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    Chie Hayakawa
    Chie Hayakawa
    || Críticas | Cannes 2025 | ★★☆☆☆
    Renoir
    Chie Hayakawa
    De la abyección


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Japón-Francia-Indonesia-Singapur-Filipinas, 2025. Título original: Renoir. Año: 2025. Duración: 116 min. Dirección: Chie Hayakawa. Guion: Chie Hayakawa. Música: Rémi Boubal. Fotografía: Hideho Urata. Compañías: Loaded Films, Kawankawan Films, Happinet Phantom Studios, Dongyu Club, Ici et Là Productions, Akanga Film Asia, Nathan Studios, arte France Cinéma, Daluyong Studios. Reparto: Yui Suzuki, Hikari Ishida, Ayumu Nakajima.

    Fuki tiene once años, su padre padece un cáncer terminal y su madre sufre problemas emocionales derivados de las extenuantes jornadas de trabajo que ocupan la mayor parte de su tiempo. Hayakawa presenta a la pequeña de espaldas, con el rostro pegado a una televisión que reproduce vídeos de bebés llorando: el encuadre acentúa la dificultad que se le presenta a cualquier persona que quiera conocer a la protagonista: de carácter hermético y silencios pronunciados, con tendencia a la dispersión, a perderse en sus mundos imaginarios, la niña siente una gran curiosidad por la expresión del sufrimiento humano. A mitad de metraje, su mirada se fija sobre el cuerpo de una mujer que, arrodillada en el suelo del hospital, grita por la muerte de su hijo; un llanto es para ella un enigma a descifrar, una suerte de interrogante cuyo mecanismo no consigue comprender. Ella misma lo escribe en una de sus brillantes —palabras de su profesor— redacciones escolares: “Cuando alguien muere, ¿lloramos por él o por el vacío que deja en nosotros?”. En ese mismo trabajo, imagina su asesinato, su velatorio y su funeral; los ojos llenos de lágrimas de sus compañeras de clase, los rostros quebrados de sus padres, la rigidez de sus cuerpos evidenciando sus dificultades para asumir lo sucedido. Sólo al final de la secuencia inserta la directora un primer plano de una fotografía del rostro de Fuki. La respuesta al interrogante es clara.

    La enfermedad sólo le interesa a Hayakawa cuando la pone en relación con la mirada de su joven protagonista: únicamente hay una secuencia en el hospital en la que no está Fuki presente. El padre desaparece hacia el final de la cinta y ni siquiera hay una imagen de su cuerpo, de su cadáver. La madre recoge su ropa de la habitación vacía mientras la hija, de nuevo, de espaldas a cámara, mira por la ventana, ya convertida en una tabula rasa que la invita a desplegar sobre ella su imaginación, a fabular sobre las posibilidades de convertirse en telépata, o de hacer un nuevo amigo con quien jugar en sus abundantes momentos de soledad. Cuando la niña le confiesa a su profesora de inglés que ha estado en el funeral de su padre, las reacciones no son las esperadas: es la maestra la que rompe a llorar —su padre también murió cuando era pequeña— y, a través de su reacción, Fuki parece —sus gestos hieráticos atenúan la seguridad de una afirmación rotunda— empezar a comprender la magnitud de lo sucedido, a hacerse a la idea de la presencia de un vacío que poco a poco irá tomando cuerpo en su día a día.

    Más interesante que la reflexión sobre la oquedad que la muerte genera en la rutina de las personas cercanas al difunto resulta la concisión y sutileza con que la cineasta retrata los esfuerzos que los adultos hacen por alejar a Fuki de cualquier signo que delate la hostilidad del mundo o el dolor inherente que acompaña a la vida. Su profesor le comunica a su madre la preocupación que le genera el uso que la pequeña hace de determinadas palabras —huérfano— que, según él, no deberían utilizar los niños de su edad; la madre de su mejor amiga le pide que no la lleve a ver películas sobre la II Guerra Mundial sin avisarla a ella previamente, etc. Con la excusa de protegerla, los adultos obvian sus dudas, eluden responder sus preguntas sobre la finitud de la vida y le confieren a la muerte un halo sagrado, una mística oscurantista que no le generan sino más dudas.

