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    Ibérico 2023
    Ibérico 2023
    || Festivales
    Ibérico 2023
    Tercera sesión
    Tercera crónica crónica del Festival Ibérico de Cinema de Badajoz - 29ª edición


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    fechas
    | Del 19 al 23 de julio en Badajoz, Olivenza y San Vicente de Alcántara |

    El dominio del cine reposa sobre la mirada. sin embargo parte de su espectacularidad como artefacto incluye la estrategia del lugar que eliges para representarlo. De ahí que ver una película en un sitio u otro derive en una transformación de nuestro punto de vista, y a través del medio la percepción del espectáculo se vea afectada. La mayoría de los espectadores, entre los que se hallan muchos de los directores, actores, o profesionales que participan en alguna de las obras proyectadas, quedan francamente impresionados una vez suben a la terraza del López de Ayala y admiran el escenario en el que se desarrolla parte del festival. Yo creo que tiene que ver con las alturas. La sensación de vértigo va adherida a las reglas del lenguaje cinematográfico codificadas hace más de un siglo por David W. Griffith. Para nuestros padres o abuelos ver el cine, o cierto tipo de imágenes, en pantalla grande debió ser una experiencia muy distinta a la de las nuevas generaciones. La célebre carrera de cuadrigas de Ben-Hur o la mítica escena de la ducha en Psicosis, cultivan unos hábitos de consumo y de comprensión difíciles de explicar sin una modesta distancia. Recuerdo que en mi niñez las pelis importantes no se programaban en la Terraza del López de Ayala. Los estrenos digamos más serios solo tenían cabida en la sala principal del teatro. No tengo constancia, en los años 80, de ver al aire libre La misión, Único testigo o El color púrpura, etc.. por citar algunas de las películas más representativas de entonces. Tendría unos siete u ocho años cuando por primera vez en mi vida fui consciente del intervalo de espera que existe en un cine de verano entre la caída del sol y el anochecer. Mientras exista un ínfimo rayo de luz la proyección no puede comenzar. Las sesiones de aquellos años solían ser más bien películas de segunda, o de serie B. En mi cabeza guardo un cariño especial a títulos como Cavernícola, con Ringo Starr y las guapas Shelley Long y Barbara Bach; La furia del coloso, con Lou Ferrigno haciendo de Hércules; o cosas del tipo El chino, con Jackie Chan o Zapatones con Bud Spencer. Eran filmes para ver en familia acompañados de un bocata y una coca cola.

    En esta ultima sesión del certamen oficial, las relaciones familiares y lazos de sangre constituyen un denominador común para el grueso de los cortos proyectados. Ese eje estructural ejerce un poder granítico en las historias de madres, padres e hijos conjugando un leitmotiv potente en el calado emocional de todos ellos. Uno de los trabajos más bellos de esta edición es sin duda el corto portugués de animación Ice Merchants (Joäo Gonzalez, 2022); nominado al Oscar y ganador de numerosos premios internacionales, entre los que se encuentra el Annie al mejor cortometraje, la Espiga de Plata de la Seminci de Valladolid, además de ser la primera vez en toda la historia que un corto animado gana el premio Leitz Cine Discovery Prize de la semana de la crítica de Cannes. Ice Merchants es un excelente retrato de cariño y humanidad. En una casa adosada a un acantilado un padre y un hijo fabrican hielo. A diario bajan al pueblo en paracaídas para venderlo. Viven a miles de metros de altura aislados por completo de la civilización. Esto sirve al director para articular un poderoso y magnético relato de aventuras con una increíble sensación de afectuosidad y ternura. Las impresionantes figuras del filme sugieren una forma ancestral, religiosa de amor vertical, mediante una preciosa planificación de puesta en escena y un increíble uso de la animación 2D. Algunos encuadres y símbolos evocan a la famosa ciudad flotante de Shangri-La. El mito de un lugar de fantasía perdido en el tiempo que sirve de estado burbuja fuera de toda concepción de lo real o mundano. La rutina se plasma a través del maravilloso diseño de colores. Los tonos más fríos del entorno y paisaje contrastan con los más cálidos dentro del hogar. Sus bellas imágenes se dejan arrastrar por una suerte de melancolía musical que guarda especial relación con la propia vocación del cineasta. Joäo Gonzalez también es músico con formación clásica en piano y compone la banda sonora de sus películas. La planificación de Ice Merchants pone en marcha esa maquinaria ilusoria estableciendo conexiones entre la música y los dibujos animados. Sus escenas sirven para orquestar emociones de pureza artística. La imaginería surgida de sus imágenes asombran y nos dejan hipnotizados –ese niño columpiándose en el vacío espacial de otro planeta, o el extraordinario caso de los sombreros acariciándose en el aire - , ejemplos o notas aisladas de un conjunto arquitectónico imperial de belleza deslumbrante.

