva hasta un extremo realmente meritorio esa tensión, ese barajeo de oposiciones imposibles que forma parte del magma social y que lo ha formado siempre. La diferencia es que ahora lo vivimos diariamente en redes sociales y —lo que es mucho más grave— en la esfera política mayoritaria cuando se enarbola la juventud como un motivo aparentemente autónomo para garantizar el acceso al poder. El resultado de esa oposición es, por supuesto, la llegada del monstruo.

    4. El monstruo


    De nuevo, Fargeat juega una carta absolutamente obvia: el monstruo empático, el monstruo final, el monstruo más humano que nosotros. El monstruo al que debemos comparecer porque, quizá, se sugiere que ocupamos su lugar —¡ese plano subjetivo detrás de la máscara!—, ese monstruo que no es otra cosa que una versión vitaminada y posmoderna, y por eso muy desactivada de Joseph Carey Merrick, el viejo hombre elefante. Ha cambiado la feria victoriana por la televisión del XXI —un medio, por lo demás, propio de esa generación que ya desaparece—, pero la idea es la misma: ese gesto humano que pide piedad, atención, cuidado, pero que lo hace desde la coraza de lo repugnante.

    Entonces… ¿Es la película de la Fargeat un alegato humanista-monstruoso en su último tercio? ¿Y cómo podría serlo, me pregunto, si se ha dedicado sistemáticamente a despreciar a la humanidad y a su propio espectador durante los ciento veinte minutos anteriores? Porque, digámoslo claro: Fargeat desprecia a su público. Lo hace porque utiliza el montaje para herirle, utiliza la planificación para aplastarle, utiliza el sonido para que sienta náuseas o para que salte en el asiento. Fargeat es la niña cruel que retuerce bajo la lupa a esa mosca que, vaya por dios, somos nosotros. La diferencia con otros creadores del llamado «cine de la crueldad», sin embargo, es absoluta. Lanthimos —que, vaya por delante, no es santo de mi devoción—, mantiene en casi todas sus propuestas una frialdad coherente que se cierra con el desprecio abierto a la humanidad. Gaspar Noe —que sí que lo es— ha ido abriendo en los mejores momentos de su cine una ventana hacia la reflexión y hacia la empatía que parte de un muy complejo y consistente aparataje metafísico. Julia Ducournau se ha tomado la molestia de leerse bien a la Haraway y ha sabido recuperar lo mejor de cierta herencia visual para llevarlo a otro nivel de altísima precisión y altísimo pensamiento. Fargeat nos obliga a contemplar un desfile de atrocidades corporales para acabar con un chiste, una broma de mal gusto, en el que caben dos opciones: o bien ha intentado recuperar el proyecto lyncheano del monstruo-hombre (recuerden la escena en la que Merrick recitaba uno de los salmos con un magnífico contrapicado que mostraba la claraboya del cielo sobre él), o bien su gesto es una payasada para hacer reír a los adolescentes de las sesiones nocturnas con toneladas de sangre y prótesis asquerosas. En el primer caso, como vengo sugiriendo, fracasa estrepitosamente porque resulta imposible, creo, levantar un proyecto ético a partir de su película. En el segundo caso no tengo nada que objetar a The Substance, salvo que la leamos como algo más de lo que es: una película que quiere mostrar elementos repugnantes para que sintamos una pura experiencia estética de disgusto. Y nada más. Todo lo que se escribe más allá de eso, entonces, es sobreinterpretar la cinta —y no digo, cuidado, que yo mismo no lo esté haciendo en el presente texto.


    5. El disparatado terreno medio


    Volvamos un momento a los ejemplos que ponía al principio del texto: Blonde, Joker, Saltburn. ¿Se han dado cuenta de que tienen algo en común? Sin duda: provocan, pero no mucho. Dicen algo interesante sobre el cuerpo, pero no mucho. Se plantean como reescrituras de obras ya fijas en el imaginario cinéfilo —las cintas de Marilyn, las cintas de Scorsese, Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968)—, pero sin generar excesivos frotamientos con ellas. Y vaya por delante que, en los dos primeros casos, son películas con las que he mantenido una relación bastante íntima desde el momento de su estreno.

