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    Alice Winocour
    Alice Winocour
    || Críticas | San Sebastián 2026 | ★☆☆☆☆
    Couture
    Alice Winocour
    Elogio del yo


    Rubén Téllez Brotons
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Francia-Estados Unidos, 2025. Dirección: Alice Winocour. Guion: Alice Winocour. Música: Anna von Hausswolff, Filip Leyman. Fotografía: Andre Chemetoff. Compañías: CG Cinéma, Closer Media, Canal+, Ciné+, France 3 Cinéma, OCS. Presentación oficial: Festival de San Sebastián. Distribuidora: Avalon. Reparto: Angelina Jolie, Louis Garrel, Vincent Lindon, Ella Rumpf. Duración: 106 min.

    La imagen es un reflejo de su propio narcisismo. Esa es la idea central de Couture, aunque también se podría decir que son las imágenes de la propia película las que devuelven el reflejo de su narcisismo. La claridad con la que Alice Winocour enuncia el principal problema de la cinta puede generar dudas: ¿es la directora consciente del carácter onanista y autosatisfecho de su obra y, por ello, decide detener su ritmo intempestivo durante un instante para demostrar que puede hacer un ejercicio de conciencia fílmica o, por el contrario, la formulación de dicho carácter onanista es una consecuencia colateral e inconsciente de la delectación con la que las imágenes y los personajes que las habitan se miran a sí mismas? Encontrar una respuesta a dicha pregunta implica, pese a todo, realizar un ejercicio exegético imposible, puesto que no hay nada en Couture que pueda desvelar si la cinta está hablando de sus propias imágenes cuando afirma que estas son, en la actualidad, un reflejo de su propio narcisismo o si, por el contrario, cada plano que la compone es la más viva expresión de una subjetividad exaltada. De todos modos, lo que importa de la película es su incapacidad para hablar de algo que no sea de ella misma.

    Winocour ha construido una trituradora fílmica capaz de convertir cualquier idea, tema, argumento o emoción en combustible, en un pretexto a partir del cual aumentar el metraje de la película para poder prolongar la contemplación de su propio reflejo. La historia de una directora de cine de terror que viaja a París desde Los Ángeles para rodar una videoinstalación no es sino una excusa para poder filmar incontables primeros planos de una Angelina Jolie en constante estado de angustia: por momentos, parece que el único propósito dramático que tiene la cinta es el de preparar las condiciones narrativas necesarias para que su actriz protagonista pueda desplegar de forma desbocada sus registros interpretativos. Couture adopta un tono melodramático no porque crea que es el mejor medio para contar algo, sino porque quiere inscribirse dentro de una tradición cinematográfica que considera prestigiosa. Con las obras de Sirk, Minelli, Fassbinder y el Almodóvar más pomposo en mente, Winocour abraza la visión del arte que proponía Susan Sontag e intenta expresar de forma estéticamente innovadora un estado de la conciencia. El principal problema que presenta dicha visión del arte es que naturaliza los condicionantes externos, sociales que moldean dicho estado de conciencia y dificultan la comprensión del mecanismo que lo hace funcionar. Si, como sucede en Couture, el punto de vista de la película es en todo momento el mismo que el del protagonista, sin matices, rupturas, distanciamientos o visiones alternativas, su discurso puede verse fuertemente condicionado, cuando no subordinado, a la forma que este tiene de ver el mundo.

    En Couture hay más de una protagonista —aunque el personaje de Jolie es el que más minutos tiene en pantalla—, pero todas expresan un mismo estado ansioso que sirve como excusa para las actrices puedan ofrecer lo que Winocour considera que es una gran interpretación: esto es, una completamente arrebatada, intensa, que sube los decibelios emocionales al máximo para que los actores puedan estar al borde de las lágrimas durante casi todo el metraje. Es por eso por lo que, a medida que la cinta avanza, lo único que es capaz de expresar es su propio gusto por el melodrama y por la exhibición de sus posibilidades cinematográficas, además de su obsesión por los espacios opulentos, los monumentos turísticos y la ropa de diseño. La película hace gala de una estética del lujo que la obliga no sólo a erradicar de la narración cualquier gesto —formal, narrativo, discursivo— de humildad y sencillez, sino también a demostrar que cuenta con un gran presupuesto que le permite filmar en escenarios casi inaccesibles —los campos Elíseos, áticos cercanos a la Torre Eiffel— y contratar a grandes actores —Vincent Lindon, Louis Garrel, Gregoire Colin— para interpretar personajes casi intrascendentes. Si la vaga premisa de la que partía Couture era la de mostrar “el lado oscuro del mundo de la moda”, lo que ha conseguido es hacer justo lo contrario: no es que ofrezca una visión acrítica del derroche del que hacen gala sus protagonistas, sino que lo presenta como una consecuencia lógica dentro de una industria cuya estética y metodología parece querer replicar. La adopción de los códigos del mundillo de la alta costura está en consonancia con el elogio del yo que lleva a cabo Winocour: de la misma forma que los modelos se convierten en perchas intercambiables al servicio del lucimiento de una prenda y su imagen adopta la forma de un estallido publicitario dirigido a violentar la conciencia del público, la directora transforma cualquier asunto social —guerras, colonialismo, cáncer— en un maniquí sobre el que sus intérpretes puedan desplegar unos afectados registros actorales destinados a manipular las emociones de los espectadores. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    abril 30, 2026