    California (Albert Mariné, 2023) expone con rigor las dificultades de ser madre. Silvia (Cristina Colom) intenta sobrevivir. Afronta, sola, la maternidad dentro del único mundo que conoce, rodeada de malos hábitos y adicciones. Mariné establece un intercambio de roles entre madre e hija, siendo esta ultima quien lleve la responsabilidad del núcleo familiar. Se levanta todas las mañanas y prepara el desayuno antes de irse a la escuela y despertar a su madre. Con inteligencia la cámara nos sitúa en esa posición inocente, con encuadres a ras del suelo y una pantalla dividida que sirve de inquietante reflejo. La niña (expresiva Jana Juan) transita un lugar o escenario de irrealidad, atrapada en un ecosistema débil y toxico. Recuerda a ciertas historias o retratos generacionales en el que las drogas enturbian y dislocan la percepción del mundo real (Réquiem por un sueño, Trainspotting), siendo su impacto final el resultado de un collage dramático estremecedor y habilidoso.

    Mira niño
    Sergio Avellaneda
    Tanto Mira niño (Sergio Avellaneda, 2022), como Mamá (Miguel Azurmendi, 2022) manifiestan las preocupaciones de las madres ante las conductas y futuro de sus hijos. La primera entabla un discurso que se muestra con ambigüedad mostrando las frustración de Susi (Ana Belén Belmonte) al ver que su hijo (Pablo Sevillano) tira por la borda sus estudios y empieza a trabajar en la misma fabrica de estampación metálica que ella. Avellaneda adolece de un estilo frío, casi documental, que guarda parecidos con el cine industrial de los cineastas rusos, o el cine social del británico Ken Loach. La rutina de trabajo dibuja un espacio desolador, asfixiante, de montaje en cadena. Susi no desea que su hijo siga sus pasos, temerosa de que esto acabe por engullirle, pero también ejerce la posición de privilegio boicoteando los pasos de un hijo autónomo que debe y puede decidir por él mismo. En el lado contrario Mamá se adentra en los tropos del terror filmando una historia de corte siniestro y texturas macabras. Los planos sugieren ambientes oscuros, con diversidad de imágenes que oscilan entre el foco cotidiano de archivos de vídeo domestico, que infieren a la película un aire espectral, turbador y escalofriante, o las escenas de interiores con gran uso del fuera de campo. Reminiscencias a los famosos serial killers de David Fincher (Seven, la serie Mindhunter, etc.…), ahondan en el tejido incómodo, perturbador, de una maldad cercana, que surge de lo corriente y ordinario. Fue la gran triunfadora en el último festival de cine de Málaga, cosechando los galardones de mejor cortometraje de ficción, premio del publico y Biznaga a la mejor interpretación femenina (espléndida Mayte Atarés). Ambas películas estudian la maternidad desde diferentes puntos de vista y se unen a Solo hay una, As sacrificadas, La Concha, etc.. sobre las madres en esta edición del festival.

    Muga (Eñautg Castagnet, 2023) es una cinta que se edifica encima de unos cimientos muy cercanos al western fronterizo. Una saturación de paisajes vascos bañados en una luz crepuscular y una capacidad admirable de presentación de personajes. Joxean (Kandido Uranga) podría salir de una película de Walter Hill; antihéroe taciturno, cabezota e ingobernable que se niega a claudicar ante las exigencias de los terratenientes. Nuestro hombre se adhiere a su tierra y no pretende vender su propiedad a nadie. Esta premisa tan habitual en el cine del Oeste, sirve al director para ejercer un crudo relato de denuncia. La eclosión del mundo de Joxean con un inmigrante (Sambou Diaby), huido de las garras del ambicioso villano de la historia, pone en liza la germinación de un vínculo afectivo inesperado. Muga encuentra el territorio del mito a través de un héroe individual de inspiración fordiana. El carácter folk se deja notar en la música, una banda sonora que en la que habitan sonidos lejanos del spaghetti western morriconiano (Kurt Savoy), integrados con música popular vasca y el uso de instrumentos locales como el Txistu (flauta de pico vertical con tres agujeros). El conjunto musical, así como su atmósfera y cuidada puesta en escena, confieren al filme un acabado enérgico, poderoso y apasionado.