    Son obras de lo que podríamos llamar el «middlebrow aceptable», es decir, películas que asumen unos márgenes provocativos perfectamente asumibles por las grandes audiencias —la escena del cementerio de Saltburn, por ejemplo, es de una ridiculez temática que bordea la carcajada— y que le aportan la sal y la pimienta a nuestro pequeño mundo cinéfilo. En todos los casos vienen con esa pátina de supuesto arrojo formal tras el que suele estar una plataforma o una major que sabe que la gran mayoría de los adultos funcionales ya están hasta el moño de las películas de superhéroes y de coleccionar Funkos y quieren ver qué pasa con su alquiler, su cuerpo, su futuro y su gobierno.

    The Substance sigue la línea del «middlebrow aceptable» y se posiciona en esa estela para que usted y yo nos enfademos un rato, pero se agota en el momento en el que el crítico intenta fijar con claridad exactamente qué busca la película. Quizá es pedirle demasiado y lo único que busca es eso: formar parte del término medio, otorgarnos un espejismo provocativo, usar la cámara con una posición irónica y claramente onanista —¿por qué todo el rato, una y otra vez, se subrayan las partes pudendas de las protagonistas como elementos sobre los que se compone la película entera?—, y finalmente, hacernos un corte de mangas y mandarnos a casa aceptablemente horrorizados.

    Por lo demás, repito, saldremos de la sala con nuestro tuit ya preparado, con nuestra defensa o nuestro ataque perfectamente sintetizado en la cabeza. The Substance se nutre de ese malestar y quiere acólitos y detractores, profetas y enemigos. La película es potente en esa búsqueda: no creo que le neguemos el placer de odiarnos entre nosotros un poquito más por su culpa. ♦


    por Aarón Rodríguez
    enero 30, 2025

    Crítica | La sustancia | Filmin

    por Aarón Rodríguez | enero 30, 2025
    || Críticas | Karlovy Vary 2024 | ★★★★☆ |
    Pepe
    Nelson Carlo De Los Santos Arias
    Oscilaciones


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Dirección, Guion, Música: Nelson Carlo De Los Santos Arias. Dirección de Fotografía: Nelson Carlo De Los Santos, Roman Lechapelier, Camilo Soratti. Montaje: Tom Swash. Diseño de Producción: Melania Freire, Daniel Rincón. Dirección de arte: Daniel Rincón. Nacionalidad: República Dominicana, Namibia, Alemania, Francia.

    Mientras los públicos se relamían viendo la colección de biopics más o menos elaborados alrededor de la figura de Pablo Escobar, se fantaseaban las narraciones de los márgenes. El margen, en términos cinematográficos y narrativos, es una figura que hemos explotado hasta la saciedad y que la crítica ha desgastado hasta convertirlo en un concepto inutilizable (otro tanto ocurriría con las palabras «resistencia» o «dispositivo»), de tal manera que tiene que llegar un director como Nelson Carlo De Los Santos para volver a reinventar el lenguaje.

    Porque eso es de lo que trata finalmente Pepe y lo que ha conseguido que sea una de las películas más relevantes del año: su torsión contra el lenguaje cinematográfico convencional, su ataque directo hacia la estructura clásica, su extraño sentido del humor y su nada convencional apuesta por un humanismo total no exento de aristas ni de contradicciones.

    Después de todo, la película está rota desde el principio. Parece como si un niño emocionado hubiera recibido el don de la narración y hubiera decidido derramarlo sobre la caja de juguetes articulados que encontró en una almoneda. Un hipopótamo que habla después de muerto. Unos soldados que atraviesan la noche. Un camión, una lancha, un autobús. Y todo eso va cruzándose como se cruzan las imágenes de archivo, la recreación, la memoria, la invención, un trazado complejo de fuerzas que se van disponiendo entre la fábula, el humor, el cine bélico, la vanguardia y el puro terror. Es curioso cómo una película puede contener tantas otras películas dentro y respetarlas primorosamente, con una dulzura y una precisión de reloj antiguo. Porque Pepe parece empeñada en dar la hora, o quizá en atrasarse, y de ahí la cámara con sus deliciosos travellings laterales hacia la izquierda, pero también con esos exquisitos planos de gran profundidad que recuerdan por momentos a Ulrich Seidl y cuyo sentido del humor, intuyo, podría estar inquietantemente cerca.

