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    Emerald Fennell
    Emerald Fennell
    || Críticas | ★★☆☆☆ ½
    Cumbres borrascosas
    Emerald Fennell
    La sustancia de la que están hechas nuestras almas


    Mario Peña
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2026. Título original: «Wuthering Heights». Dirección y guion: Emerald Fennell (basado en la novela de Emily Brontë). Compañías: LuckyChap Entertainment, MRC. Distribución: Warner Bros. Pictures. Fotografía: Linus Sandgren. Montaje: Victoria Boydell. Música: Anthony Willis. Reparto: Margot Robbie, Jacob Elordi, Barry Keoghan, Carey Mulligan. Duración: 142 minutos.

    «En asuntos de amor los locos son los que tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos; los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca».
    Jacinto Benavente

    Si hay algo latente en cada una de las páginas que conforman la primera y única novela de Emily Brontë, Cumbres borrascosas, publicada en 1846, es su concepción fatalista del amor, entendido este como un ente parasitario de la razón del hombre que nubla su juicio y que le hace entregar cuerpo y alma al objeto amado. Ya el primer gran héroe romántico, el joven Werther, se suicidaba para dar fin al tormento provocado por la no correspondencia romántica de Lotte, de quien estaba profundamente enamorado. La degradación moral, física e incluso espiritual que el arquetipo del héroe del Romanticismo sufría no era más que una reacción al racionalismo que imperaba en la Europa de finales del s. XVIII. Las pasiones indomables eran el vehículo con el que los autores románticos podían expresar su entendimiento del amor erótico como una caída, un sucumbimiento a la irracionalidad más exacerbada que reducía al individuo a sus anhelos; no es casualidad que el verbo anglosajón para amar sea to fall in love, literalmente “caer enamorado”. Porque, para cerrar de nuevo con Benavente: el amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio, es que está para morir.

    De estos textos nace la novela gótica, un desarrollo natural del Romanticismo que se recreaba en el fatalismo de la condición romántica, añadiendo elementos sobrenaturales como materialización de la condición trágica del enamoramiento. Por lo tanto, la novela de Brontë, con toda su recargada y violenta retórica, trataba esencialmente de la irracionalidad del amor y de cómo, paradójicamente, sucumbir a él era lo más elevado y honroso que podría hacer el hombre. Atenerse a una destrucción identitaria, y por consecuencia, a una más que probable muerte por la persona amada, era pues la constatación de la trascendencia del estado animal, el entendimiento de que aquello socialmente acuñado como locura —una suerte de superyó prefreudiano— no era más que la exacerbada pasión de saberse vivo y objeto amante.

    La belleza conceptual de la mediana de las Brontë es más que reivindicable hoy en día, donde pareciera que, debido a las redes sociales y a una regresión social, se ha vuelto a un estado prerromántico, donde arcaicos conceptos como el estatus o la clase son más patentes que nunca. Al ver que Emerald Fennell, controvertida realizadora de Una mujer prometedora y Saltburn, estrenaría una nueva adaptación, al espectador le podría surgir una más que cabal pregunta: ¿Por qué? y, sobre todo, ¿por qué ahora? Terriblemente triste es constatar que la nueva adaptación de la novela no es más que un capricho de una directora cuyos deseos son órdenes para una industria subordinada a la comercialidad de su cine, respuesta directa de un adormecido espectador medio que se sorprende con el más vacuo ejercicio de provocación.

