Una memoria de sombras y de piedra
Cineclub powered by BenQ: Hiroshima, mon amour (1959) de Alain Resnais.
Francia, 1959. 90 minutos. Título original: Hiroshima, mon amour. Director: Alain Resnais. Guion: Marguerite Duras. Fotografía: Takahashi Michio y Sacha Vierny. Música: Georges Delerue y Giovanni Fusco. Productores: Anatole Dauman y Samy Halfon. Diseño de producción: Esaka, Mayo y Petri. Edición: Henri Colpi, Anne Sarraute y Jasmine Chasney. Intérpretes: Emmanuelle Riva, Eiji Okada, Bernard Fresson, Stella Dassas, Pierre Barbaud.
Empezar un texto con una confesión tiene algo de
captatio benevolentiae… sobre todo si dicha confesión resulta vergonzosa para quien la formula. Y es que me veo obligada a admitir que, salvo excepciones puntuales, la filmografía de los grandes factótums de la Nouvelle Vague no me ha despertado más que el interés del llamémosle arqueólogo que recorre los grandes hitos de la historia –en este caso, de la del séptimo arte– para nutrir sus conocimientos del medio y ampliar su perspectiva y su mente. ¿Pero provocarme una adhesión emocional, más allá de mi adicción incurable por acumular cultura? Pues lo lamento, pero no. Casi ni haría falta añadir la perogrullada de que los méritos de Jean-Luc Godard, François Truffaut o Claude Chabrol son evidentes y de sobras conocidos, y que mi desafecto sentimental (que no intelectual) hacia ellos responde a una mera cuestión de afinidad íntima, personal, que ninguna transcendencia debería tener para el lector... salvo informarle de que los autores adscritos a otra revolución cinematográfica que coincidió en el tiempo y en el espacio con la citada Nouvelle Vague, hasta el punto de que algunos teóricos la consideran parte minoritaria –y más radical política y estéticamente hablando– de la misma, la denominada Rive Gauche, se encuentra integrada por realizadores cuya trayectoria, en cambio, me resulta absolutamente apasionante. Tal vez ello se deba a que mi primer amor fue la literatura y, mi segundo, su «primo bastardo», el cine, para saltar a partir de ambas formas de expresión al resto de artes en general. Porque, si hay algo que permite aglutinar y distinguir las obras –por otro lado, tan diferentes– de Alain Resnais, Chris Marker, Agnès Varda, Pierre Kast o Herni Colpi es su clara apuesta por un discurso «mestizo», donde lo fílmico se enriquece de manera explícita de lo literario y lo fotográfico, así como de las artes plásticas (pintura, escultura…); y, sí, también de lo político.
No en balde, escritores del Noveau Roman (nueva novela) como Alain Robbe-Grillet o Marguerite Duras tomaron parte activa en algunas de las producciones adscritas a este movimiento, hasta el extremo de que incluso hicieron alguna incursión en el ámbito de la dirección fílmica. Y si observamos la trayectoria del director que ahora nos ocupa, veremos que muchas de sus creaciones parten de textos a cargo de escritores: Marguerite Duras en
Hiroshima, mon amour (1959), Alain Robbe-Grillet en
El año pasado en Marienbad (1961), Jean Cayrol en
Muriel (1963) o Jorge Semprún en
La guerra ha terminado (1966) y
Stavisky (1974). Por otro lado, y puestos a buscar divergencias, mientras que los jóvenes realizadores de la «nueva ola» no le daban demasiada importancia al guion y gozaban de más éxito económicamente hablando, al llevar a cabo filmes audaces, frenéticos e irremediablemente
cool, los más veteranos de la «margen izquierda» optaban por un cine grave y sesudo, con un sólido cimiento narrativo. Pese a ello, irónicamente el trasfondo de sus creaciones era mucho más alentador que el de los primeros –marcados por un resignado desconsuelo–, merced a su ideología humanista y de izquierdas. En todo caso, nunca fueron corrientes enfrentadas, como lo demuestra el hecho de que, desde las publicaciones
Cahiers du Cinéma y
Positif (vinculadas, grosso modo, a una y otra tendencia respectivamente) se elogiaran y defendieran indistintamente las propuestas de unos y otros. O que Kast, uno de los fundadores de los
Cahiers, colaboró asiduamente con
Positif. Por ello, vistas ambas con el paso del tiempo, no es un dislate considerarlas manifestaciones diferentes de un mismo afán de libertad, esa «mera tentativa de recuperar cierta independencia perdida» de la que hablaba Truffaut al referirse a la manifestación estética dentro de la cual los críticos lo habían englobado.