    Sin embargo, la voluntad del director pasa también por la antropología, por la sociología, por una suerte de observación pertinaz y muchas veces dolorosa ante una serie de retazos históricos que se empeña en no empequeñecer. Tomemos por ejemplo la buscadísima cacofonía de voces que componen la película. Por un lado Paco, el hipopótamo protagonista, se manifiesta con una colección de voces distorsionadas, lenguajes diferentes, acentos y timbres lejanos. Pronuncia una locución sabia y poética en una cascada de lenguas que se superponen y se contradicen: lenguas de países colonialistas y colonizados, marcadamente pesadas en la Historia canónica o con flexiones vocales apenas reconocibles para el espectador europeo o americano. Escuchamos al hipopótamo y nos escuchamos a la vez a nosotros mismos y a ese conjunto de alteridades que han ido trepando por los túneles de la violencia que nos ha conformado. De ahí que el hipopótamo sea otra cosa: un esclavo obligado a atravesar el mundo para darle el gusto a un narcotraficante, un cuerpo solitario ante la incapacidad de encontrar una compañera, una víctima propiciatoria, un animal mágico, un tótem de los que no han tenido tótem, o cosa similar. De ahí también que cuando pasemos a la lengua de los raptores y los cazadores nos demos cuenta de su falta, de su carencia, de aquello que parecen buscar mientras se insultan o se cuentan todo tipo de chanzas, y en los que la poesía que emerge no es otra que la poesía de la vida vivida. La película tiene uno de los momentos más estremecedores que recuerdo haber visto últimamente en la pantalla: Candelario, un hombre cualquiera, intenta explicar a su mujer el primer encuentro con el hipopótamo y la sensación de pánico al sentirse atacado por el animal. De pronto la escena se atora, se enquista, se da la vuelta. Es el hombre el que deja fluir su violencia, el que no se siente escuchado, el que de pronto deviene pura agresividad y enseña los dientes contra el mundo que le rodea. Lo fascinante es el trabajo sobre el lenguaje mismo: Candelario se traba, repite una y otra vez las mismas frases, ensaya a decir lo mismo de una manera distinta, vuelve sobre su pánico con las mismas palabras y lo gira como un caleidoscopio en busca de una expresión más precisa. No puede. Enfurece. Siente que nadie le escucha, que nadie le hace caso, que nadie puede hacerse cargo de su propio miedo. Y decide que el culpable de su falta de lenguaje es, por supuesto, el hipopótamo mismo.

    La repetición de Candelario y su papel dominante y aterrador en toda la segunda mitad de la cinta es un portento escalofriante. Hay una lección sobre la maldad que la cámara sabe convertir en términos visuales que no deja de resultar fascinante: no es fácil detectar su origen, no hay que retrotraerse a explicaciones familiares o sociales —aunque están, claro que están, en una precisa sordina—, porque la maldad parece ser simplemente la compañera de viaje del ser humano. No así del hipopótamo, que suficiente tiene con reflexionar sobre la muerte mientras la cámara le sobrevuela o introduce planos hermosísimos que podrían ser miradas subjetivas o recuerdos del pasado, o ambas cosas. La película acaba funcionando como un reloj (que atrasa) precisamente en esa sensación de que estamos frente al cine, pero a la vez, frente a una enorme disección de los problemas que ahora mismo dominan el pensamiento contemporáneo.

    Esperemos que tenga escuela, o por lo menos, espectadores. ♦

    por Aarón Rodríguez
    enero 22, 2025

    Crítica | Pepe | MUBI

    por Aarón Rodríguez | enero 22, 2025
    || Críticas | Karlovy Vary 2024 | ★★★★☆ |
    MaXXXine
    Ti West
    Placeres (a)morales


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: MaXXXine. Duración: 114 minutos. Dirección, guion y montaje: Ti West. Música: Tyler Bates. Dirección de fotografía: Eliot Rockett. Casting: Jessica Kelly. Intérpretes: Mia Goth, Elizabeth Debicki, Moses Sumney, Michelle Monaghan, Bobby Canavale, Kevin Bacon.

    Desde sus primeras películas, Ti West ha sabido trabajar la materia cinematográfica con una pericia asombrosa. En lugar de un auteaur de la vieja escuela, parecería que su sueño estaba más relacionado con el estudio del plano, con la cita visual o con los flujos más o menos subterráneos que arrastran motivos visuales —y, sobre todo, usos del tiempo de cada secuencia— de una escritura a otra. De hecho, me atrevería a sugerir que West se hace grande en el estudio de la escena, en su olfato para saber cómo disponer cada plano, la duración precisa que cada uno debe tener y el ritmo exacto que apunta al conjunto. Sus películas son archipiélagos de fragmentos perfectamente encajados e hilvanados que dominan el tiempo fílmico con un rigor pasmoso.

