EL VERDADERO ARTE
Cirque du Soleil: Mundos lejanos (Cirque du Soleil: Worlds Away, Andrew Adamson, 2012)
Nunca he asistido a un espectáculo del Circo del Sol. Y lo lamento profundamente. Tengo amigos que me aseguran que es una experiencia única, inolvidable, que el nombre de la compañía —un punto exótico y monástico— no resume su exaltación poética de la geometría corporal, de las proporciones áureas de unos hombres y unas mujeres con un físico privilegiado, que se atreven a desafiar las leyes de la física lanzándose desde plataformas impensables, construidas con el mismo sentido estético que nutre sus variopintas creaciones. Son, en definitiva, esculturas que conjugan primorosamente el oficio de las artes escénicas y la espontaneidad más o menos armónica de la fusión. Desde mi infancia, he identificado el circo con la tétrica figura del payaso y las mastedónticas deposiciones de elefantes que hacen posturitas a golpe de látigo, mientras otro domador se juega la vida ante un hambriento y puteado león (o tigre) que, sospechamos, espera tener la oportunidad de coger desprevenido a su estoico caudillo. El circo, en esencia, era asignatura de niños y padres que sesteaban en la incómoda grada, de aquellos niños que al convertirse en muchachos se olvidaban del algodón de azúcar; también del sabor de las manzanas caramelizadas y de ese pegajoso olor a churro en torno a las carpas de las verbenas. El circo español son los míticos payasos de la tele, los primeros tiempos de una familia que es sinónimo de recreo y felicidad, cuyo vestigio último podía contemplarse en las marquesinas que anunciaban el regreso —o el nacimiento o la nueva propuesta— del “increíble circo” de Rody Aragón. Quizá sea un tópico, pero el mundillo circense representa todo eso y mucho más. A veces, incluso, un buen rato de sonrisas provocadas por esos profesionales que agotan sus días rodando de pueblo en pueblo.