    Crítica | Couture (Alta costura)

    por Rubén Téllez Brotons | abril 30, 2026

    No te vayas mamá

    Crítica ★★★☆☆ de «Proxima», de Alice Winocour.

    Francia y Alemania, 2019. Título original: «Proxima». Dirección: Alice Winocour. Guion: Alice Winocour, Jean-Stéphane Bron. Producción: Isabelle Madelaine (Dharamsala), Emilie Tisné (Darius Films), Nina Frese (Pandora Film). Música: Ryuichi Sakamoto. Fotografía: George Lechaptois. Montaje: Julien Lacheray. Dirección artística: Anja Fromm. Reparto: Eva Green, Matt Dillon, Zélie Boulant-Lemesle, Sandra Hüller. Duración: 107 minutos.

    «Entonces, ¿cuándo viene la parte en que flotas?», pregunta una voz infantil a su madre. Sobre fondo negro, ella le habla sobre el despegue de esa nave que la llevará al espacio al cabo de unos meses. Su relato, entre la ilusión y el torpe atropello, acaba con una cuenta atrás que suena a niño ante sus regalos de Navidad: seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. Justo después, vemos a Sarah (Eva Green, la madre) procediendo metódica pero apresuradamente a apagar un incendio en unas instalaciones, seguida por una cámara, que la persigue enganchada a su cuerpo. Entre el sueño y el peligro, la claustrofobia, ha habido solo un corte. Una decisión de montaje que establece desde el primer minuto la intención polarizadora de la cinta: todo lo que puede haber entre intimidad familiar y responsabilidad corporativa es un corte. Alice Winocour, que ya había trabajado sobre esta tensión entre cargo y afecto en Disorder: El protector (2015) vuelve para indagar en la imposibilidad (o no) de compaginar la maternidad con los logros profesionales, en una cinta que se mueve constantemente entre la reflexión y el manifiesto.

    Para ello, parte del personaje de Sarah, una astronauta francesa que se entrena en la Agencia Espacial Europea en Colonia. Siendo la única mujer del programa, no solo se siente presionada y subestimada por sus compañeros –entre ellos, Mike Shanon (Matt Dillon), altivo, condescendiente–, sino también por su propia conciencia: va a estar un año separada de su hija Stella, a quien dejará a cargo de su exmarido cuando parta en unos meses a bordo de una expedición a Marte. A pesar de que ese viaje ha sido el sueño de Sarah durante toda su vida, las dificultades de compaginar su tiempo en familia con su carrera la dividen: o es madre, o es astronauta. Pero, ¿qué supone la cinta que es «ser madre»? Para empezar, madre es una, pues en ningún instante vemos que Eva se apoye en nadie para ayudarla cuidar a su hija –cuando la deja con Wendy (Sandra Hüller), una especie de gestora/secretaria/«alguien» de la Agencia, lo hace a regañadientes. Nadie está calificado para «el puesto» de cuidador máximo, ni siquiera su exmarido (Lars Eidinger), que pasa a encargarse de la custodia completa… «aunque no sea lo mismo», como dice la propia niña.