    La vieja idea del tiempo interno de cada plano —teorizada desde la modernidad de Bazin o desde el posestructuralismo de Deleuze, tanto da— muestra su capacidad para moldearse en torno al terror en las primeras películas de West: tanto La casa del diablo (The House of the Devil, 2009) como Los huéspedes (The Innkeepers, 2011) se hacían grandes precisamente en la errancia, el corte demorado, una sensación de malestar perpetuo que ocurría siempre a partir de la espera y la anticipación. Sin embargo, a medida que West ha ido ganando seguridad en su propia escritura —y dinero para rodar, no lo olvidemos—, ha parecido encontrar mayor facilidad para planificar, medir y montar. Se ha ido ganando una voz narrativa al mismo tiempo que realizaba una suerte de conquista de la edición, del choque entre planos.

    En esta dirección, la trilogía que acaba de clausurar es a la vez la cima de su carrera y la confirmación de que se trata de un perfecto ebanista de la imagen. Puede que X (2022) confirmase su pericia a la hora de realizar choques visuales y cortocircuitos rítmicos como un auténtico médium, un director de orquesta dotadísimo para la construcción narrativa. Puede también que Pearl (2022) sea por derecho propio uno de los pastiches más amargos, sabios y más afectivamente poderosos que ha dado el cine contemporáneo. En MaXXXine confirma finalmente que sabe perfectamente confiar y divertir al público, volcando todo lo anterior en una divertidísima montaña rusa que hará aullar de placer a los amantes del género. Es una suerte de regalo, un reconocimiento a sus seguidores, un capricho nada culpable que cierra la trilogía como nadie lo esperaba: a partir de una banalidad bien entendida que hace del intertexto su plato fuerte.

    Ciertamente, la dislocación de la trilogía es tan asombrosa —y molestará tanto a sus detractores, sin duda— que parece hasta poner en crisis la vieja idea del análisis fílmico que señala que el principal valor de una obra debe medirse en términos de coherencia. En efecto, las tres películas no encajan de ninguna manera: ni visualmente, ni temáticamente, ni narrativamente. Y, sin embargo, hay una suerte de hilo conductor que las atraviesa de punta a punta, la sensación inaprehensible de que Ti West sabe perfectamente hacia dónde conduce la aventura: hacia la reescritura crítica, no demasiado seria, no demasiado apasionada, no demasiado elevada, de la Historia del Cine. En un momento de crisis industrial y social para el séptimo arte como el que estamos viviendo, West se encoje de hombros y nos abraza cuidadosamente: no podemos tomarnos tan en serio o acabaremos perdiendo la perspectiva sobre el objeto de nuestro amor.

    Por supuesto, MaXXXine se levantará en torno a tres citas mayores: eso que se ha venido llamando sin demasiado rigor el «western crepuscular», Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960) y el terror de los ochenta. A poco que lo pensemos, la trayectoria se traza sin esfuerzo: la caída de la mitología de los grandes estudios, la irrupción de técnicas televisivas que desembocarían en la Serie B y la negación final del celuloide como elemento privilegiado del cine de Hollywood. Demolición absoluta de los elementos que configuraban ese fantasma, esa entelequia que llamábamos «la magia del cine»: la sala, el star system, el mito originario norteamericano. Ti West dispara a matar, pero lo hace sin nostalgia: simplemente pone un clavo más en el ataúd de las viejas concepciones cinéfilas que hemos heredado de nuestros mayores y sedimenta las de nuestra propia generación. Los que vienen detrás de nosotros ya andan con el Glitcheado y no tardarán en añorar los neones y los colorinchis horteras de Jane Schoenbrun, pero hasta que llegue su tiempo para envejecer, nuestro confesor y nuestro reclinatorio sigue quedando en el territorio de Ti West.