    El gran lastre de esta nueva cinta no es otra que la malinterpretación del texto original, hasta tal punto que deviene negación de este. La romántica irracionalidad del amor antes citada es concebida por Fennell como una pulsión carnal primitiva, un abandono del individuo a sus bajas pasiones, convirtiéndolo en no menos que un animal movido únicamente por sus necesidades primarias. La obsesión entre los personajes de Heathcliff y Catherine Earnshaw, hermanos adoptivos, es pasada por un tamiz lascivo por la realizadora, cuya voluntad provocativa es mucho mayor que la comprensión del material que pretende adaptar, articulando así un infantilismo direccional en sus más de ciento veinte minutos de metraje. Esa reinterpretación de best-seller juvenil del texto original es burdamente recreacional en las secuencias eróticas, que conscientemente intercambia la pasión desaforada con la sexualidad desinhibida, conceptos diametralmente opuestos. El goticismo dramático subyacente del relato es supeditado constantemente a formas vagas de provocación, que, en su intencionalidad de radicalismo, no deja de ser un vago ejercicio de estimulación para las nuevas generaciones en su primer acercamiento al relato. Ya en 1939, William Wyler asumía y asimilaba a la perfección los matices del relato en su adaptación, contrarrestando muy sagazmente los potenciales problemas —en los que, como no podía ser de otra forma, Fennell cae de lleno— y rebajando la intensidad sentimental de los personajes para acercarlos más al tormento, humanizándolos para su óptimo trasvase de la página a la pantalla. Y es que, en aquel trabajo más cercano a la teatralidad, Wyler entendía aquello que Fennell no: para que Heathcliff y Catherine no sean caricaturas, su amor ha de ser justificado por una razón profunda.

    La británica establece toda su narración en base a ciertas licencias dramáticas —que, pese a no ser negativas per se, erosionan la credibilidad del relato (obviando el Diabolus ex Machina que resuelve el tercer acto)— al suprimir elementos esenciales que la directora parece no haber sabido interpretar, como el porqué del enamoramiento de los protagonistas o la necesidad del relato de su estética gótica. Los páramos que rodean e imbuyen la mansión de Cumbres borrascosas y La granja de los tordos —los dos escenarios donde se desarrolla la historia— no eran sino, en la novela y en la adaptación de Wyler, una cartografía viva que reaccionaba con los elementos a la emocionalidad de los personajes, añadiendo una dimensionalidad subjetiva al propio espacio donde transcurría el tormentoso relato. En cambio, Fennell lo comprende como un simple entorno brumoso donde disponer de una artificiosa estética rococó —con imitación de El columpio de Fragonard incluida— que hace subordinarse a un magno Linus Sandgren, su recurrente director de fotografía, a su visión sintética y ampulosa de la estética de la cinta, que no encuentra reminiscencia alguna con la dramaturgia de la misma. La sobresaturación colorimétrica de los espacios, la evocadora pero incoherente imitación de Sven Nykvist y un tratamiento preciosista de la luz para un relato que contrasta por su oscuridad hacen de la imagen de la cinta una contradicción en sí misma, simbólicamente opuesto a aquello que pretende narrar, haciendo del expresionismo formal de la cinta una alegoría perfecta del proyecto: una frivolidad accionada por los antojos de su realizadora. ♦


    por Mario Peña
    febrero 19, 2026

    Crítica | Cumbres borrascosas

    por Mario Peña | febrero 19, 2026
    || Críticas | Amazon Prime Video | ★★★★★
    Saltburn
    Emerald Fennell
    La erótica del poder


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: Saltburn. Dirección: Emerald Fennell. Guion: Emerald Fennell. Producción: Emerald Fennell, Josey McNamara, Margot Robbie. Productoras: LuckyChap Entertainment, Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), MRC Film, Media Rights Capital (MRC). Distribuidora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Amazon Prime Video. Fotografía: Linus Sandgren. Música: Anthony B. Willis. Montaje: Victoria Boydell. Reparto: Barry Keoghan, Jacob Elordi, Archie Madekwe, Rosamund Pike, Richard E. Grant, Alison Oliver, Carey Mulligan, Sadie Soverall.

