Fantasmas de silueta convexa
crítica de El regreso de Driver | Driven, James Sallis, 2013
El enorme impacto que generó la traslación cinematográfica de la novela de James Sallis, Drive, provocó que el nombre y apellidos de este novelista de Arkansas (Helena, 1944) resaltaran con más fuerza que nunca en un género, el del noir, poco habituado a las etiquetas best-seller y la algarabía crítica. Pese a las amplias distancias argumentales entre papel y celuloide, el danés Nicolas Winding Refn y su guionista Hossein Amini supieron llevar la esencia de la prosa de Sallis a terrenos convergentes y reconocibles para este veterano escritor de dilatada carrera. Aun así, el proyecto inicial iba a tomar el camino más ortodoxo. Así se lo había planteado el realizador Rob Marshall (Chicago), primer autor en abordar la tarea, a Sallis; incluso ya tenía al actor principal apalabrado: Hugh Jackman, a la postre productor. Sin embargo, el proyecto quedó en periodo estanco debido a los clásicos conflictos de pre-producción. Tres años después se invertirían los papeles y sería un joven actor, de sólida carrera en el cine independiente, el que acogería la producción y elegiría a un director para llevarla a cabo. Hablamos de Ryan Gosling y el citado Winding Refn. Poco importó que el impávido rostro de Driver tuviera las aniñadas facciones del actor canadiense y sus desventuras estuvieran ambientadas a modo de cuento onírico. El resultado fue un éxito casi sin precedentes en el nuevo milenio. Un éxito que no se apoyó ni en cifras ni premios, algo impensable en la industria estadounidense. Lo hizo en la crítica y, sobre todo, en el espectador. Un clásico de culto instantáneo. Un nuevo icono para un cine ávido de nuevos blasones. Drive (2011) elevó las carreras de todos los implicados, incluida la de un públicamente orgulloso Sallis. Tanto, que la secuela de este thriller de venganza, El regreso de Driver (Driven, 2013), logró algo que no había conseguido durante su larga bibliografía: convertirse en un frontrunner de las listas de ventas. Prueba de eco es la inmediatez de su llegada a España a través de RBA ediciones.
En esta ocasión, salvo giro inesperado –no descartable teniendo en cuenta el escenario—, la tinta no goteará sobre el celuloide. Winding Refn se apresuró en la previa de la promoción de la décimo cuarta obra de ficción de Sallis en descartar esta máxima. «Driver sólo aparecerá en el cine como un personaje secundario en otra película», apuntilló el escandinavo. Sería una vuelta a terrenos más cómodos ya que este joven piloto/mecánico de nulas habilidades sociales pudiera haber sido EL conductor casi fuera de plano de muchos de los thrillers y cintas de suspense que se nos vienen a la mente. El silencioso y anónimo esbirro, de nula expresión pero marcado código. Ese caballero taciturno de paso y mirada silenciosa cuyo leitmotiv vital anida en las entrañas enmarañadas bajo cualquier capó. Y que, pese a su pasado y su futuro, transporta un corazón justo al servicio de princesas de extrarradio. Sallis declaró que Driver se acercaba más al prototipo de macho americano que el actor de Ontario, pero aplaudió la forma en la que Gosling abrazó el personaje. El lector lo tiene mucho más claro: el largometraje de Winding Refn otorgó clarividencia. Ahora es impensable separar personaje de actor por mucho que los cánones o leves descripciones del escritor se hayan volatilizado. Porque la caída de ojos –puro Actors Studio— y mirada tan tierna como impávida del Driver cinematográfico cala hondo en el retrato afinado a golpe de pluma. De este modo, El regreso de Driver tiene un rostro y unos gestos más definidos, dejando este elemento por saldado en nuestra imaginación. Sólo toca elegir el número de palillos y la intensidad del olor a taller mecánico de cuarta. Lo demás, es literatura y cine de primer nivel.
por Emilio M. Luna
junio 19, 2014
junio 19, 2014
Crítica | El regreso de Driver
por Emilio M. Luna | junio 19, 2014







