Abrazar a un fantasma
Crítica ★★★★☆ de «Fukuoka», dirigida por Zhang Lu.
Corea del Sur, 2019. Título original: 福岡市 | Fukuoka. Dirección: Zhang Lu. Guion: Zhang Lu. Productoras: Lu Film, Bright East Film, Heaven Pictures. Fotografía: Park Jung-hun. Montaje: Lee Hak-min. Diseño de producción: Kim Cho-hea. Producción: Zhang Lu, Wu Yanyan, Yang Jin. Reparto: Kwon Hae-hyo, Yoon Je-moon, Park So-dam, Yukari Yamamoto, Rui Zhao. Duración: 86 minutos.
Aunque tome su título de la ciudad japonesa en la que transcurre,
Fukuoka bien podría tener nombre de mujer: Soon-yi. Este es el nombre que toma un fantasma del pasado, una presencia latente que las imágenes del filme nunca muestran pero que no deja de invocarse. Un amor de juventud que hizo que los dos protagonistas masculinos coreanos, Hae-hyo (Kwon Hae-hyo) y Je-moon (Yoon Je-moon), otrora mejores amigos y ya rebasando el medio siglo de vida, hayan pasado casi treinta años sin hablarse. El primero emigró a Fukuoka y regenta un bar y el segundo ha permanecido en Seúl como dueño de una librería de segunda mano; ambos igualados por la lobreguez de sus rutinas y su confinamiento, físico y figurado, en los resquicios de la añorada Soon-yi. Físico porque ambos espacios expresan su deseo de capturar la huella de la mujer, que desapareció sin explicaciones cuando no fue capaz de decidirse por ninguno de los dos hombres: Fukuoka es la ciudad de origen de Soon-yi, y la librería su lugar favorito de sus años universitarios. Así pues, los dos espacios definitorios del filme son sendas prolongaciones de sus protagonistas a la vez que del fantasma invocado. Un tercer personaje, una veinteañera llamada So-dam (Park So-dam) entra en escena para catalizar la trama. Asidua (y casi única cliente) de la librería de Je-moon, le arrastra sin razón aparente a un viaje a Fukuoka donde acaban en el bar de Hae-hyo, de modo que fuerza el reencuentro entre los dos viejos amigos.
El relato que activa So-dam despierta inevitablemente los ecos del Hong Sang-soo de principios de siglo —léase
La mujer es el futuro del hombre (2004) o
Mujer en la playa (2006)—. Esto es, la pareja de amigos enfrentados por una mujer y la aparición de una segunda en la que resuenan los ecos de la primera. Además, por supuesto, de todo el asunto de los viajes y los personajes con perennes mochilas al hombro, el tipo de encuentros que posibilita este estado de tránsito y las escenas que sientan a los personajes a hablar entre abundantes tragos de
soju o cerveza. Con la perspectiva, eso sí, de una edad madura y una distancia temporal respecto a la amada mucho mayor. En este sentido, la aparición de Kwon Hae-hyo, uno de los actores de cabecera de las últimas obras de Hong, también tiende puentes. Se trata de un personaje otoñal que comparte muchas características con los que ha interpretado para el maestro surcoreano. Ahora bien, el director Zhang Lu encuentra sus particularidades expresivas en un tono de extrañeza, casi colindante con el fantástico, que marca a lo largo de toda la película. El resultado viene a ser algo parecido a lo que saldría si Hong adaptara al escritor Haruki Murakami.
Lu inserta desde la primera escena estas marcas de extrañeza. En el plano de apertura, la cámara se sitúa en la librería de Je-moon, escondida tras una enorme pila de libros. Un resquicio entre ellos sirve de mirilla para espiar al hombre, que da una cabezada. Arranca así un largo plano en el que la cámara, siempre en mano e inquieta, juega a espiar a Jee-moon y So-dam, que entra en escena. Mientras sendos personajes se mueven entre las estanterías repletas de libros viejos, el encuadre parece huir de ellos, toma atajos para sorprenderlos desde perspectivas ocultas, se adelanta a sus pasos. Más aun, al poco rato escuchamos una voz masculina que critica a Jee-moon. Este también puede oírla, pero es incapaz de identificar de dónde viene, puesto que en la librería solo se encuentra So-dam. Podríamos pensar que se trata de una especie de aparición fantasmal de Hae-hyo, con quien está por encontrarse en Fukuoka. O bien, atendiendo a la fuente sonora de la voz, podemos entender que el propio director, desde detrás del plano, se está dirigiendo a su protagonista. Es decir, que en la relación de la cámara con sus propias imágenes ya se diluyen las fronteras entre dos mundos, entre un creador demiurgo que juega a explicitar este papel y un mundo ficcional cuyas normas se resquebrajan, ante el pasmo de los personajes. Los protagonistas no dejarán de repetir lo extraño que les resulta todo lo que les ocurre, de plantearse si no están soñando.