    Emerald Fennell irrumpió en el campo de la dirección con una de las óperas primas más rompedoras, controvertidas y originales de los últimos años, Una joven prometedora (2020), la retorcida historia de una venganza cocinada a fuego lento, la fraguada por Cassie (Carey Mulligan en una de las mejores interpretaciones de su impecable carrera) contra un puñado de hombres que abusaran sexualmente de su mejor amiga en el pasado. Cine feminista que denunciaba fuertemente el patriarcado, comprometido y, al mismo tiempo, arriesgadísimo, al tratar una temática tan delicada desde una óptica de comedia negra que culminaba con uno de los finales más kamikazes que se recuerdan. La directora dejaba el listón muy alto para su segundo trabajo, que, tras su estreno mundial en el Festival de Cine de Telluride, ha llegado en época navideña a la plataforma de Amazon Prime Video, colocándose rápidamente como lo más visto de la misma y convirtiéndose en un nuevo fenómeno capaz de generar todo tipo de comentarios en redes sociales. Saltburn, el título de la nueva película de Fennell, lo ha vuelto a hacer. No cabe duda de que la realizadora sabe cómo vender sus productos y crear encendidos debates, a base de polémica y mucha provocación. Porque, sí, de nuevo estamos ante una obra provocadora y muy sombría que, bajo una apariencia un tanto superficial –buscadísima, a tono con los ambientes frívolos y vacíos en los que se mueven sus personajes–, vuelve a contar con un protagonista tan atormentado como la Cassie de Una joven prometedora, también guiado por motivaciones oscuras para conseguir un fin que no conoceremos hasta los últimos compases de la historia. En esta ocasión, las riendas de la misma las lleva Oliver Quick, un joven estudiante de humildes orígenes, que consigue ingresar en la elitista universidad de Oxford, gracias a una beca, y que pronto aprenderá a desenvolverse entre sus muros, acercándose, interesadamente, al chico más popular del lugar, Felix Catton, proveniente de una de las familias más ricas y poderosas del país y dotado de un arrasador carisma y una enorme capacidad de seducción hacia todos los que le rodean, incapaces de no caer rendidos ante su innato encanto personal y una amabilidad impropia de los jóvenes ricachones que miran a los más pobres por encima del hombro.

    La primera parte de Saltburn nos muestra la vida en la universidad y cómo Oliver no parece resignarse a ser un marginado más como el chico que primero le ofrece su amistad, por lo que no duda en darle de lado desde el momento en que se gana la atención de Felix, después de que Oliver le saque de un apuro. El millonario empieza a sentir verdadero afecto hacia su nuevo amigo, que se vende como un chico proveniente de una familia absolutamente problemática, tocada por problemas de salud mental y adicciones a sustancias varias, por lo que no duda en integrarle en su selectivo círculo de amistades –en contra de las opiniones de alguna de sus novietas, que se avergüenza de la forma de vestir de Oliver, o de su sarcástico primo estadounidense Farleigh, que ve en el recién llegado una amenaza–, hasta el punto de invitarle a pasar las vacaciones de verano de 2007 en el castillo familiar, ese gótico Saltburn del título. Es aquí cuando el filme eleva definitivamente el vuelo, ofreciendo una mirada nada complaciente de la alta sociedad inglesa, mostrando a una excéntrica familia que nada en la abundancia económica, pero que carece de valores y de la más mínima empatía hacia quienes les rodean. Mientras que Sir James parece un tipo descerebrado, su esposa Lady Elspeth se presenta como una mujer egocéntrica e interesada, una antigua modelo de éxito durante los 90 que ahora lidia con su papel de madre de dos adolescentes, el exitoso Felix y la desdichada Venetia, una joven que vive a la sombra de su hermano, cargada de inseguridades que le han hecho caer en problemas depresivos y trastornos alimenticios. Impagable es el pequeño personaje que interpreta Carey Mulligan, el de Pamela, una “amiga” de la familia que ha sido acogida en la mansión, mientras supera una mala racha personal. Gracias a ella, vemos cómo se las gastan los Catton, las humillaciones veladas, la falsa caridad y los continuos desprecios a los que tiene que hacer frente, ya que, en fondo, solo la ven como un parásito que se ha acomodado en su hogar. Y eso es lo que viene a ser, también, Oliver, con la diferencia de que este ha llegado a Saltburn con una mayor facilidad para ganarse a sus no demasiado inteligentes anfitriones, manipulándoles y llevándoles suavemente hacia su terreno. Como bien le define Venetia en una escena, Oliver es como una polilla que se ha colado en su casa, agujereando, poco a poco, sus paredes hasta terminar destrozándola desde dentro.