    Para terminar las crónicas del festival tenemos el corto portugués Raticida (Joäo Niza Ribeiro, 2022). A modo de una letanía laica sentimos la depresión de una geografía nocturna miserable y desamparada. La película filmada en colores sepia, apagados, con predominio de marrones y negros, y una luz mortecina, nos sobrecoge al introducirnos en la densa apariencia duermevela de sus personajes y situaciones. Carlos (Joäo Negräo) no puede entrar en su dormitorio debido a que una rata parece haberlo invadido. El guion alega la metáfora zombi de unos seres sumidos en una pobreza dominante, con semejanzas a la situación, o contexto político, de un país y sus consecuencias. Un universo marginal que en lo escénico conecta inteligentemente con la tradición del mejor cine portugués – el gusto por el encuadre pictórico de Manuel De Oliveira – o los talentos de la nueva cinematografía lusa – el cine de Joäo Pedro Rodrigues (El ornitólogo, Fuego fatuo).


    Muga
    Eñautg Castagnet

    por David Tejero Nogales
    julio 20, 2023

    Ibérico 2023 (III)

    por David Tejero Nogales | julio 20, 2023
    || Festivales
    Ibérico 2023
    Segunda sesión
    Segunda crónica crónica del Festival Ibérico de Cinema de Badajoz - 29ª edición


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    fechas
    | Del 19 al 23 de julio en Badajoz, Olivenza y San Vicente de Alcántara |

    En mi infancia no existían los programas dobles. Tampoco recuerdo en Badajoz cines en sesión continua, aunque todavía quedaban algunos teatros de Madrid o Barcelona que seguían teniéndola. Entonces apenas se viajaba así que lo sé por los recortes de periódicos ABC donde siempre iba a la parte de la cartelera y me pasaba toda la tarde mirando la programación de los cines de Madrid. Lo que sí había, y sigue habiendo, son los trailers de películas. Me encantaban los avances. Antiguamente, dos o tres antes de cada estreno. Eran elegidos siempre por el operador de cabina según la cercanía del estreno o de la calificación por edades de la película. No era tan raro encontrarse a veces con un tráiler de terror, con sangre y violencia, antes de una película para toda la familia. Luego los trailers venían pegados a la copia de la película. Lo hacían las mismas distribuidoras para destacar sus próximos estrenos. Eso era un problema, porque cuando yo era niño había dos empresas de exhibición distintas, y había que andarse con ojo para no hacerle publicidad a una película que le tocase estrenar a la competencia. Todo estaba en manos del operador. El capitán mantenía el control férreo de su buque. Subía los pesados rollos de celuloide, hasta 9 o 10 latas, en sacas de tela roídas. Estaban fuertes como Hércules, porque las cabinas de proyección estaban siempre en lo más alto. Cientos de escaleras sin ascensor. Creo que a lo largo de mi vida habré conocido una veintena o más de proyeccionistas. Muchos antes de serlo yo, y algunos, menos, después del ocaso del 35 milímetros. Los había más finos y más toscos. Unos salían y entraban constantemente, entre pase y pase, de la cabina, otros vivían allí durante la mayor parte de la jornada. Ningún operador era especialmente cinéfilo, pero todos, absolutamente todos, amaban su oficio y amaban el cine. Mi tío, por ejemplo, o compañeros más mayores eran casi analfabetos, sin embargo mostraban una destreza nigromante y se conocían todos los trucos de la profesión. Mi padre, más cultivado, siempre tuvo mayor sensibilidad para ver el cine. Algunos aprendían por obligación puesto que se necesitaba mano de obra para dar descanso a los veteranos. Otros eran alumnos aventajados. Paco es quizás el mejor proyeccionista de toda esa camada surgida de los cines. Él mismo lo decía: tocar, sentir el contacto directo con la cinta de celuloide te transporta a una dimensión desconocida. Para él y para muchos poner películas es una droga que no puedes quitarte de la cabeza.

