crítica de Viaje cósmico | Kosmicheskiy reys: fantasticheskaya novella, Vasili Zhuravlyov, 1936
Entre los muchos sueños que los tiempos que vivimos nos han arrebatado, quizá uno de los que personalmente más lamento y que a la mayoría de la sociedad le importará un rábano es el del sueño espacial. Hubo una época en la que alcanzar la luna no era solo una metáfora cursi para enamorados empalagosos: se trataba de una realidad que preocupaba, conmovía e ilusionaba al público de a pie y que enfrentaba a las grandes potencias en una carrera por conquistar los cielos. Nuestro satélite, la Luna, era el objetivo principal: quien lograra pisar su árido suelo podría considerarse el triunfador de esa primitiva etapa que comenzaron ganando los soviéticos gracias a Yuri Gagarin, el primer hombre que tripuló una nave al espacio exterior, lo que le convertía en el primer astronauta real, aunque ya con anterioridad la perrita Laika había hollado el espacio, siendo ella la pionera en orbitar nuestro planeta Tierra. Si bien al final serían los norteamericanos quienes acabarían adelantándose al alunizar con el Apolo XI, hecho del que muchos dudan pues las imágenes que recorrieron el mundo dando fe de ese momento grandioso y único fueron, y aquí uno no sabe ya qué pensar, rodadas por Stanley Kubrick. Conspiranoias aparte, el hecho es que este fue uno de los acontecimientos más importantes de la guerra fría entre las dos potencias. Hoy, cuando el espacio ha sido devorado por la necesidad de tener trabajo y alcanzar con nuestros miserables sueldos el poder comprar pan, y cuando la carrera por conquistar el cosmos no interesa como arma política y las estaciones espaciales son internacionales, solo nos queda volver a nuestra imaginación y a todos aquellos autores que aún hoy nos hacen soñar con sus obras. La ciencia ficción es un género que pervive con fuerza, y no solo en su faceta más escapista, que también nos encanta, pero no hay ciudadano de la calle que piense ya que conoceremos a alguna raza alienígena, y si a alguien se le habla de la posibilidad de invertir millones en un viaje espacial se llevará las manos a la cabeza enfadado porque hay cosas más necesarias. Si esos millones se destinan al fútbol, en cambio, todo es distinto: parece que no hay nada más urgente y prioritario para la vida. Pero ya sabemos que los sueños y las maravillas de verdad no crecen en un campo pisoteado por veintidós señores en calzoncillos.
El cine, desde sus comienzos, ya nos hizo soñar con la posibilidad de llegar a la luna y fantasear sobre qué ocurriría una vez allí. Georges Méliès nos llevó hasta ella en la temprana Viaje a la luna (Le voyage dans la lune, 1902), una película mítica, como no podía ser de otra manera, que vista hoy en día sorprende y fascina como el día de su estreno y cuyas imágenes son ya parte del imaginario colectivo. Y si no pensad en esa luna de rostro enfadado y mocos colgantes con una nave espacial con aspecto de bala gigante clavada en uno de sus ojos. El mismo Fritz Lang, acompañado por Thea von Harbou en labores de guion trabajando sobre su propia novela, no se resistiría a mostrarnos cómo podría ser tan alucinante viaje: La mujer en la luna (Frau im Mond, 1929) es una película emocionante y divertida, una de sus grandes obras en la que mezclaba aventuras folletinescas, esas que tan bien había aprendido de su admirado Louis Feuillade, con todo el material serio y real que pudo proporcionar el científico Hermann Oberth, colaborador de lujo que en el futuro diseñaría los misiles V-2 utilizados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial y que acabaría trabajando para el gobierno norteamericano en los años 50. Hay muchas más películas de las que los aficionados a la ciencia ficción deberían sentirse orgullosos, pero quizá sean estas dos las que podríamos considerar antecedentes directos de la maravillosa obra que vamos a comentar a continuación.
por José Luis Forte
julio 29, 2013
julio 29, 2013
Cine Club | Viaje cósmico (1936)
por José Luis Forte | julio 29, 2013










