Activismo de lo cotidiano
Crítica ★★★ de Hotel Cambridge (Era o Hotel Cambridge, Eliane Caffé, Brasil, 2015).
En una de las asambleas a las que acuden todos los habitantes del enorme y céntrico edificio del Hotel Cambridge, pronto aparecen los comentarios claramente racistas que algunos de ellos profieren: habría que preocuparse y ocuparse solo de los brasileños. En ese momento, Hassan, un poeta palestino que reside desde hace años en el país sudamericano, realiza una de las más interesantes reflexiones de toda la cinta: puede que ellos sean refugiados políticos provenientes de otros países, pero los brasileños son refugiados en su propio país, y eso, por lo menos, debería servir para eliminar de un plumazo cualquier otra consideración racial o cultural. En
Hotel Cambridge, ganador de Cine en Construcción del Festival de San Sebastián de 2015, Eliane Caffé se adentra en un edificio ocupado de Sao Paulo para retratar a través de una ficción con voluntad y aspecto de documental el día a día de este grupo de personas que han creado su propia estructura organizativa como refugio ante una sociedad que les ha negado sus derechos. Por el hueco de la escalera se cuela en todo momento la dificultad ya no solo de convivir a la fuerza con un grupo tan variado de personas, sino también de compartir la misma visión política de la vida. Lo cierto es que todos y cada uno de ellos son refugiados, provengan de donde provengan, por el simple hecho de haber tenido que recurrir a la ocupación de un edificio abandonado para poder reivindicar unos derechos que, en teoría, les son inalienables. Así, el Frente de Luita por Moradia realiza las labores que se antojarían propias de un Estado. Cuida y mima a sus componentes, se parte la cara por ellos, les arenga en sus luchas y se frustra por la indiferencia de algunos. El riguroso trabajo de representación de los movimientos que reivindican el derecho a una vivienda digna en el país carioca sirve en este caso, a un nivel incluso extracinematográfico, para poner de manifiesto el gran tejido de movimientos sociales que pueblan el país.
El cuarto largometraje de la directora podría funcionar como ejemplo de la admirable dedicación y la incansable fuerza reivindicativa de este tipo de organizaciones. «Porque quien no lucha… ¡Está muerto!», se empeñan en gritar a modo de revulsivo ante cualquier atisbo de duda. Se trata de colectivos perfectamente organizados, asamblearios, donde cada uno tiene su papel. Porque si alguien esperaba que dentro de este enorme bloque de hormigón reinara el caos y la indecencia se equivoca. Doña Carmen actúa como líder del grupo y dirige con una mezcla de mano dura y paciencia a gentes de todo tipo: la joven pareja brasileña con un hijo; Krak y Ngandú, los refugiados congoleños; la señora Gilda que intenta enseñar portugués a los recién llegados… Caffé construye un relato en el que siempre se parte de lo personal. El punto de partida es el personaje, la intimidad cotidiana de estos luchadores. Así, consigue que, más allá de concentrar el peso narrativo sobre un protagonista, la película recaiga sobre un grupo coral de personajes a los que le presta la suficiente atención para no caer en la caricatura ni la superficialidad. Estas personas están obligadas a vivir como entes políticos, exprimiendo cada segundo de su existencia en continua reivindicación: son activistas casi por obligación. Pero bajo la lente de la directora ese activismo se entremezcla con la necesidad de vivir de una manera trivial como cualquier hijo de vecino, de dejarse llevar por sus relaciones, de encontrar un espacio donde el día a día sea algo más que una lucha constante por sobrevivir. Es ahí donde
Hotel Cambridge se aleja de esa horrible etiqueta de «cine necesario» y evita subrayar su condición de cine social para sacar a relucir una historia de personajes y situaciones. Con el miedo al desalojo como motor de la trama, el gran acierto de Caffé es colocar su narración siempre a la altura de los ojos de sus protagonistas, cambiando de espacios, momentos y estados de ánimo en cada escena, intercalando el discurso político con el conflicto personal y emocional de manera orgánica, borrando las fronteras entre uno y otro. De este modo, los habitantes del hotel bien montan un taller de teatro como organizan un desfile de moda; bien preparan un sancocho para el recién llegado como discuten con sus familiares al otro lado del mundo a través de una pantalla de ordenador.