    El documental El último verano (Leire Apellaniz, 2016) muestra la vida de un pequeño empresario de cine que lleva décadas organizando proyecciones veraniegas al aire libre. La directora ofrece un testimonio conmovedor sobre una forma de proyectar y exhibir cine que pronto será cosa de los libros. La llegada del digital entierra a todos estos empresarios que no pueden hacer frente a los enormes costes de traslación de un sistema a otro. El documental marca el fin de una era y el inicio de una nueva, no diríamos que peor, pero sin duda muy diferente. En mi primera crónica del festival hablaba de esos rostros atónitos de gentes mirando el cine por primera vez. Tendríamos que aspirar eternamente a eso. A la imagen del asombro. Apellaniz, en un momento de su película, filma las expresiones de los niños y gentes del pueblo ensimismados con el cine. Sentados con sus bocatas y golosinas. Proyectores ambulantes que usaban cualquier superficie como pantalla para desplegar la magia de su artefacto (por ejemplo la pared del bar de la plaza). El cine no es solo contar historias, es mirarlas, oírlas, pasarlas a diferentes velocidades. Cuando niño pensaba que nada podía ser mejor que un cine.

    Casualidades o no, de este que suscribe, la misma cineasta que nos contó la historia de ese empresario de cines de El último verano, nos trae en esta segunda sesión del certamen oficial el cortometraje La Concha (Leire Apellaniz, 2022). En este caso la directora se sirve del escenario de la playa de La Concha de San Sebastián para entablar diálogos interesantes, conjugando el lenguaje y jugando con la polisemia de su propio título. El humor mantiene a raya el pulso, pero en el fondo subyacen temas candentes que tienen que ver con las preocupaciones de una generación. En El último verano Apellaniz lo articulaba todo en derredor de un último vals, o canto del cisne, una especie de canción final o de otoño crepuscular. Aquí en La Concha no pierde de vista esa misma intención rodando con tacto cada textura del paisaje. Eli (Rocio León) pasa la tarde en la playa con su hija y sus amigos. Los sonidos del mar se integran en espacios abiertos y la sensación continua de estar terminando el verano se aprecia en los cielos nublados, síntoma evidente de un cambio de ciclo. La historia se mueve entre estaciones. Prestemos atención a la bonita escena de Eli en el agua con planos submarinos que producen una potente inmersión en el corazón y emociones de la protagonista, o el uso del color en los objetos, paraguas, ropas, zapatillas, etc. Un buen trabajo que de colofón le guiña un ojo, o los dos, a la mítica escena de El último tango en París, cambiando la mantequilla por el yogur y sin necesidad de tener a ningún Marlon Brando cerca.

    La Concha
    Leire Apellaniz
    Si hablamos de guiños, quizás Night Show (Cristina Mediero, 2023), se quede corta. Mas bien reparte codazos, o mejor dicho, patadas directas al estómago del show business. Una famosa actriz del cine comercial acude a un programa de entrevistas y variedades a presentar su última película. Un comienzo fulgurante, con montaje espídico y acelerado, que nos sitúa en la imaginaria película de acción de la protagonista, da paso a un moderno plató de televisión. Podríamos cuestionarle a Mediero su falta de sutileza, enseguida nos salta a la mente un programa muy famoso de nuestro país, sin embargo nunca podremos acusarla de no ser valiente. Night Show acierta de pleno en la diana. Construye un trampantojo para levantar un claro, conciso alegato en contra de los abusos machistas en los medios de comunicación y esferas de poder mediático. Las sombras del horrible legado de Harvey Weinstein también son alargadas y el plano final, mirando directamente a cámara, nos da la idea de cómo toda imagen ostenta un poder aborigen, muy guerrero, de impacto hiriente y certero.

    Sushi (Iván Morales, 2023) nos lleva de la mano por lugares ocultos de la noche barcelonesa. Las luces de neón de un pequeño bar nos señalan invitándonos a entrar con una misteriosa flecha en su puerta; parece puesto ahí, encallado en el tiempo y en el espacio, solo para que esas dos personas afronten sus miedos y asuman sus responsabilidades. El bar se erige tanto de cápsula del tiempo como de confesionario. Una vez dentro, Betu (Álex Monner) y Jaume (Xavi Sáez) tendrán unas horas para aprender el significado de la paternidad. Morales filma la fugaz relación de los dos igual que una canción. Empieza con notas bajas sumiéndose lentamente en una explosión final. La letra toca temas agudos y punzantes que van desde el maltrato, el abandono o hasta la negación. Hay un plano bellísimo, de una simetría exacta, en el que ambos permanecen sentados en la sala de karaoke. La distancia, enorme, entre ellos se intuye gracias a los cambios de luz e iluminación. Esa misma composición de plano la vemos en la última escena: Un plano idéntico en donde Betu y su pareja también guardan distancias, a pesar de compartir mismo plano, por medio de la separación de una mesa. Morales hila fino armado de un lenguaje a escuadra y cartabón, consiguiendo hacer ver en Sushi algo más que un drama generacional.