    También hay un mérito extrañísimo en MaXXXine que generará no pocos escozores entre gran parte de su público: su función como espejo deformante del puritanismo que reina en ciertos sectores intelectuales en nuestros días. Lo incontrolable del sexo, del puro acto sexual, sigue levantando ronchas y la propia imagen sufre de ese placer por la legislación que ha dominado los discursos sobre el cuerpo (especialmente aquellos que sacaban pecho de «progresismo») en las últimas décadas. Ante un cine mainstream que ha expulsado los cuerpos y su placer del territorio de la representación y que parece incluso avergonzarse en ocasiones de lo que pueda ocurrir entre las sábanas de sus protagonistas, Ti West se niega a juzgar ni a jugar al tren de la bruja moralista para mostrar claramente una posición incómoda, fea, peligrosa y sutil. No hay condena ni sublimación de los ochenta, de sus locales infectos y sus industrias difusamente (i)legales. Aquello ocurrió porque ocurría dentro de los cuerpos y en los discursos sobre los cuerpos y su película recoge todo aquello, quizá simplemente para que no lo olvidemos con facilidad. De nuevo, vuelvo al comienzo, Ti West confía en la responsabilidad de su público para que cada uno pueda sacar sus conclusiones y trazar su propia línea entre la representación y la realidad, la historia y la política, el deseo y la opresión… y su película y la vida, claro.

    Hay pocas dudas de que West es uno de los directores más interesantes del cine actual. El reto que nos plantea es, precisamente, el de intentar levantar un pensamiento y una precisión analítica que esté a la altura de las películas que se empeña en seguir filmando. En 2024 se ha desprendido de la tremenda belleza que tenía el guion que escribió junto a Mia Goth y nos ha regalado un juguete divertidísimo con los bordes oxidados para que nos cortemos los dedos con sus filos. Reivindiquemos, por lo tanto, el dolor de su gesto. ♦


    por Aarón Rodríguez
    agosto 22, 2024

    Crítica | MaXXXine

    por Aarón Rodríguez | agosto 22, 2024
    || Festivales
    Karlovy Vary 2024
    Notas sobre la sección oficial de la 58ª edición del festival checo


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ▼ Críticas
    Celebration, Bruno Anković
    The Hungarian Dressmaker, Iveta Grófová
    Our lovely pig slaughter, Adam Martinec
    Panopticon, George Sikharulidze
    Tiny Lights, Beata Parkanová
    Pierce, Nelicia Low
    A Sudden Glimpse to Deeper Things, Mark Cousins
    Xoftex, Noaz Deshe
    Three days of fish, Peter Hoogendoorn
    Banzo, Margarida Cardoso
    Rude to Love, Yukihiro Morigaki

    Para cerrar la cobertura del Festival, merece la pena ofrecer algunos apuntes más o menos improvisados sobre las obras que compusieron la sección oficial a competición. Cintas mayúsculas, entre las que destacaba sin la menor duda la noruega Loveable (de la que tienen una crítica específica a su disposición, sin desear profundizar en ella).

    En líneas generales, este año la competición ha mantenido un nivel sostenido, en el que hemos acusado nostálgicamente la presencia de alguna representante española —recordemos que el año pasado se estrenó la inmejorable Las chicas están bien, de Itsaso Arana—, y en la que un año más se ha mantenido el nivel de programación especialmente en lo tocante al cine georgiano. Las propuestas o coproducciones checas han mantenido la misma dirección que en años anteriores, compartiendo los anclajes del cine de «calidad» —léase en el viejo sentido de Truffaut— con propuestas algo más costumbristas y esperpénticas, vinculadas con mayor claridad a la tradición cinematográfica del país.

    Como viene siendo habitual, se han permitido algunos filtreos con el cine de género —Pierce o Xoftex tienen ecos distantes de fantástico—, pero el gran grueso lo han representado propuestas que, peor o mejor, miraban directamente a la tradición autoral y al cine narrativo con ciertas licencias exploratorias en lo formal. Hay que decir a favor del equipo de programación que, como viene siendo habitual, no han pagado peajes en modas ni en tics del momento: las películas que han llegado ofrecen un crisol plural, complejo y abierto, de tal modo que los espectadores han recorrido una fotografía extensa del estado del cine contemporáneo. Veamos cuáles han sido sus frutos.

    por Aarón Rodríguez
    julio 08, 2024

    Karlovy Vary 2024: Notas sobre su sección oficial

    por Aarón Rodríguez | julio 08, 2024
    || Festivales
    Karlovy Vary 2024
    Conclusiones
    Cuadro de honor de su 57ª edición


    Miguel Muñoz Garnica
    Córdoba |

    fechas
    | Del 28 de junio al 6 de julio de 2023. |

    Palmarés reciente
    2023| Blaga's Lessons, Stephan Komandarev
    2022| Summer with Hope, Sadaf Foroughi
    2021| As Far As I Can Walk, Stefan Arsenijević.
    2019| The Father, Kristina Grozeva, Petar Valchanov.
    2018| I Do Not Care If We Go Down in History as Barbarians, Radu Jude.
    2017| Little Crusader, Václav Kadrnka.
    2016| It's Not the Time of My Life, Szabolcs Hajdu.
    2015| Bob and the Trees, Diego Ongaro
    2014| Corn Island, Giorgi Ovashvili.

