|| Festivales
Ibérico 2022
Tercera sesión
Tercera crónica del Festival Ibérico de Cinema de Badajoz - 28ª edición
David Tejero Nogales
Existe una larga tradición de miradas infantiles en el cine. Para los cineastas el punto de vista de la niñez sirve para ahondar en problemáticas que atañen principalmente a los adultos. Creo que era François Truffaut quien decía que «solo se pueden hacer películas de niños hablando y escuchando a los niños porque si no todo va a ser impostado y falso, no va a ser real». Por una parte hemos querido filmar la todavía mirada limpia e inocente de los niños sin obedecer a sus propios lenguajes o percepciones. En otro sentido hemos escuchado lo que tenían que decirnos llevando los relatos a un punto de asombro, como si fuéramos esos niños y quisiéramos emular nuestra infancia. Sin duda los mejores directores han dotado a esa niñez de unas garantías emocionales para testificar horrores de nuestro mundo. Los niños son pequeños quijotes en un mundo de gigantes, lo cual hace de su mirar una verdadera guerra de trincheras entre los escombros de la realidad. Supo verlo Rossellini en su Alemania, año cero (1948), o toda la corriente neorrealista de los años 40 y 50, y por supuesto Truffaut , síntoma de la cultura de occidente a la hora de captar los conflictos de la niñez según sus condiciones, clases o contextos sociales. El famoso travelling de Los cuatrocientos golpes, o los niños que sufren y miran, testigos del dolor de sus padres, en las tristísimas películas de Vittorio De Sica (El limpiabotas, Ladrón de bicicletas), son ejemplos de una formula narrativa muy usada en el cine. A mí sin embargo me fascinan las vueltas de tuerca infantiles elevadas a cotas mucho más perversas y oscuras. El británico Jack Clayton era todo un experto en ese mirar del horror que habita en los niños de sus mejores obras. En A las nueve cada noche (1966), siete hermanos se ven obligados a intercambiar papeles de adultos en pro de la supervivencia, llegando incluso a tener que enterrar a su madre en el jardín para poder cobrar la pensión y mantenerse así todos juntos. En ellos reside un miedo atroz a tener que abandonar el lecho materno y acabar por separados en distintos orfanatos o lugares de acogidas. Clayton explora el horror de la soledad infantil desde posturas terroríficas. Lo hace en Suspense (1961, basada en una novela de Henry James y embrión de Los otros de Amenábar), o en clave más lúdica y fantástica en El carnaval de las tinieblas (1983, adaptación de un relato de Ray Bradbury). Esa idea, aunque lejos del género, está en la clásica Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), aunque un servidor prefiera El otro (1972), del mismo director, para articular discursos de angustia y consternación. En España, Carlos Saura quizás sea el cineasta que mejor ha sabido filmar la mirada de los niños; fácil perdernos en los gigantes y expresivos ojos de Ana Torrent (Cría Cuervos), o en Pajarico (1997), donde la mirada cándida y transparente de los niños no logra rebajar los pecados de sus mayores. La muerte, desde Secretos del corazón (Montxo Armendáriz, 1997), hasta La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), ha sido tabú en esos niños que también sufren, y también miran, en nuestra cinematografía.
Todo viene al caso porque si tenemos que hallar un leitmotiv o un denominador común en los cortometrajes de esta edición, está claro que las historias contadas desde los puntos de vista de las personas más jóvenes están siendo notorias e importantes. En la primera sesión Farrucas o Chaval; en la segunda La senda y Harta, y en esta Nur y Abir, Perpetua felicidad y Silent Storm, como representantes de esa misma idea o categoría.
Nur y Abir (Manu Gómez, 2021) narra la amistad entre dos niñas palestinas que sueñan con ir a la playa juntas. Lo que debería ser algo natural y cotidiano se convierte en espejismo chocando con la realidad que atraviesan sus entornos. Un sueño vaporoso al que agarrarse como única salida del horror. Del azul mar al rojo sangre. El realizador sitúa la acción en el contexto de los bombardeos sufridos en Gaza en el 2014. En ellos murieron más de 1.500 civiles de los cuales unos 600 eran niños.
En Perpetua felicidad (Isa Luengo, Sofia Esteve, 2021) convergen la exploración de la identidad sexual con la dificultad de comunicación entre padres e hijos. Alma (Garazi Urkola), canta en el coro del pueblo, su padre es el director de la coral pero ha perdido el habla a causa de una grave enfermedad. El eje del relato establece vasos comunicantes entre el entorno, el pueblo, las nuevas costumbres de la juventud frente a los mayores, y la mirada de Alma, en una búsqueda de sí misma y de la necesidad de explorar nuevas sensaciones. Dos líneas, padre e hija, y un puente en el que acabar entendiéndose.
El cine asiático rehúye de los arquetipos y formulas occidentales en sus historias de niñez. Por ejemplo el cine de Koreeda siempre suele introducir temas relacionados con la familia y la infancia, sin embargo a diferencia de otros realizadores sus recursos excavan en la psicología de los personajes siendo la mirada del niño una mirada reflexiva y no solo la de un testigo de los hechos. Silent Storm (Grace Hsia, 2021) [cabecera] manifiesta un arraigo sensible hacia esa mirada contemplativa, muy acorde con el paisaje. La cámara sigue a un niño y su ternero. La idea es sentirnos parte de esa vida de niño. Una plasmación onírica y sensorial, no tanto de los entornos, como del interior del propio niño. Hsia acierta, con un tema actual e omnipresente como la Covid, enseñándonos esa vida sencilla de unos agricultores del sur de China. La directora se encuentra actualmente desarrollando el guion de su primer largometraje, Los días fuera de casa.
▼ Luz de presencia
Diogo Costa Amarante
Diogo Costa Amarante
por David Tejero Nogales
julio 22, 2022
julio 22, 2022
Ibérico 2022 (III)
por David Tejero Nogales | julio 22, 2022










