OLVIDABLE Y REPETITIVA CLASE DE HISTORIA
Lincoln | Steven Spielberg, 2012
1865 fue un año convulso para los Estados Unidos de América. Su presidente por antonomasia, Abraham Lincoln, contemplaba desde el despacho de la Casa Blanca esa sangría devastadora —y sin final aparente— en que se había convertido la nación. La Guerra Civil se estaba cobrando un precio altísimo: la juventud y por ende el futuro de una sociedad invertebrada, recién nacida a ojos del viejo continente europeo. Eran tiempos de inestabilidad, de incertidumbre y preguntas difícilmente contestables. Y aun así, Lincoln seguía fuerte en sus convicciones democráticas, de supuesta igualdad permeable a los intereses ocultos de una mente lúcida, coherente consigo misma y a pesar de los que respiraban en torno a ella. Por encima del mito sobresalían unas graciosas orejas y una barba poblada y memorable. También el sombrero de copa alta, esa especie de chistera que parecía guardar los anhelos conciliadores de unos ciudadanos y unas víctimas de la época oscura que les había tocado vivir. Personas ajenas al circo del Congreso, donde senadores o representantes electos o vendedores de humo o garrulos tóxicos se daban cita para debatir cuestiones capitales, pero de forma ordinaria y vulgar. Quizá por eso el presidente fuera más valorado, porque miraba reflexivamente hacia ese punto ciego que esconde las virtudes del buen estadista: retórica, comunicación, liderazgo, seriedad, análisis, inteligencia. Y toma de riesgo, algo que venía de serie con la profesión. De alguna manera, Lincoln se adelantó a sus coetáneos en imaginación y estilo, identificable más allá de sus defectos, ya que fue el encargado de proponer la Decimotercera Enmienda, cuyo reparo sería abolir la esclavitud en su totalidad (no obstante, hubo estados que tras la vigorosa proclamación se mantuvieron en su idea primaria de que hay gente que nace para servir).