Despedimos a George A. Romero.
Descansando en su cama, escuchando la banda sonora de
El hombre tranquilo (
The Quiet Man, John Ford, 1952) y rodeado de sus seres queridos. Así es como el 16 de julio de 2017 se ha despedido de este mundo George Andrew Romero, nacido en el Bronx el 4 de febrero de 1940 y padre del cine de terror contemporáneo. Se dirá de Romero que fue el creador de los zombis tal cual los conocemos hoy en día. Y es cierto. No son precisamente pocas las ideas que John A. Russo y Romero tomaron prestadas para el guion de
La noche de los muertos vivientes (
Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968): en él resuenan ecos de los vampiros del
Soy leyenda (
I Am Legend, 1954) de Richard Matheson —y muy especialmente de su primera adaptación cinematográfica,
The Last Man on Earth (Ubaldo Ragona, Sidney Salkow, 1964)—, de la película
Carnival of Souls (Herk Harvey, 1962), del mito árabe del Gul (o Ghoul) —demonios profanadores de tumbas que devoran cadáveres— y del propio zombi haitiano que conocimos gracias a la imborrable
Yo anduve con un zombie (
I Walked with a Zombie, Jacques Tourneur, 1943). Pero al mismo tiempo ofrecía algo totalmente nuevo y podemos decir sin temor a equivocarnos que con este film nació el terror contemporáneo, primero porque su sistema de producción resultó audaz y pionero, convirtiéndose en un modelo a seguir por futuros titanes del género como el llorado Wes Craven, John Carpenter o Sam Raimi, y segundo porque es indudable que los muertos vivientes que presentó Romero en 1968 eran algo innovador, podrido y fresco a la vez, totalmente alejado de los preceptos del terror gótico de Poe, del horror cósmico de Lovecraft, de los monstruos clásicos de la Universal o de los psicópatas a lo Norman Bates. Esos muertos vivientes eran nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros familiares, éramos usted y yo avanzando hacia el único camino seguro, el de la muerte, pero sin encontrar jamás el descanso eterno. Más bien al contrario: trayendo el infierno a la tierra y devorando a nuestros seres queridos de un modo gráfico, en primer plano, sin sugerencias, sin compasión, sin excusas… simplemente el cuerpo humano desprovisto de alma, putrefacto, avanzando lentamente hacia su siguiente objetivo no para asesinarlo, sino directamente para comérselo o para, involuntariamente, propagar el fin del mundo.
Rodada en blanco y negro con un presupuesto irrisorio de 114.000 dólares, y estrenada justo el mismo año en el que el terror y la ciencia-ficción entraban en la mayoría de edad gracias a
La semilla del diablo (
Rosemary’s Baby, Roman Polanski, 1968) y
2001: Una odisea del espacio (
2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968),
La noche de los muertos vivientes resultó tan rompedora que, contra todo pronóstico, viniendo firmada por unos desconocidos que hasta entonces se dedicaban a la publicidad y estando fotografiada en blanco y negro cuando el Technicolor y el Cinemascope dominaba las pantallas, logró amasar millones de dólares en las taquillas y ganarse el respeto de unos críticos que, para variar, consiguieron ver más allá de los sustos y los higadillos y hasta sobrevaloraron (o, mejor dicho, sobreinterpretaron) la propuesta en algunos aspectos: el hecho de que el protagonista fuera afroamericano respondió simplemente, como diría infinitas veces el propio Romero, a que Duane Jones era el mejor actor que conocía, pues su personaje no estaba escrito para un actor de color ni había ningún mensaje sociocultural en ello. Sí que lo habría, no obstante, y de una manera muy evidente y voluntariamente contestataria en las continuaciones de esta gran obra de Romero: la gigantesca
Zombi (
Dawn of the Dead, 1978) —que, a su vez, y mediante la participación de Dario Argento en la producción, fue la responsable del
boom de cine zombi producido en Italia e incluso España a finales de los 70 y comienzos de los 80—, la pesimista e hipnótica
El día de los muertos (
Day of the Dead, 1985) —algo ensombrecida por el estreno ese mismo año de la gamberra y, a la vez, respetuosa con Romero
El regreso de los muertos vivientes (
The Return of the Living Dead, Dan O’Bannon, 1985)—, la reivindicable
La tierra de los muertos vivientes (Land of the Dead, 2005) y, en menor medida, las menos atinadas
El diario de los muertos vivientes (
Diary of the Dead, 2007) y
La resistencia de los muertos (
Island of the Dead, 2009). Nos ofrecía así un terror lleno de gore y sustos, pero también de ideas incendiarias. Y aunque solo hablemos del nivel estético, tótems de la cultura popular de nuestro tiempo como la saga de videojuegos
Resident Evil o la serie de televisión
The Walking Dead no existirían sin la influencia de Romero, y los zombis nunca habrían salido de Haití.