Au revoir, auteur
Crónica número VIII de la 65ª edición del Festival de San Sebastián.
La decadencia del cine europeo y sudamericano en el último lustro es evidente. Una involución que ha contado con escenarios de excepción: los festivales de cine. A la par que el resto de protagonistas de esta función, la prensa y el público, la ficción del viejo continente e hispanoamericana han entrado en un bucle identitario; incapaces de sobrepasar al retrato como modus operandi para capturar un pedazo de pasado o presente social. Pesan en exceso las ideologías, también la escasa empatía con el espectador. Una tara representada por los autores más veteranos. Los últimos filmes de Michael Haneke o Andrei Zvyagintsev, por citar alguno de los más ilustres que componen Perlas, la sección destinada al público del Zinemaldia, continúan estancados en los rodeos que compusieron su filmografía reciente. Estilemas, solo estilemas, de una narrativa articulada sobre el dolor de una sociedad media que se desangra lentamente, víctima de la codicia y la ignorancia. Hijos del capitalismo que ya no son dueños de su futuro. El cineasta europeo se ha parapetado, valga la paradoja, en esa posición de comodidad que alguna vez disfrutaron sus protagonistas. Y el destino parece ya una cuestión de inspiración efímera. Las nuevas generaciones no parecen que porten la luz necesaria. Cinco años de Nuevos Directores han otorgado muy pocos cimientos que soporten la cinematografía europea venidera. La eterna búsqueda del impacto partiendo de la copia ha dejado numerosos nombres que encontraron el olvido antes de tiempo. Y así, de este modo, la Europa cinematográfica se muere. La latinoamericana, en cambio, le cuesta sobrepasar la pubertad. Más allá de realizadores como Pablo Larraín, Lucrecia Martel o Sebastián Lelio, o lo más veteranos Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Alejandro G. Iñárritu, creadores con un imaginario propio que no entiende de fronteras o nacionalidades, el cine facturado en la América hispana ha pasado de tendencia a invitada incómoda. La reiteración en sus temáticas y su escasa capacidad de abordar la imagen como recurso capital de una narrativa sólida la está alejando de la primera línea, y condenando al ostracismo de secciones paralelas de eventos como este Festival de San Sebastián cuyo grueso programático se nutre de las mentadas dos fuentes. Una coyuntura que justifica una 65ª edición tan escuálida, donde productos simplemente decentes han brillado con fuerza entre tanta mediocridad. Cannes y Venecia ya lo anunciaron: nos encontramos ante un curso demoledor que se lo va a jugar todo en la repesca con estatuillas doradas de por medio.