    Sushi
    Iván Morales
    Los cortometrajes Millor la Llengua (Mar Pawlowsky, 2022) y Garrano (David Doutel, Vasco Sá, 2022) elevan sus dispositivos para indagar en los márgenes de la adolescencia. La primera es un viaje iniciático de dos preadolescentes que acaban de conocerse por medio de internet. Los dos buscan explorar su sexualidad pero principalmente buscan encontrarse con ellos mismos. Atención a las miradas, filmadas con dulce transparencia, y a a la espontaneidad de sus dos jóvenes protagonistas (Laia Artigas y Jaume Solá). Abandonamos la caricia de la niñez y nos adentramos en otra fase plagada de dudas y de preguntas. Pawlowsky rueda con ternura el complicado trasvase de una etapa a otra. El medio en el que se mueven los protagonistas resulta certero e importante. Darán largos paseos solos por el campo sin que veamos cerca el rastro de ningún adulto. Se hallan aislados de todo lo demás, señalando de esa forma la importancia de la naturaleza como metáfora de libertad y desahogo.

    Garrano supone un ejercicio admirable de creatividad. Es una película de animación de estética experimental realmente virtuosa. Los creadores utilizan diversas técnicas, como pintura sobre vidrio o animación 2D, y consiguen un acabado y diseño alucinógenos. Asombra la fuerza de sus imágenes con trazos dinámicos y una línea clara expresiva de ligero toque oriental. Por si fuera poco, Garrano contiene una suerte de matrioska narrativa al plantear muchas historias y abrir diversas vías temáticas en apenas unos minutos. Doutel y Vasco Sá informan de temas capitales que van desde el maltrato animal e infantil, al cambio climático, o desastres naturales, o incluso la pobreza. Me fascina ese aire de relato prehistórico entablando por medio del fuego el ardor de una llama eterna que atraviesa la historia. Cuenta con un plano bellísimo, que recuerda mucho a otro similar de la excelente War Horse (Steven Spielberg), en donde descubrimos cosas a través del lloroso reflejo en el ojo del caballo. Estamos sin duda ante un filme sobresaliente, inundado de recovecos y secretos por descubrir. Una historia arriesgada que ha cautivado a su paso por Annecy o Animafest Zagreb, dos de los más prestigiosos festivales de animación del mundo, y que deja, con el paso de los días, una huella profunda e insondable.

    Para acabar, algunas notas sobre Solo hay una (Mik J. López, 2022), mezcla de terror y drama con evidentes correspondencias al cine clásico de zombis, el cine de supervivientes, y sobre todo, a productos surgidos recientemente como la serie The Last of Us, basado en el popular videojuego, o las tendencias de un horror con maternidad al fondo que van desde los éxitos de El orfanato, Mamá, etc. a otras como Maggie, o las dos versiones de Buenas noches, mamá. Macarena Gómez pasa por erigirse dueña del horror moderno al manejarse como pocas en el género. Lo malo es que Solo hay una transita ciertos lugares comunes y no evita doblegar esa sensación, ineludible, de dèjá vu, de relatos gemelos con vasos comunicantes. Pero aún en esas la película atesora momentos de cierto peso (la pulsión de la carne que lo empareja con las pretensiones y antojos del mejor Cronenberg), y una excelente banda sonora original de Txema Cabria, que guarda un aire a las partituras más líricas de Fernando Velázquez y que el director deja respirar con total soltura en sus largos créditos finales.


    Millor la Llengua
    Mar Pawlowsky

    por David Tejero Nogales
    julio 19, 2023

    Ibérico 2023 (II)

    por David Tejero Nogales | julio 19, 2023
    || Festivales
    Ibérico 2023
    Primera sesión
    Primera crónica del Festival Ibérico de Cinema de Badajoz - 29ª edición


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    fechas
    | Del 19 al 23 de julio en Badajoz, Olivenza y San Vicente de Alcántara |

