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    Joe Wright
    Joe Wright
    || CRÍTICAS | ☆☆★★★
    Cyrano
    Joe Wright
    La música de un beso


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    Reino Unido, Estados Unidos, 2021. Título original: «Cyrano». Director: Joe Wright. Guion: Erica Schmidt, basado en la obra de Edmond Rostand. Productores: Tim Bevan, Eric Fellner, Guy Heeley. Productoras: Working Title Films, Metro-Goldwyn-Mayer, Mestiere Cinema. Fotografía: Seamus McGarvey. Música: Aaron Dessner, Bryce Dessner. Montaje: Valerio Bonelli. Reparto: Peter Dinklage, Haley Bennett, Kelvin Harrison Jr., Ben Mendelsohn, Bashir Salahuddin, Scott Folan, Monica Dolan, Joshua James, Anjana Vasan, Ruth Sheen, Mark Benton, Richard McCabe, Peter Wight, Tim McMullan, Colin Mace. Duración: 123 minutos.

    Estos días, chequeando viejos musicales, ha resucitado mi interés por los grandes musicales de la Metro Goldwyn Mayer. Curiosamente el inicio del musical, en permanente lucha fronteriza con la época del precode hollywoodiense, tuvo a Fred Astaire como único y mejor exponente, sin embargo los mejores y más importantes musicales de la Metro tuvieron en Gene Kelly una hermosa brecha imaginaria en donde expandir ventanas hermenéuticas hacia espacios narrativos más brillantes y desbocados. El verdadero espíritu del musical, reside y habita en la punta de los dedos del pie de un bailarín con espíritu transgresor que iba empequeñeciendo los movimientos hasta engrandecer todas las líneas divisorias del musical romántico. Sucede también, al estilo Kelly, que aquellos musicales daban fluidez e integraban los números musicales dentro de una urdimbre narrativa o de una historia encadenada. No son solo una retahíla excepcional de números de baile, sino que había un sentido mayor del mismo, una simbiosis escénica, un bellísimo dominio del espacio fílmico como referente fantástico del musical propiamente dicho. Bailamos y cantamos porque nuestro relato debe manifestarse de esta manera. No existen mejores musicales en ese sentido que los de los años 40 y principios de los 50.

    Uno de mis preferidos, revisado hace pocos días es Siempre hace buen tiempo (Stanley Donen, Gene Kelly, 1955). Hacemos hincapié en esta película que precisamente raya o extingue la llama de los años dorados de la Metro en un musical que funciona de cenit o colofón a un legado maravilloso. La historia de tres amigos que al volver de la Segunda Guerra Mundial prometen volverse a ver, en el mismo lugar y a la misma hora, diez años después como prueba irrefutable de su eterna amistad. Fascina el uso del formato cinemascope, en el que la cámara se abre para fijar planos generales con un gusto exquisito por los espacios. Tenemos por ejemplo ese primer gran plano general de la ciudad de Nueva York en el que se bifurcan los caminos de los tres amigos. Caminos opuestos en una línea de los sentimientos que vuelve a recorrerse en la imagen final. Pero lo mejor del filme de Donen y Kelly, que acabaron con fuertes desavenencias y romperían después de este trabajo sus colaboraciones artísticas, son las ideas narrativas originales que la hacen singular e importante dentro de toda la tradición del gran musical. La escena en el restaurante, en donde se reúnen para celebrar el reencuentro, supone un doble escenario que se escapa o diluye por una tercera vía en off. Por un lado la mesa donde los tres están sentados en fila horizontal, detrás la orquesta ameniza la velada en directo; después la cámara se centra en cada uno de los protagonistas aislándolos del resto para expresar con música las emociones o pensamientos que cada uno tiene en ese momento. Es una expansión del espacio infinito, un escape fuera del campo musical que adelanta los dramas cantados de Jacques Demy y Michel Legrand en cuanto se considera música de las emociones, se habla o piensa con música pero no existe más que en nuestras cabezas. Porque apenas habremos tenido tiempo de caer en la cuenta de la disposición del escenario: el restaurante, la mesa, la orquesta en directo, cuando seremos invitados a un espacio más íntimo, más introspectivo, una especie de grieta o caverna en la que asomarnos. Esto mismo pasa en la escena del plató de televisión. El montaje distribuye a los tres amigos en el mismo plano a pesar de estar en lugares diferentes. La pantalla dividida es capaz de crear un único lugar atemporal que refleja con inteligencia, de la manera más sencilla e inocente, los lazos invisibles de la amistad. Esos diez años resumidos en un baile. La partitura es tiempo, y es una ruptura con la realidad.

