EL SABOR INCONFUNDIBLE DE UNA LÁGRIMA
crítica de “El prestamista”, de Edward Lewis Wallant | Libros del Asteroide
La pesadilla roja se adhiere a los sueños del prestamista, un hombre mayor pero de edad difusa que regenta una tienda de empeños. Nueva York acoge una cabalgata de personas que sobreviven al tedio mismo de la ciudad, existente a ratos, a través de millones de ojos que miran a su alrededor con la frialdad de una bestia disecada; sin remordimientos ni pasión, sabedores de que la vida seguirá aun cuando hayan tocado techo más allá de los años 60. Decenio que se intuye como una turbina absorbente, mientras los dólares del viejo Sol Nazerman proporcionan algo de oxígeno a cambio de vajillas, pitilleras, joyas o bisutería, ropa más o menos apolillada, ostentosos juegos de ajedrez y cualquier cachivache inusual. Recuerdos arrebatados que convierten al prestamista en (tímido) culpable de un crimen cuyo móvil psicológico —por aquello de la proyección— se remonta a la Segunda Guerra Mundial, concretamente en el bando de los nazis, en el epicentro de aquel genocidio antisemita que se llevó por delante todo atisbo de felicidad, o esperanza, o alegría o capacidad de perdón. El Holocausto acabó con 6 millones de judíos, pero, al mismo tiempo, abrió una herida imposible de restañar e hirió mortalmente a los que sobrevivieron: una caída lenta y tortuosa. La ironía, además, fue doble: los muertos descansaban ya tras un largo horror, torturas físicas y psicológicas que sólo encontraban argumentos en las mentes enfermas de sus instigadores, mientras que los vestigios humanos de aquel crimen tendrían que soportar por siempre el peso del trauma.