    Lo primero que llama poderosamente la atención de Saltburn es su maravilloso acabado visual, presente, tanto en la espectacular dirección artística como en la magna labor de Linus Sandgren en la fotografía –en un trabajo que recuerda mucho al realizado en Babylon (Damien Chazelle, 2022)–, otorgando a la majestuosa y, a la vez, decadente mansión un protagonismo casi tan importante como el de sus personajes. Los excesos con los que están rodadas las fiestas en el hogar de los Catton, con enormes animales asándose a la vista de todos en el jardín, lacayos que parecen salidos de otra época, y drogas y libertinaje acampando a sus anchas por cada rincón del recinto, muestran la degradación moral de una clase alta a la que, no obstante, Oliver querría pertenecer a toda costa. Barry Keoghan parece haberse especializado en roles perturbados y, en la línea de su papel en El sacrificio de un ciervo sagrado (Yorgos Lanthimos, 2017), realiza otro tour de force, generoso en situaciones de un atrevimiento poco habitual en el cine comercial –su “sanguinolenta” escena de seducción en el jardín; ese otro momento, que roza lo necrófilo, sobre una tumba; cierto pasaje en el que juega un papel determinante el desagüe de una bañera o un audaz baile final al ritmo del Murder on the Dancefloor, de Sophie Ellis-Bextor, encumbran al personaje de Oliver entre los más icónicos del año–. Su magnífica actuación, tan desbordante de carisma, no opaca la maravillosa labor de Jacob Elordi, perfecto en su encantador rol de Felix, de una Rosamund Pike que vuelve a demostrar, en su papel de Elspeth, que los papeles de víbora se le dan mejor que a nadie, y, sobre todo, de una sorprendente Alison Oliver, capaz de dotar al personaje de Venetia de una fragilidad digna de lástima. Saltburn se las apaña para adornar una historia no demasiado original que, en resumidas cuentas, parece demasiado una nueva versión más desquiciada de El talento de Mr. Ripley, compartiendo Oliver con el personaje salido de la imaginación de Patricia Highsmith, no solo su homosexualidad (más explícita en la visión de Anthony Minguella de 1999 que en la novela), sino, también, esa ambición y esa mezcla entre fascinación y odio hacia su objeto de deseo y, en última instancia, víctima, para que parezca algo mucho más novedoso. El resultado es una película excesiva en sus formas y muy comprometida consigo misma a la hora de provocar con su cóctel de momentos sexualmente bizarros, algo que la convierte en orgiástico espectáculo homoerótico, repleto de humor negro y bilis a raudales, tan hipnótico y adictivo como esa visión del apolíneo Felix contoneándose al son de la música que tan repetidamente nos regala la directora a lo largo de su película. ♦


    por José Martín León
    enero 07, 2024

    Crítica | Saltburn

    por José Martín León | enero 07, 2024

    La venganza se sirve fría

    Crítica ★★★★☆ de «Una joven prometedora», de Emerald Fennell.

    Estados Unidos, 2020. Título original: «Promising Young Woman». Director: Emerald Fennell. Guion: Emerald Fennell. Productores: Tom Ackerley, Ben Browning, Emerald Fennell, Ashley Fox, Josey McNamara, Margot Robbie. Productoras: Filmnation Entertainment, Focus Features, LuckyChap Entertainment (Productor: Margot Robbie) (Distribuidora: Focus Features). Fotografía: Benjamin Kracun. Música: Anthony B. Willis. Montaje: Frédéric Thoraval. Reparto: Carey Mulligan, Bo Burnham, Alison Brie, Connie Britton, Adam Brody, Jennifer Coolidge, Laverne Cox, Clancy Brown, Alfred Molina, Christopher Mintz-Plasse, Molly Shannon.

