Nosotros somos los monstruos
crítica de Monster Show: una historia cultural del horror, de David J. Skal (1993) | editorial Valdemar (2008).
La historia del género de terror quizá no deja de ser en ningún momento la historia de los diversos miedos que han atenazado a la sociedad desde su mismo nacimiento. La literatura, la tradición oral, la pintura, el teatro, la fotografía… Todas las artes, desde las más elevadas a las más populares, han sentido ese hálito mefítico sacando a la luz como un daguerrotipo deformado lo que se esconde en lo más profundo de nuestra atemorizada psique. El cine, bien desde las pantallas de las salas o desde las de los televisores en nuestros solitarios salones, lo ha mostrado de manera diáfana a lo largo de su evolución. Un espejo oscuro que ha reflejado con sus monstruos y horrores, en imágenes deformadas y delirantes, todo aquello que en diferentes épocas ha convulsionado para mal nuestro devenir. No otra es la base sobre la que se cimenta este excepcional libro de David J. Skal, Monster Show: una historia cultural del horror (The Monster Show: A Cultural History of Horror, 1993), el cual, pese a su título y a que revisa otras manifestaciones artísticas, es sobre todo un repaso frenético a las películas de terror y a cómo éstas suponen la expresión, no siempre consciente, de las pesadillas que como hombres nos han tocado vivir en este último siglo.
El director Tod Browning, con la complicidad del gran actor Lon Chaney, y sus melodramas cruzados de deformidades físicas y mutilaciones espirituales es uno de los que más lejos ha llevado la obsesión por la monstruosidad fruto de traumas personales o del espanto y los efectos terribles de la Primera Guerra Mundial. Algo que también es fácil de rastrear en el cine expresionista alemán de finales de la segunda década del siglo XX, el cual además veía alimentada su galería de espectros por una poderosa tradición romántica rica en monstruos y espíritus descarnados que se desenvolvían en relatos y novelas tomados por el horror y el delirio. El gabinete del Dr. Caligari (Das cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) como ejemplo más representativo pese a que los cambios a los que se sometió su guión acabaron por mermar su fuerza metafórica, no así su carácter alucinado de pesadilla imposible que aún hoy nos estremece y nos engulle en sus sombras siniestras. La perfección de El golem (Der Golem, wie er in die Welt kam, Carl Boese y Paul Wegener, 1920), que prefiguraba a ese otro monstruo que se convertiría en una de las imágenes más reconocibles y míticas del horror muy poco tiempo después, el monstruo de Frankenstein, o Nosferatu el vampiro (Nosferatu, eine symphonie des grauens, F. W. Murnau, 1922) que mostraba la plaga del vampiro como la de la propia peste, no otra cosa que la guerra que había asolado Europa con las mismas impiedad y fiereza con las que la infecta criatura de la noche diezmaba Londres. Las criaturas infernales creadas por Mary W. Shelley y Bram Stoker serían, gracias sobre todo a sus traslaciones fílmicas nacidas en el seno de la productora Universal, figuras casi mitológicas que de manera reiterativa inundarían no sólo todo el cine de terror posterior, sino que se apropiarían del género en todas sus ramificaciones artísticas. Criaturas que, Skal se encarga de aclarárnoslo en uno de los fascinantes capítulos de su libro, renacen en el siglo pasado bajo las brillantes luces de los escenarios de los teatros.