My name is Salt, de Farida Pacha (Suiza, India, 2013) Gabor, de Sebastián Alfie (España, 2013)
De nuevo, el cine como refugio anti-catástrofes. Instalada ya la primavera en esos días que se antojan luminosos, tú llegando apresuradamente a los sitios con la única y simple coartada de un reloj moribundo, allí sigue: el portón doble de una sala que se abre, claro, a todos los que aguardabais entrar en ella. Y si la película lo mereciese, no salir nunca. O coger carrerilla, aún a las cuatro de esa tarde que se torna muy estival, y no frenar hasta bien entrada la inexistente secuencia post-créditos. Lejos de toda euforia aunque más alegre que de costumbre, así se desplaza el espectador por la Cineteca, donde ya se disfrutan —desde el pasado 30 de abril, y hasta el 11 de mayo— los primeros títulos que componen la XI edición de DocumentaMadrid, un festival que alcanza la adolescencia con vigor de genio silencioso. Con mucho porvenir y, también, mucho trabajo por delante; huyendo de aspiraciones exclusivistas o que pudieran con el tiempo entorpecer su labor principal: consagrarse a la no-ficción; captar a productores y a directores, e incluso a los protagonistas más o menos olvidados que pueblan sus pantallas. Un espejo a las 71 historias que ya han sido y serán, allí, en las salas Azcona y Borau. En Plató, y en el Cine Doré: una suerte de templo o dimensión desconocida no sólo para el gran desconocedor del cine sino también para el traumado con ínfulas transgresoras; donde se reúnen espectadores de tipología diversa y cazadores de títulos permanentemente descatalogados. Así, nunca nadie ha muerto por morir en sus butacas. Porque la ergonomía es otra metáfora a la inversa del viaje, que ahí está y ahí te retuerce el espinazo sin siquiera pedir perdón. Tanto da, supongo, si la excusa hoy es inmejorable: no-ficción o realidad a través del objetivo más afín a esta última. Y de nuevo, otra vez, la butaca y el proyector y el fogonazo primigenio.