El precio de la belleza
Crítica ★★★★★ de «An Elephant Sitting Still», de Hu Bo.
China, 2018. Título original: 大象席地而坐 | Da xiang xi di er zuoaka. Dirección: Hu Bo. Guion: Hu Bo. Fotografía: Fan Chao. Montaje: Hu Bo. Música: Hua Lun. Reparto: Yu Zhang, Yuchang Peng, Uvin Wang, Congxi Li. Productora: Dongchun Films. Duración: 234 minutos.
Que la soledad es uno de los grandes temas del cine contemporáneo no es ningún secreto. Puede incluso que sea el tema por excelencia. Muchos directores, de hecho, se han dedicado por completo a él. Y el sudeste asiático, un universo en expansión de poderosos contrastes e inconmensurables distancias, es el principal exponente. Así, muchos de los protagonistas de la obra de Tsai Ming-liang, Wong Kar-Wai, Koreeda Hirozaku y un largo etcétera viven inmersos en sí mismos como refugio a un exterior que los ha tratado con crueldad. La primera (y, por desgracia, última) película del novelista y realizador chino Hu Bo, que se quitó la vida poco después de rodarla sin llegar a cumplir los 30 años, es un impresionante ejemplo de ello, arrastrándonos durante cuatro horas a un cosmos de almas perdidas que, como su creador, parecen haber dejado de lado las ganas de vivir. Que sean cuatro horas y no dos se lo debemos a Hu Bo por partida doble, ya que parece ser que se suicidó en respuesta a sus productores, Liu Xuan y Wang Xiaoshuai, quienes le presionaron para rebajar a la mitad el filme que había escrito, dirigido y montado personalmente. Así salvó él su imperecedera obra, que habría perdido buena parte de su fuerza y sentido de ser acortada, entre otros motivos a raíz de la cantidad de historias cruzadas que alberga. Yu Zhang, Yuchang Peng, Uvin Wang, Congxi Li y compañía, por lo general desconocidos tanto dentro como sobre todo fuera de China, encarnan al variopinto plantel de personajes con plena naturalidad, convirtiéndose en ellos con una franqueza a la que las estrellas no pueden aspirar y evitando dejarse llevar por el efectismo maniqueo pese a la gravedad de los asuntos explorados. Como en la vida misma, cada personaje es protagonista indiscutible de su propia narrativa (muchos nunca llegan a conocerse), a través de la cual descubrimos su carácter y sus aspiraciones sin prisa pero sin pausa, desembocando el acompasado ritmo en tiempo suficiente para la reflexión pero nunca en hastío. Es más, dejando de lado los a priori terroríficos 234 minutos de duración a los que ya se ha hecho mención, nos encontramos ante un relato que nunca deja de entretener e inquietar.
La soledad, como se ha dicho, es motor de la narración, pero hay algo aún más importante que se deriva de ella: la culpa. Los protagonistas de
An Elephant Sitting Still se sienten culpables e, incapaces de lidiar con tan desalmado sentimiento, tratan, de formas tan cobardes como absurdamente lógicas, de pasarlo a quienes los rodean, respondiendo así a la decepción que sienten por no haber encontrado consuelo en nada ni nadie. Y es que, aunque rara vez están estos hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, físicamente solos, casi nunca los vemos disfrutar de la compañía de otros seres humanos, quienes, a través de acoso, recriminación o deslealtad, constituyen a menudo el motivo primero de la congoja. Apenas hay tiempo además para la esperanza o la redención, lo cual no resulta nada sorprendente considerando el destino que deparó al propio Hu Bo, quien enfatiza la angustia con colores mortecinos, sonidos sobrecogedores y fríos diálogos cortados in media res, derivados estos últimos de la historia homónima acogida por la novela
Huge Crack, publicada por él mismo tan sólo un año antes (en 2017, o sea, con posterioridad al rodaje, que dio comienzo en julio de 2016). Mención especial merecen la fotografía y el montaje (o la falta de él), pues las escenas se alargan debido a una apuesta extrema por el plano secuencia: rechazándose de pleno el clásico plano-contraplano, se opta en su lugar por mover la cámara de un personaje a otro, lo que puede hastiar a espectadores impacientes pero es en realidad perfectamente orgánico atendiendo al sobrio carácter de la propuesta. No hay, de hecho, intento alguno por embellecer la banalidad del día, recordando la cruda representación de la sociedad china a la albergada por cintas como
La bicicleta de Pekín (Wang Xiaoshuai, 2001),
Naturaleza muerta (Jia Zhang ke, 2006) o
Baby (Jie Liu, 2018), en contraste a la apuesta por el colorido exotismo que suele triunfar internacionalmente. Hu Bo, por cierto, fue discípulo del muy filosófico realizador húngaro Béla Tarr, quien afirma haber entregado su testamento fílmico en 2011,
El caballo de Turín, lo que quizá explique también el afán del autor que nos ocupa por proteger su obra literalmente hasta el último aliento. Desde rincones opuestos del mundo, los dos comparten, entre otras cosas, un fuerte malestar existencial derivado de una suma que no siempre es virtud para quien la posee: fuerte sensibilidad y agudo espíritu crítico.