    Ese hiato que separa la percepción de la cotidianidad que tienen los adultos de la que tienen los niños —más concretamente, la protagonista— encuentra su perfecta traducción en los amplios planos generales en los que la directora rueda los interiores cuando la familia está en escena. Con Fuki completamente ajena al drama que está sucediendo en ese mismo instante delante suya, jugando de espaldas a la cámara o viendo la tele o mirando por la ventana o colocando su mirada sobre cualquier espacio u objeto que le ofrezca la promesa de una fuga de la realidad, y con su madre intentando desanudar la contracción emocional que el trágico y torrencial devenir de la vida le está provocando, las composiciones tienen en su interior el núcleo de una curiosa contradicción: el transparente uso de la luz que hace la directora y la sencillez con que el drama está expuesto contrasta con el barroquismo de una composiciones llenas de cuerpos y movimientos. Renoir se hace fuerte en ese tipo de escenas, cuando no aísla las emociones de su protagonista del contexto en el que se desarrollan y explora el modo en que se configura una concepción concreta de la muerte a partir de una serie de gestos, omisiones y frases en apariencia banales. Sus errores, que son bastantes —un empecinamiento en buscar la imagen esteticista con el gran angular; el subrayado dramático a partir de un innecesario uso de la música; la utilización de la cámara lenta en la búsqueda de un lirismo propio de un anuncio de colonia—, van lastrando poco a poco su fluir narrativo. Hay, sin embargo, una escena que pone en cuestión todos los cimientos de la obra, la humildad, sencillez y empatía que supuestamente definen la mirada de Hayakawa. Hacia el final de la cinta, un pederasta está a punto de violar a Fuki, pero el mal aliento de la pequeña le repele. Mientras el abusador le lava los dientes, la cineasta realiza un lento travelling hacia su rostro, enfatizando sus nervios y la excitación que siente, y dejando fuera del encuadre a la niña. Lo abyecto de la secuencia, que no aporta nada a nivel narrativo y se lleva el relato hacia un territorio muy diferente del que estaba transitando, pone de manifiesto, además del absoluto desprecio que la directora siente por su protagonista y de su intención de provocar a toda costa, que la construcción dramática y discursiva que previamente había levantado no era más que una añagaza con la que pretendía que los espectadores trazasen un fuerte vínculo emocional con Fuki para que, así, cuando llegase el momento del shock, el impacto fuese enorme. La escena en sí misma resulta problemática por cuanto tiene de innecesaria, sensacionalista y gratuita, pero el desplazamiento del punto de vista —del rostro de la víctima a la del victimario— que lleva a cabo la directora la convierte en una demostración de miopía fílmica y, por ello, ética. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    abril 17, 2026

    Crítica | Renoir

    por Rubén Téllez Brotons | abril 17, 2026
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Plan 75
    Chie Hayakawa
    Cuentos de la vejez


    Alfonso Cañadas
    Madrid |

    ficha técnica:
    Japón. 2022. Título original: «プランななじゅうご». Dirección: Chie Hayakawa. Guion: Chie Hayakawa. Compañía productora: Happinet Phantom Studios, Loaded Films, Urban Factory. Dirección de fotografía: Hideho Urata. Intérpretes: Chieko Baisho, Hayato Isomura, Stefanie Arianne, Yumi Kawai, Taka Takao, Hisako Ôkata, Kazuyoshi Kushida, Yûsaku Mori, Yôko Yano, Mari Nakayama, Motomi Makiguchi, Koshirô Asami, Hiroaki Kawatsure. Duración: 105 minutos.