    Además ser madre, para la cinta de Winocour, es algo bastante inquietante. Entre Sarah y Stella hay tal dependencia que, cuando Sarah habla con su hija y esta le da a entender que no ha hecho amigos en su primer día en una escuela nueva, la mujer se derrumba física y mentalmente, volviéndose incapaz de mantener el ritmo que hasta el momento había llevado. Bastante creepy es que solo pueda estar bien consigo misma cuando la pequeña empieza a acomodarse a su nuevo entorno (que la pequeña le diga que va bien en mates parece más un permiso para su autorrealización que un motivo de alegría genuino) y que, para cumplir su sueño, haya que disponer del perdón de una niña que en ocasiones actúa más como adulta. Por eso, cuando Mike –ese macho 100% americano que ha dejado a sus hijos al cuidado total de su esposa– le pide a Sarah que «corte el cordón», de alguna forma, lo más sensato es ponerse de su parte. La película, consciente de ello, construye el personaje de Sarah a partir de situaciones en las que la mujer se entrega completamente a «algo», pues en ese darse constantemente a los demás reside el gran conflicto sin resolver de tanto la maternidad como la realización profesional.

    Es en este punto donde la película se mete en territorios pantanosos: los del sacrificio profesional. Porque a mi parecer no puedo escribir en propiedad desde un punto de vista materno, pero mi generación –entre los millenial y los Z– sí ha crecido guiada por ideales laborales como los que representa la protagonista de la cinta de Winocour: «darlo todo por tu sueño», «convertir tu pasión en trabajo». Todas ellas, ideas arraigadas en nuestro inconsciente colectivo, que nos incitan a entregarnos a la gran maquinaria del capitalismo. Así es que Sarah, en su entrenamiento, sufre y sufre, y no solo por ser mujer o nueva en el programa (que también), ya que Mike, ahora confiado y arrogante, confiesa en privado que también sufrió lo suyo preparándose. Pero –eso sí– la meta lo valió. Winocour, aquí, no deja margen de duda: el trabajo, que en ocasiones se acerca más a una tortura física, bien vale el ver tu rostro en un imán, el convertirte en una estrella, figurada y literalmente (el plano del cohete despegando lo deja bastante claro). Merece la pena, sencillamente porque sí. Por eso, el final de la película, lejos de ser esperanzador, lanza una idea inquietante al aire: en una escena muy bucólica, muy manida, la joven Stella ve a unos caballos correr por el campo y –lo sabemos– vive una epifanía vocacional. He aquí el pez que se muerde la cola: en una cinta que, por lo demás, tiene un guion que admite los grises, la moraleja final es que, en lugar de cuestionar los mecanismos del sistema, para curar el luto por la pérdida de su madre, la pequeña deberá encontrar (y entregarse) ella también a su sueño. «Sueño»: una palabra que a estas alturas ya tiene un sabor amargo.

    Ya a nivel visual, la película parece interesarse mucho más por venideros más alejados de la exploitation laboral y emocional de su protagonista. De hecho, argüiría que la clave de la propuesta de Winocour reside justamente en su carácter netamente epidérmico, experiencial, movido por un interés constante por arraigar la trama a una cotidianidad que como espectadores podamos asir, comprender. Para lograrlo, yendo más allá de algunos fragmentos sacados del puro lugar común (que los hay, y no son pocos), la directora recurre a la imagen en bruto, incorporando material grabado en dispositivos móviles y una pequeña cámara digital para handicamizar (¿por qué no implantamos ya esta expresión en la crítica contemporánea?) la experiencia de Sarah, quien se siente intrusa en un mundo absolutamente alienante. Para reflejar este despegue (literal) de la realidad terrestre, tangible y a escala humana, la cinta de Winocour recurre a la imagen digital –como, por otro lado, tantas otras han hecho antes– para descubrir en su textura de handycam un asidero familiar para una experiencia a la que Sarah es cada vez más ajena: desde los cambios de apartamento (cada vez más grandes y vacíos) hasta la entrada a la monstruosa nave espacial, pasando por momentos que aunque ahora resulten cercanos, en doce meses le serán totalmente extraños (el tacto de la hierba debajo de unos pies descalzos). La imagen bruta contra el blanco esterilizado de la Agencia Espacial, lo cotidiano contra lo trascendental, y una niña que espera impaciente que su madre le cuente cuándo viene «la parte en la que flotas», al fin y al cabo, un ruego ante la partida inevitable de una madre ya casi extraterrestre | ★★★☆☆


    Mariona Borrull |
    © Revista EAM / Festival de San Sebastián


    por Mariona Borrull Zapata
    septiembre 25, 2019

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    por Mariona Borrull Zapata | septiembre 25, 2019

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