    On the Rocks (Sofia Coppola), Una noche en Miami (Regina King), Nomadland (Chloé Zhao), Emma (Autumn De Wilde), Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Eliza Hittman), The Assistant (Kitty Green), First Cow (Kelly Reichardt), Kajillionaire (Miranda July) ... cuesta recordar un año en el que las mujeres directoras tuviesen tanta presencia en una carrera de premios. Atrás van a quedar décadas en las que realizadoras como Jane Campion o Kathryn Bigelow supusieran escasas excepciones de representación femenina en la categoría de mejor dirección, tanto en los Globos de Oro como en los Oscars, ya que 2021, a pesar del momento crítico que está atravesando la industria del espectáculo como consecuencia del covid, tiene muchas posibilidades de ser ese punto de inflexión en el que, por primera vez, podría haber más mujeres nominadas que hombres. Emerald Fennell, hasta ahora conocida por su faceta de actriz en, por ejemplo, The Crown, donde da vida a Camilla Parker Bowles, también ha dado el salto a la dirección con resultados sobresalientes. Una joven prometedora, su debut, destaca, ante todo, por la amalgama de géneros en la que se mueve. El incisivo guion, obra de la misma Fennell, destaca por el prodigioso equilibrio que logra entre la comedia (muy) negra, el thriller de venganzas de toda la vida y el drama con fuerte carga de denuncia contra las conductas machistas (ojo, no solo por parte de los hombres) en la sociedad. Con este libreto, la incipiente directora demuestra tener un sentido del humor ácido y muy inteligente, así como una increíble mala baba para el dibujo de sus personajes, incluido el de su peculiar protagonista, esa antigua joven prometedora que da título a la película. En efecto, la suya podría ser catalogada como la obra más radicalmente feminista del año, digna consecuencia del movimiento #MeToo, y lanza sus envenenadísimos dardos, sin piedad, no únicamente contra los depredadores sexuales, sino también contra todas esas personas que, de manera indirecta, contribuyen a silenciar sus conductas abusivas hacia la mujer, ya sea mirando hacia otro lado o tratando de justificarlas con argumentos absolutamente vomitivos.

    ¿A qué viene el título de Una joven prometedora? Eso es lo que, de cara a la sociedad, era Cassie. Una muchacha hermosa, inteligente y con inquietudes. Sus altas notas en la universidad le auguraban un futuro espectacular en la medicina, pero todas esas expectativas se vieron truncadas a raíz de un terrible “incidente” que vivió su mejor amiga, Nina, víctima de los bajos instintos sexuales de unos compañeros de estudios. Desde aquel momento, la vida de Cassie cambia por completo y ahora malgasta su potencial trabajando en una cafetería mientras su mayor (por no decir única) motivación es la de servir de azote a todos esos hombres que se aprovechan de las mujeres, a través de una particular cacería de depravados. Para ello, recorre locales nocturnos, fingiendo pasarse con las copas para así captar a esos hombres que se llevarían a casa a una mujer ebria para, aprovechando su estado desvalido, mantener relaciones sexuales con ella. La bochornosa secuencia que abre la cinta no puede ser más ilustrativa hacia lo que pretende contar. Un grupo de hombres, bailando en una discoteca, realizan unos contoneos pélvicos que pretenden ser sexis (algo así como una suerte de exaltación de su masculinidad), mientras que un más reducido grupo de amigos, desde la barra del bar, se percata de la presencia de una chica casi desmayada por la ingestión de alcohol en un sofá. Después de soltar por sus bocas frases tan típicas como “¡qué vergüenza, cómo ha llegado a ese estado!” o “¿qué clase de amigas dejan a una mujer sola en ese estado?”, uno de ellos se presta “caballerosamente” a rescatarla del local, pero, en realidad, lo que hace es llevarla a su apartamento para tratar de acostarse con ella. Este prólogo antecede a una imagen ya icónica del cine de 2021, la de una Cassie triunfante, caminando por la calle con las manos manchadas del ketchup que chorrea desde el perrito caliente que se está comiendo, al son del “It´s Raining Men”. Fennell no ha podido encontrar una manera más brillante de presentar a su protagonista, un personaje bombón que ha servido para que Carey Mulligan, extraordinaria actriz algo encasillada en roles intensos y dramáticos, explore nuevos registros que la acercan más a la comedia. Sarcástica, irreverente, sexy, esta nueva versión de una intérprete que lleva buscando su Oscar desde que nos enamorara en An Education (Lone Scherfig, 2009) es todo un acierto.

    por José Martín León
    abril 14, 2021

    Crítica | Una joven prometedora

    por José Martín León | abril 14, 2021
    Blue Heron
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