    Siempre resulta una grata noticia encontrar una producción nipona dirigida por una mujer. Pese a que el país del sol naciente cuenta dentro de su historia cinematográfica con directoras de la relevancia y calidad de Kinuyo Tanaka, cuyas películas han sido restauradas y reeditadas recientemente, la industria japonesa ha sido (y sigue siendo) extremadamente masculina. Quizás una de las figuras que ha roto con dicho estereotipo en los últimos años es la cineasta Naomi Kawase, quién se ha convertido en todo un icono dentro del país (ocupándose, por ejemplo, de dirigir la película oficial de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020) y fuera de él presentando sus películas en festivales internacionales de la talla de Cannes o San Sebastián. Siguiendo esta senda de mujeres directoras japonesas estrena su primer largometraje Chie Hayakawa, Plan 75, una crítica social futurista protagonizada, además, por otra mujer. Pero no cualquier mujer, y es que el reparto de la película está encabezado ni más ni menos que por la veterana Chieko Baisho, actriz muy habitual dentro de la filmografía del mítico director Yôji Yamada, especialmente recordado por su larga saga cinematográfica Tora-san (con más de cuarenta y nueve películas cuya producción va desde el año 1969 hasta el 1997). De esta forma, lo primero que podemos destacar de Plan 75 es que funciona como punto de encuentro de dos generaciones cinematográficas femeninas diferentes.

    El argumento de la película gira en torno a un concepto claro: la vejez. En un futuro no muy lejano el envejecimiento de la población japonesa se acelera, por lo que el gobierno decide implementar el nombrado Plan 75, el cual financia los últimos días de aquellos ancianos que deciden poner fin a su vida a partir de los setenta y cinco años. Michi, la protagonista de esta historia, decide postularse como candidata para el Plan 75, lo que le hará cruzarse con Hiromu, un reclutador del gobierno, y María, una auxiliar de enfermería filipina con quién estrechará fuertes lazos en poco tiempo. La vejez es una de las inquietudes centrales del cine japonés históricamente, especialmente durante su etapa clásica. Podemos recordar de esta forma la filmografía de directores como Hiroshi Shimizu, Mikio Naruse y por supuesto Yasujirō Ozu, cuyos personajes ancianos cobran mayor protagonismo dentro de sus tramas que en la mayoría de producciones occidentales de su tiempo. De hecho dos de las películas centrales de la historia del cine nipón, dirigidas por el propio Ozu, se centran en el tema de la vejez: Primavera tardía (1949) y Cuentos de Tokio (1953); siendo esta última una versión japonesa del clásico hollywoodiense Dejad paso al mañana (1937), dirigido por Leo McCarey.

    En cualquier caso la película de Chie Hayakawa continúa la tradición temática de estos maestros pero se aleja mucho de sus formas estético-narrativas. Plan 75 es una obra pausada y reposada, que centra su mirada en la cotidianidad pese a tener una línea argumental evolutiva y clara. Sin embargo, esta cotidianidad no se presenta a través de icónicos planos fijos que nos ubican continuamente en el presente (como ocurriría en las obras de Yasujirō Ozu), sino a través de largas secuencias en movimiento que nos permiten observar a los personajes desplazándose por los espacios que les rodean. Así las escenas se dividen claramente entre aquellas que sirven como un «empujón» para la trama y aquellas cuyo único cometido es observar la rutinaria vida de la anciana Michi. Esta doble dinámica, sumada a otro factor clave: la carencia imaginativa de la obra a nivel visual, resulta agotadora. Nos encontramos ante un futuro gris y poco prometedor, que se representa con una dirección de fotografía, y en general una puesta en escena, tan triste como rutinaria. Nada destaca en este repetitivo retrato de la vida de una anciana cuyo deseo es poner fin a su vida en condiciones dignas. A nivel de dirección, desgraciadamente, nos encontramos un escenario similar: tan poco imaginativo como estimulante, los discretos travellings construyen la mayoría de las escenas. Esto provoca que los lazos sentimentales que se van forjando entre los protagonistas conforme avanza la trama resulten anodinos, forzados y poco creíbles. Además, se percibe un continuo intento por parte de la directora de generar un tono de solemnidad que, paradójicamente, resta fuerza a la historia. Precisamente lo que destaca de las obras de cineastas como el citado Ozu es su capacidad para tratar temas trascendentales como los lazos sociales, la vejez y la muerte, desde la sencillez y la naturalidad. Sin embargo Plan 75 parece señalarnos de manera continua la importancia de aquello que está representando. Nos encontramos por tanto ante una película que parte de nobles intenciones pero que acaba resultando fallida en la combinación de sus elementos.


    por Alfonso Cañadas
    mayo 02, 2023

    Crítica | Plan 75

    por Alfonso Cañadas | mayo 02, 2023

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