El lado derecho del cine
crítica ★★★★ de Análisis de sangre azul (Blanca Torres, Gabriel Velázquez, España 2016).
El apacible devenir de la vida en el valle pirenaico de Valdelomar (cuya raíz parece más cinematográfica que territorial, haciendo referencia al innovador cineasta José Val del Omar) se verá catalizado a partir del año 1933 con la aparición de un intruso amnésico que será internado en el sanatorio mental dirigido por el doctor en psiquiatría Pedro Martínez. Denominado desde un primer momento como El inglés, el extraño destacará rápidamente por sus condiciones físicas, morales e intelectuales, siendo su síntoma más llamativo una puntual pérdida de consciencia y sensibilidad sobre el lado derecho de las cosas; hecho que le impide vestirse con propiedad o dibujar relojes completos. Si realizáramos el ejercicio hipotético de circunscribir teóricamente esta premisa a la cinematografía española actual, no sería extraño que sobre ella se construyera un thriller; género rey en el último lustro y que en el año 2016 ha alcanzado su cénit, ofreciendo filmes tan interesantes como
Tarde para la ira,
Que Dios nos perdone,
La propera pell o
El hombre de las mil caras. Sin embargo, la obra realizada por Gabriel Velázquez y la debutante Blanca Torres (su otrora guionista habitual) sólo comparte con ellas, más allá de la fascinación por descubrir el misterio, los rasgos que únicamente importan: la calidad y el interés. Entrando en materia, quizá el examen más relevante de cuantos le realiza el psiquiatra a El inglés sea el Test de Rorschach, que si bien en la actualidad puede resultar un cliché, dentro del contexto histórico de la película es pura vanguardia, pues su primera aparición dentro de la comunidad psicoanalista data de 1921. Esta prueba adquiere un carácter casi simbólico frente a su propia película. En el plano formal,
Análisis de sangre azul se construye siguiendo los códigos de un cine pretérito pero resulta vanguardista en su contexto (la cinematografía actual) y en el plano de la significación responde a un misterio, tan intrigante como las características manchas de tinta que, con precisión, ofrece múltiples lecturas.
Gabriel Velázquez y Blanca Torres llevan la coherencia de la forma frente al contexto histórico hasta el extremo y partiendo de la premisa del metraje encontrado, estructuran el filme como una suerte de diario clínico amateur, mudo y en blanco y negro, elaborado por el doctor Pedro Martínez mediante una cámara súper 8. Lejos de la vacuidad propia del capricho, el formato escogido convierte el enigma inicial de El inglés en un registro vital de la época, estableciéndose una relación inevitable con
Nanuk, el esquimal de Robert J. Flaherty o
Las Hurdes, tierra sin pan de Luis Buñuel. A este carácter documental se le añade una fluidez narrativa propia del cine mudo de los años veinte, del que también bebe eficazmente sus códigos humorísticos. Sin embargo,
Análisis de sangre azul da un paso más en relación a su correspondencia histórica y reproduce su verdadera fuente de inspiración: los registros visuales que doctores vanguardistas empezaron a emplear como ayuda para sus investigaciones o por puro disfrute, mezclándose metraje de creación propia con grabaciones que uno de estos médicos realizó de la naturaleza que le rodeaba. Por tanto, durante el registro diario del psiquiatra cobra especial importancia la condición de verdad subyacente a sus elementos y mecanismos. Así, el proceso creativo del metraje propio reproduce la realización de una obra adscrita a ese contexto, rodándose en tomas únicas y sencillas con la citada cámara súper 8 (notable fotografía de Sebastián Vanneuville) y siendo revelada químicamente en laboratorio. Además, como si de un ejercicio propio del neorrealismo italiano se tratara, la cinta rescata la precisión del lenguaje de la época, el vestuario y hasta de los propios cuerpos que la habitan, puesto que la mayoría de los personajes son encarnados por personas que responden a esa misma condición; los enfermos mentales no son actores. Esta esencia naturalista se ve reforzada con el empleo de música extradiegética compuesta por pocos instrumentos, apenas una flauta dulce o un tamborileo. La obra es, por tanto, un ejercicio de estilo de tal profundidad en su investigación y realización que prácticamente otorga a sus creadores la condición de arqueólogos.