    El paisaje, o espacio geográfico, es un elemento nuclear del cine. Hace poco pude ver, a través de Facebook, una serie de fotografías antiguas del cineasta Val del Omar en donde se mostraban los rostros boquiabiertos de campesinos mirando el cine por primera vez. Las imágenes de archivo corresponden al Patronato de Misiones Pedagógicas. Las misiones eran concebidas como el medio fundamental a la hora de llevar la cultura a las poblaciones rurales de España. Entre los medios culturales del patronato estaba el cine. El principal cineasta y fotógrafo de las misiones fue José Val del Omar. Durante los años treinta el director granadino rodó más de cuarenta documentales y tomó decenas de fotografías. Las imágenes bajo el dominio de unas técnicas modernistas, capturaban la reacción emocional del espectador rural. Aquellos aldeanos quedaban impresionados por las maravillas del cine. En el libro Val del Omar y las misiones pedagógicas varios autores desarrollan un acercamiento a la experiencia educativa que supuso el proyecto de las misiones durante los años de la República. De todo me quedo con el impacto de esos rostros humildes, absortos, alimentándose de la ambrosía del cine. En esas fotografías aflora un sentimiento bellísimo, que tiene mucho que ver con el sentido ambulante del cine, transportando artefactos de fascinación a los lugares más remotos de nuestra geografía.

    Todavía hoy, gracias a los ciclos de verano de la Asociación de Universidades Populares, o del propio Festival Ibérico, se siguen proyectando películas en pequeñas poblaciones. En la mayoría de esos pueblos los cines quedaron extintos hace tiempo. Desde luego han cambiado muchas cosas, hemos pasado del cine analógico al digital, y del formato físico en pesados rollos de celuloide a las proyecciones en un disco duro. Pero en esencia la idea sigue siendo la misma: mismo discurso con otros instrumentos. Dadme una cámara y rodaré la vida. Los chicos de la Nouvelle Vague adolecían de esa práctica en sus experimentos. El cine articula una densidad motora mirando alrededor de nuestro mundo. Una cartografía o diseño de espacios en el que proyectar imágenes veraces de lo que nos rodea. Imágenes que nos remiten una, y otra vez, al paisaje. Pero la cosa va de cortometrajes. Todos los grandes directores han filmado cortometrajes. Mis favoritos son los franceses. Puede que uno de los más bellos sea El amor existe (Maurice Pialat, 1960). A pesar de pertenecer a la generación de los Godard, Resnais o Truffaut, al director de A nuestros amores (1983) han tardado décadas en considerarlo a la altura de sus coetáneos. La primera vez que visioné El amor existe fue en un portátil de 11 pulgadas posado en mis rodillas, luego otras muchas veces desde el mismo móvil, reduciendo considerablemente la pantalla hasta que hace poco pude verlo en un plasma un poco más grande. El corto adopta el tono documental filmando la ciudad de París durante la posguerra. Pialat indaga en las imágenes con un sentido antropológico, desplegando una hermosa melodía de los suburbios. Plasma los zonas más recónditas y ocultas de la ciudad en un retrato entre oscuro y melancólico. La voz en off evoca el carácter semiautobiográfico del cortometraje: En un rincón de mi memoria un tren pasa por los suburbios, como en una película la memoria y las películas se llenan de objetos ya para siempre inalcanzables. Me encanta la escena de los cines abandonados. La cámara se pasea por el patio de butacas de un viejo cine de París. Las sillas de madera destartaladas están vacías y recuerdan los tiempos en el que los chicos y chicas abarrotaban la sala. Después unos cristales rotos sirven de espejos amontonados en el suelo. Pialat se infiltra en cada rincón y asoma por las ventanas de los colegios enseñándonos esos mapas colgados en la pared que hacían de trasunto para viajar y escapar lejos de aquella vida. Un documento precioso, no exento de ironía, que involucra al espectador en cada ruina o piedra del paisaje parisino.

    Hace pocos días pude ver en Filmin una copia remasterizada del excelente cortometraje Escuela de carteros (Jacques Tati, 1947). En el fondo es un autor por explorar, al que le debo horas de visionados. Es increíble la manera que tiene el cineasta de definir los espacios rurales. La figura de Tati alberga un paradigma de autor inusual para la época. El humor físico de Tati, y la comedia del slapstick, acceden al paisaje alterando las reglas del movimiento. Un cartero novato pedalea a toda velocidad en su bici paseándose por los bares, cafeterías, comercios y casas de todo el pueblo. En el imaginario Tati la bicicleta equivale al bombín o bastón en Charlot, al sombrero arrugado de Buster Keaton, o a las gafas en Harold Lloyd. Podríamos decir que su estética se mueve como tejido flotante por las superficies de la geografía francesa. Escuela de carteros supone el embrión del largometraje Día de fiesta (1949), en el que el discurrir de la vida rural de los pueblos queda perfectamente retratado.