    No sorprende, o al menos a mí no me parece ni mucho menos descabellado, que el británico Joe Wright acabara filmando un musical, que, paradojas del cine, estuviera producido por la Metro Goldwyn Mayer. Productora en horas bajas que sin embargo apuesta en esta nueva Cyrano por una adaptación del musical escrito en 2018 por Erica Schmidt, basado en la inmortal obra de Edmond Rostand. Wright gusta de crear universos flotantes extremos entre el gran mundo de la fantasía y el mundo íntimo de la realidad. En otras palabras, la esfera mágica de los sueños, contra la esfera literaria, la del relato universal. Nada raro sería que en algunas de las películas anteriores del cineasta cualquiera de sus personajes alzara la voz y cantara en secuencias como el bellísimo plano secuencia en Dunkerque de Expiación, o en las escenas de baile y salón de Orgullo y Prejuicio. En verdad, sus obras manifiestan una honda musicalidad, trazada con escuadra y cartabón en el abordaje de los elementos en escena. Ese telón que se abre y cierra en sus trabajos más representativos. Acaso su personalidad excesiva, su virtuosismo a veces incluso obsceno y hipertrófico, que no atiende a mesuras sino que se evapora en continuos movimientos de cámara y escalas imposibles, son botones naturales de un interés por musicar cada gesto de su discurso. Tenemos Ana Karenina, quizás la mejor muestra de un musical teatral, barroco, descomunal y elefantiásico, o la infravalorada Pan como arquetipo del musical rock infantil. Me atrevería a decir que la respuesta a este Cyrano musical se encuentra no solo en el lenguaje previo del director de El instante más oscuro, sino en las asociaciones que de una manera indirecta ya lo conducían en el espejo de sus obsesiones a este resultado. Una película que discurre con peculiar desacierto en la delgada línea del musical, aunque a diferencia de los Wright previos sea esta mucho menos ruidosa, más austera, elegante, sin los habituales artificios y pompas del autor. Para ser más exactos se arrima más a los mencionados dramas cantados de Demy, o anomalías del tipo El hombre de la Mancha (los personajes hablan cantando en unos diálogos que marcan una narrativa homogénea sin sobresaltos ni cismas en la acción), que, a un musical de corte clásico, en donde los números, o temas supongan diferenciaciones notables de unos a otros. Dejando de lado polémicas, tontas, estériles, sobre los cambios en la base literaria de Rostand, tenemos presente que narices aparte, el tronco o corazón de la historia es básicamente la misma, sin alejarse o desvirtuar en punto o coma alguna la escritura de cualquiera de las versiones anteriores. Evita encontrarse con el tono aventurero de capa y espada de la famosa caracterización de José Ferrer y adopta un tono melancólico, en paralelo a la sobresaliente Cyrano de Bergerac (Jean- Paul Rappeneau, 1990), del orondo Gerard Depardieu, menos oscuro o romántico, en términos abisales, que aquella, pero sí compartiendo su núcleo trágico y afligido.

    por David Tejero Nogales
    marzo 20, 2022

    Crítica | Cyrano

    por David Tejero Nogales | marzo 20, 2022

    El peso de un hombre y de la Historia

    Crítica ★★★ de El instante más oscuro (Darkest Hour, Joe Wright, 2017).

    El 23 de junio de 2016 se celebró en el Reino Unido el referéndum sobre el Brexit, pronunciándose una ligera mayoría a favor de la salida de la Unión Europea. Con ello se quebraba un largo proceso de integración que, desde los años 50, buscaba superar las ancestrales divisiones de nuestro continente. En concreto se trataba de recuperar la unidad política y la estructura económica arrumbadas durante la Segunda Guerra Mundial, y así uno de sus protagonistas, Winston Churchill, fue el primero en defender la creación progresiva de unos Estados unidos de Europa, en un discurso pronunciado en Zúrich en septiembre de 1946. No deja entonces de ser paradójico que sea en el país natal de este líder donde más se han desenvuelto las corrientes euroescépticas, desembocando en esa desafortunada consulta popular, y por ello resulta oportuno que el cine reivindique ahora más que nunca su figura. Este año se han estrenado así varias películas que directa o indirectamente abordan su mandato, sin olvidar la primera temporada de The Crown que nos llegó ya en noviembre de 2016, con un memorable John Lithgow en la piel del político. Ciñéndonos a la gran pantalla, hemos podido ver durante los últimos meses recolecciones de su historia parcial, así en Churchill (Jonathan Teplitzky), gracias a la interpretación de Brian Cox; o en Dunkerque (Dunkirk, Christopher Nolan), donde el mandatario no hacía acto de presencia pero a él se remitía su famoso discurso sobre la evacuación costera, que servía para unificar y darle sentido al acontecimiento.