    Mark Cousins, autor de la Historia del cine más canónica de nuestra época —que se prolongó al audiovisual por medio de la serie A Story of Film: An Odissey (2011)— se ha alzado con el Globo de Cristal, el mayor galardón concedido por el festival de Karlovy Vary, por su documental A Sudden Glimpse to Deeper Things. Se trata de un homenaje a la pintora abstracta Wilhelmina Barns-Graham, centrado especialmente en la experiencia epifánica que le supuso escalar el glaciar suizo de Grindelwald en 1949. El jurado de la sección oficial ha estado presido por la productora estadounidense Christine Vachon, acompañada del actor australiano Geoffrey Rush, el artista islandés Sjón, la actriz checa Eliška Křenková y el director húngaro Gábor Reisz.

    Entre el resto, destacamos doble premio a Loveable, ópera prima de la directora Lilja Ingolfsdottir y la gran sorpresa del certamen para nuestro enviado especial Aarón Rodríguez Serrano. En la sección Proxima, segunda en importancia del festival checo, se ha alzado con el primer premio Stranger, de Zhengfan Yang.

    COMPETICIÓN


    • Globo de Cristal: A Sudden Glimpse to Deeper Things, Mark Cousins, Reino Unido.
    • Premio especial del jurado: Loveable, Lilja Ingolfsdottir, Noruega.
    • Premio a la mejor dirección: Nelicia Low por Pierce, Singapur.
    • Premio a la mejor actriz: Helga Guren por Loveable.
    • Premio al mejor actor: Ton Kas y Guido Pollemans por Three Days of Fish, Holanda.
    • Mención especial del jurado: Xoftex, Noaz Deshe, Alemania + Our Lovely Pig Slaughter, Adam Martinec, República Checa.
    • Premio del público: Waves , Jiří Mádl, República Checa.
    • Premio Fipresci: Loveable.

    PROXIMA


    • Gran Premio Proxima: Stranger, Zhengfan Yang, Estados Unidos.
    • Premio especial del jurado: Vino la noche, Paolo Tizón, Perú.
    • Mención especial del jurado: March to May, Martin Pavol Repka, República Checa.
    • Premio Fipresci: Vino la noche.

    por Miguel Muñoz Garnica
    julio 06, 2024

    Karlovy Vary 2024: Palmarés

    por Miguel Muñoz Garnica | julio 06, 2024
    || Críticas | Karlovy Vary 2024 | ★☆☆☆☆ |
    Rumours
    Evan Johnson, Galen Johnson y Guy Maddin
    Un mal humor


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary |

    ficha técnica:
    Directores: Evan Johnson, Galen Johnson, Guy Maddin. Guion: Evan Johnson. Director de fotografía: Stefan Ciupek. Música: Kristian Eidnes Andersen. Montaje: Evan Johnson, Galen Johnson, John Gurdebeke. Dirección de arte: Zosia Mackenzie. Intérpretes: Cate Blanchett, Roy Dupuis, Nikki Amuka-Bird, Charles Dance, Takehiro Hira, Denis Ménochet, Rolando Ravello, Zlatko Burić, Alicia Vikander.

    Algunos patinazos cinematográficos son difíciles de comprender. El equipo compuesto por los Johnson y Maddin venían de firmar, al menos, dos de las mejores películas de la última década, las titánicas The Forbidden Room (2015) y The Green Fog (2017). La primera era un prodigio de inventiva sádica, un barajeo de cuerpos y prácticas que parecía descender en picado por el abismo de la Historia del Cine. La segunda era un collage imposible, un despiporre de clips completamente descontextualizados que funcionaba como la célebre calavera de Hans Holbein y dejaba entrever tras sus torsiones nada menos que una reescritura de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958). Ambas obras eran piezas mayúsculas, delirantes, imposibles sobre el papel y sin embargo extraordinariamente sólidas en la pantalla. Eran ejercicios de papiroflexia en el montaje que negaban una y otra vez cualquier tipo de cohesión interna.

    Y de pronto, Rumours.