    Los pueblos y mundos rurales han sido una constante en el devenir de la creación de una identidad nacional. El cine español, sobre todo después de la Guerra, ha sabido entender al campesinado reactivando un cine de conciencia social. Los vínculos con la tierra son si cabe más importantes que los vínculos entre personajes, ligados a una escritura telúrica que interconecta con las raíces de nuestros antepasados. No ha sido complicado hallar un leitmotiv especifico en esta primera sesión de la 29ª edición del Festival Ibérico Cinema Cortometrajes. Si hemos escrito arriba del paisaje y de cómo el medio asume su condición cultural e identitaria, tenemos delante misma, en varios de los cortometrajes seleccionados, brillantes ejemplos que manifiestan un adecuado posicionamiento hacia lo rural, y hacia los entornos fronterizos.

    Yegua
    Javier Celay

    En Yegua (Javier Celay, 2022), un ganadero (Karra Elejalde) acaba de adquirir una yegua, sin embargo, al poco tiempo el animal cae enfermo. Sara, la veterinaria del pueblo, le aconseja el sacrificio. A la vez, la situación familiar del ganadero se hace insostenible con una mujer enferma totalmente dependiente. Celay sabe tocar teclas incomodas que nos plantean situaciones difíciles. Un relato que exige la implicación del espectador, que deberá tomar partido en ciertos dilemas morales de la historia. Pero lo mejor del filme reside en la agresividad de la puesta en escena con una cámara en mano que no para de moverse, con tomas largas en plano secuencia que nos arrastran a sentir la misma e irrespirable atmósfera del personaje de Elejalde. Los pueblos de Navarra encadenan una mirada trágica del paisaje, que por un lado nos remite al western, y, por otro, a esa semilla de horror enterrada en la tierra con paralelismos al drama rural de los años cincuenta –se me viene a la cabeza Surcos– o al cine social de cineastas de la talla de Manuel Mur Oti o Carlos Saura. El dolor habita en el detalle por los encuadres pictóricos, como el plano de la habitación en donde duerme la mujer, o el contraste pastoral fijado en las vaporosas imágenes del amanecer. Yegua no se queda en la epidermis, sino que trasciende en diversas capas de acción, manteniendo la tensión hasta el final. Destaca además la firme voluntad dramática del paisaje adquiriendo el peso de un ritual ignoto.

    La dimensión psicológica del campo también hace acto de presencia en Una amiga (Marta Matute, 2023). Lucía (Laura Romero) lleva por primera vez a Paloma (Violeta Orgaz), su pareja, a la casa familiar del campo. Esperan un bonito fin de semana las dos juntas celebrando su aniversario. La aparición sorpresa de Rubén, hermano de Lucia, con su novio, desencadena el conflicto. Paloma se verá obligada a fingir, como otras muchas veces, su verdadera relación con Lucia, adoptando el papel de una simple amiga. Para Matute el contexto es sumamente importante. La casa en las afueras implica una manera de atravesar correspondencias emocionales con las dos chicas. La luz, se reserva en el relato un papel determinante, constata diferentes estados anímicos. El día abre paso a la sensualidad de los pequeños detalles. Besos y sexo sin tapujos de una tarde de verano. Existe una clara evocación al cine de Éric Rohmer, o más recientemente a las historias de Catherine Corsini (Partir, Un amor de verano, etc.…), ambientadas fuera de la ciudad, en sintonía con la fuga y el deseo. En oposición cuando cae la noche la relación de ambas mujeres se convierte en tedio e inseguridad, escondidas en su propia casa dando pie una dolorosa clandestinidad. El sexo es ahora mudo y silencioso y los temores afloran sin dejar respirar o ser libres. La directora habla acerca de las barreras que uno mismo se pone en los complejos procesos de asimilación. Lucía no es capaz de exhibirse como es ante su propia familia. Hay una evidente crisis de identidad. Esa negación mina y desgasta los sentimientos de Paloma. Matute y Sergio Adillo escriben un guion sensible e inteligente y una cámara que explora y se arriesga sin juzgar a sus personajes.

    El municipio costero de Soller sirve de escenario para La Nau (Guillem Miró, 2023). Bartomeu (Miquel Gelabert) es un jubilado que cultiva tranquilamente su huerto. La presencia ruidosa de un dron supondrá una invasión en su espacio vital, dando lugar a una lucha sin cuartel entre el hombre y la máquina. El cineasta mallorquín respeta los espacios y le da mucho sentido rítmico a su película. Las vistas aéreas del dron nos hacen participes de la belleza del lugar y de la gente que vive en el campo. La tranquilidad de Bartomeu se ve truncada por un cuerpo extraño que lo obliga a salirse de su zona de confort. Estamos ante una figura agotada consumida por el entorno que gracias al dron revive y se mantiene en alerta. En el plano físico La Nau es una suerte de survivor cómica, dentro del lenguaje cartoon de los dibujos animados (recuerda un poco a las peripecias del coyote y el correcaminos), pero en el plano abstracto es un potente estudio generacional. Muestra con solvencia los intervalos del tiempo, los avances tecnológicos y la cultura del campo. Una película agradable en donde el lugar habla nuevamente como parte integral y activa del relato.