    En tales hechos y oratoria se centra ahora El instante más oscuro (Darkest Hour), dejando en manos de Gary Oldman la reencarnación de turno. El reputado actor británico no se parece demasiado físicamente a Churchill, pero su interpretación plena de matices y generosas dosis de maquillaje han obrado el milagro de tener la sensación auténtica de estar viendo deambular y gesticular a este icónico personaje, entre los pasillos del palacio de Buckingham, las salas de Downing Street, los encuentros del gabinete de guerra o los corredores de Westminster, y en particular el salón de la Cámara de los Comunes, donde el momento para la retórica da pie a su mayor lucimiento. Si en la cinta de Nolan las palabras del primer ministro eran referidas a distancia con más admiración que entusiasmo, aquí Wright y su guionista Anthony McCarten se recrean en su verbosidad y elocuencia, realzando su capacidad emotiva, alentadora y didáctica con la envolvente música de Dario Marianelli, colaborador habitual de Wright. Este componente estilístico y la fotografía del experimentado Bruno Delbonnel logran esquivar la teatralidad de una propuesta que parecía condenada a tal derivación, teniendo en cuenta no solo el protagonismo que se concede a la natural tendencia a la sobreactuación de Oldman (en este caso de afortunada correspondencia con el personaje que interpreta), sino las limitadas coordenadas espaciotemporales en que se desarrolla la acción, circunscrita a los apuntados escenarios y a las semanas previas decisivas al enfrentamiento directo con Alemania.

    por Ignacio Navarro
    enero 21, 2018

    Crítica | El instante más oscuro

    por Ignacio Navarro | enero 21, 2018
    Anna Karenina, Joe Wright
    ESCÁNDALO EN LA ARISTOCRACIA RUSA
    Crítica de Ana Karenina | Anna Karenina, Joe Wright, 2012

         Analizando el historial de Joe Wright como director, su elección para llevar al cine por enésima vez el clásico de la literatura romántica (y una de las cumbres del realismo) de León Tolstói, parecía la más idónea. Consiguió adaptar con gran éxito a Jane Austen en Orgullo y prejuicio (2005), donde hizo gala de un singular equilibrio entre el perfecto academismo del cine de época británico y un tono jovial y ameno, mucho más accesible que el habitual clasicismo de las obras de James Ivory. Le otorgó a la deliciosa Keira Knightley una oportunidad de oro para desembarazarse del encasillamiento como chica de acción en la saga de Piratas del Caribe, algo que la joven supo aprovechar, logrando nominaciones a los Oscar y los Globos de Oro. Fue tan afortunada esta unión, que director y actriz volverían a repetir en otro exquisito melodrama romántico, ambientado durante la Segunda Guerra Mundial. Expiación (2007) acapararía 7 nominaciones a los Oscar (incluyendo mejor película) y se convertiría en un clásico instantáneo del género. De nuevo, Wright demostró muy buena mano para facturar una obra elegante y maravillosamente ambientada. Y se permitió regalarnos un memorable plano secuencia de casi 6 minutos con la caótica evacuación de las tropas inglesas de la playa francesa de Dunkerque. El cineasta mostraba, de este modo, cierta inquietud por experimentar con el montaje, saliéndose de los encorsetados parámetros de este tipo de cine. Tras la irregular El solista (2009), sorprende a propios y extraños poniéndose al frente de una película de acción, Hanna (2011), en la que Saoirse Ronan (la niña protagonista de Expiación) dio vida a una adolescente entrenada por su padre, ex-agente de la CIA, en todo tipo de técnicas para ser un perfecto soldado. No se trató de un filme convencional, no solo en lo argumental, sino por la estética que Wright decidió imprimirle, cercana en algunos momentos a la de un videoclip (algo que se vio acentuado por la banda sonora de The Chemical Brothers). Este experimento fue recibido con división de opiniones por crítica y público, por lo que la noticia de que el realizador se iba a hacer cargo de Ana Karenina (Reino Unido, 2012) parecía indicar que volvería a un estilo sobrio que le había dado mejores resultados en sus primeros éxitos. No ha sido exactamente así.

    por José Martín León
    febrero 14, 2013

    ANA KARENINA (JOE WRIGHT, 2012)

    por José Martín León | febrero 14, 2013

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