    Es decir, de pronto la banalidad de algo parecido a un relato más o menos lineal, con pequeñas situaciones hilvanadas, personajes que muestran cierta evolución bufa, una lógica causal, una extraña fealdad visual en la que no se sabe si hay dinero o si hay poco dinero o qué ha pasado con la producción porque la dirección de arte está entre el bazar de «todo a un euro» y la obra de teatro benéfica de final de curso de un instituto en Winnipeg. Un cutrerío que hubiera funcionado si Maddin hubiera sido Maddin y se hubiera molestado en llevar la escritura hasta un posible límite, en lugar de proponer una dirección intragable y torpe que nada tiene que envidiar a una teleserie turca. Ha querido jugar en la división del hype y que los actores actuasen, lo que —en su cine— no tiene ni pies ni cabeza. Recuerden parte del elenco de The Forbidden Room: Udo Kier, Mathieu Amalric, Maria de Medeiros o Charlotte Rampling. Así, para empezar. Son nombres de inmensa potencia, pero confinados a un tipo de cine casi siempre arriesgado y flamígero que sabe romperse como y por donde toca. Allí funcionaban porque no actuaban, o mejor dicho, porque actuaban como marionetas descerebradas e incomprensibles, sombras de películas silentes olvidadas, quizá dioses enloquecidos de reflejarse ardiendo en nitrato de plata.

    Aquí, al contrario, tenemos rostros que vienen del cine Middlebrow (otro día abrimos ese melón) y que están acostumbrados a no fracasar jamás en sus películas: Cate Blanchett, Alicia Vikander, Denis Ménochet… ¡por dios bendito, está Charles Dance, de la casa Lannister y perpetuo enemigo fatal de Eddie Murphy! Son actores que, decía, no fracasan jamás y se muestran a la cámara con la altivez de saber lo que hacen, de saber que caerán de pie y que se pueden permitir, en fin, la golosina de reírse un ratito, en voz baja y sin demasiado estruendo, del G7. Es una película «política» filmada por unos autores «de calidad», signifique eso lo que signifique. Y claro, el desastre resulta mayúsculo porque un estilo de interpretación —y de dirección de actores— es absolutamente incompatible con una trama (involuntariamente) mal escrita y mal rodada. Es, por decirlo muy rápidamente, como si hubiéramos cogido a todos esos actores y los hubiéramos lanzado al Trabajo Fin de Master de un estudiante no demasiado dotado.

    Ciertamente, Rumours no es una película política. No puede leerse en términos concretos de acción o de comprensión del mundo. En términos formales, es tan previsible y tan poco inspirada que como artefacto crítico resulta inútil. El propio Evan Johson —que, se supone, «escribió» el guion en solitario— parece darse cuenta de lo mal que le salen las cosas que incluso incorpora un gag al respecto cuando uno de los actores intenta hacer una lectura geopolítica de los acontecimientos del film. Aquello es un dislate y demuestra que, simple y llanamente, la película apunta a una especie de mal «general», abstracto, un mal de andar por casa del que podemos reírnos con cierta distancia porque, en fin, qué vamos a hacerle. Y me atrevería a sugerir que, quizá, eso es precisamente lo contrario de lo que deberíamos esperar de un film político.

    Llegando al meollo de la cuestión, la película no funciona ni como film fantástico, ni como film político, ni como sátira, ni siquiera como película «de autor» (de nuevo: signifique eso lo que signifique). Simple y llanamente: no funciona. Se hace pesada a pesar de su paso lineal y aparentemente fácil de seguir. Se hace absurda pese a su supuesto humor absurdo. Languidece y languidece hasta que termina en un final que parece celebrar el apocalipsis, en lugar de molestarse en ofrecer ninguna alternativa posible o, al menos, alguna lectura de cierta inteligencia. En lugar de eso, es mejor resumirlo todo en reírse del idioma sueco, hacer bromas sobre los chatbots y encogerse de hombros.

    Maddin y los Johnson tenían el micro, la atención, los actores, parte del dinero… y decidieron soltar una sonora flatulencia visual. Una pena, una oportunidad perdida, una lástima. Afortunadamente, uno no está ya para hacer de plañidera del cine y puede pasar a otra cosa con la alegría de saber que, proyecten lo que proyecten en la sala de al lado, probablemente merezca mucho más la pena. ♦

    por Aarón Rodríguez
    julio 04, 2024

    Crítica | Rumours

    por Aarón Rodríguez | julio 04, 2024

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