    Os Sacrificadas
    Aurélie Oliveira Pernet

    El nuevo cine portugués parece combinar una serie de relaciones temáticas y formales que lo convierten en una de las cinematografías más interesantes de la actualidad. Además de ahí viene también la eclosión por la geografía y los lugares que identifican las acciones y el carácter de sus habitantes. En el caso de la excelente As Sacrificadas (Aurélie Oliveira Pernet, 2022), podemos comprobar cómo la mano de la directora transita la historia de los pueblos portugueses declinando hacia el mito o la fábula. Las montañas y la solitaria vida del campo sostienen el clima principal de esta triste y desalentadora historia. Como en Yegua, sentimos la angustia de una situación difícil. Es verano, cerca de las montañas, época de incendios, Otilia (Tania Alves) se debate entre su trabajo como limpiadora de la piscina municipal y la obligación de cuidar sola a su madre. Esa sofocante temperatura cosifica a la mujer en un ambiente ceniza que no la deja respirar. Atrapada, sueña con una vía de escape, un oasis que la libre de esa cárcel perpetua. Oliveira Pernet filma con minuciosa atención y tacto sensible una película contemplativa que respira en los mismos impulsos que la protagonista. El equilibrio entre forma y pensamiento se erige sobre imágenes de inclinación oriental –el plano inicial del árbol– los silencios o tiempos muertos y un estadio existencial, cósmico y misterioso, que alude incluso al documental. As Sacrificadas se presenta ante nosotros como un ejercicio de escritura y puesta en escena francamente brillante.

    El otro corto portugués, O Casaco Rosa (Mónica Santos, 2022), sigue una construcción narrativa inusual rodada con técnicas de stop motion. Esta es la historia del inspector Antonio Rosa Casaco, un personaje real jefe de la policía portuguesa. Casaco es el villano del cuento, un hombre poderoso de las altas esferas políticas que no tuvo escrúpulos para cometer numerosos actos delictivos e incluso el asesinato. La directora combina, de forma magistral y maravillosa, la apariencia de cuento infantil, con un trasfondo oscuro y espinoso. Envuelta en llamativos colores pastel, O Casaco Rosa parece poseer una magia especial de cine antiguo, en donde podemos rastrear a los grandes musicales de Jacques Demy, o a la estética del thriller o polar francés. Es una delicatessen en miniatura, que encuentra expresividad gracias a la música (Pedro Marques), y a unos diseños fluidos y vivos que no necesitan rostros para calar hondo en el espectador.

    Esta vez acabamos por el principio. El último cortometraje reseñado ha sido el primero de la sesión en proyectarse. El umbral (Javier Carneros Lorenzo, 2022) alterna la crítica social con el terror. Su punto de partida es como mínimo inquietante. Con un formato narrativo similar al de un episodio de Historias para no dormir, la cinta de Carneros aprovecha con soltura los espacios del edificio donde ocurre casi toda la acción, manejando resortes típicos del género de suspense con influencias directas al cine de Álex de la Iglesia (La comunidad, por ejemplo). Pero lo más destacable de El umbral es su efecto dramático puesto que se exploran temas incómodos de nuestra sociedad. Muchas veces miramos para otro lado e invisibilizamos a esas personas sin techo que no son más que una manta tirada en un cajero o en un parque. El trabajar con personas de este colectivo te da una perspectiva más amplia acerca de las vicisitudes del mendigo en la calle. El director hace espabilar a las conciencias adormecidas simulando un relato de intriga medido en los tiempos y con imágenes potentes como los angulares y planos contrapicados de las escaleras (a lo Brian De Palma). Con todo, encuentra su lugar el horror social, gracias al simbolismo de una simple y aterradora manta. Esa manta me hizo rememorar aquella otra imagen de una gelatinosa mancha negra en el agua que se comía a los bañistas, parte de un segmento de la película de terror Creepshow II (1987), la cual me tuvo de niño muerto de miedo.


    O Casaco Rosa
    Mónica Santos

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    julio 18, 2023

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    por David Tejero Nogales | julio 18, 2023

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