Guía del autofestivalista galáctico
Crónica de la segunda jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.
Entre la bruma de ajados oropeles y la última información acerca del director de moda esta temporada, la 64 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián arranca en su segundo día con el brío habitual dividido entre el deseo de ver buenas películas y el temor de que estas esperanzas naufraguen en la playa del cercano mar. Nueve días de sueños de celuloide que a quienes seguimos incansables el ritmo de las proyecciones sabemos que nos dejará agotados pero nunca exhaustos. Y eso que algunas de las cintas exhibidas hacen zozobrar con fuerza nuestra nave. Sin embargo, el poderoso pecio de una buena película nos dará renovadas fuerzas. En el cotidiano devenir de un crítico, pongamos como ejemplo el de uno particularmente atolondrado, se suceden esos errores de novato en el Festival que desvelan que aún no se ha percatado bien de su funcionamiento, o que en realidad no se ha enterado de nada, pero seamos benévolos por el momento. Hablamos de un espécimen tan depurado en su torpeza que no deja de parecerlo ni por un instante. Contra todo pronóstico, no es la primera vez que asiste al Festival, lo cual sume a sus compañeros de aventuras peliculeras en un estupor que con las horas se va tornando burlona pero amable resignación. ¡Qué remedio! Pasarán los años y la gente se le seguirá colando en la fila a la entrada del cine o en la taquilla del Kursaal a la hora de hacerse con las entradas (y eso que se asignan los turnos por medio de ticket), los camareros lo dejarán varado junto a la barra del bar esperando un anhelado y siempre lejano café, se equivocará de cola de espera y se quedará fuera de más de una sesión por ello, se confundirá de sala y comprobará aterrado que en lugar de esa esperada película en blanco y negro de la retrospectiva clásica (sin duda se trata del tipo más rancio y menos cool del Festival) la pantalla destellará con un cegador color, entregará a destiempo sus demasiado extensas críticas, comerá de pie un bocadillo en esta ciudad donde su cocina es uno de sus grandes atractivos, se perderá de continuo entre lo que él considera un dédalo de calles y le pillará la lluvia en feroz tormenta durante el largo camino de vuelta a casa dejándolo calado hasta los huesos, como si una de las cercanas olas se hubiera abalanzado sobre él sin piedad. Por no servir en realidad no nos sirve ni como ejemplo medio del típico crítico de festivales, bien avezado en saber moverse entre la masa y el aparente caos multitudinario. Pareciera vivir así en una comedia de Jacques Tati, a destiempo de lo que le rodea. Ahí está, casi un intruso entre los humanos solo feliz en el momento en el que al fin se sienta arropado por la oscuridad cálida, casi materna, de la sala de cine. Solitario como un autostopista que nadie recogiera en su camino. Galáctico porque se mueve por muchas galaxias, pero ninguna de ellas la nuestra. Lo conozco bien. ¡Sí, qué remedio! (José Luis Forte).