|| Críticas | ★★★☆☆
Sanguine
Marion Le Corroller
Riesgos laborales
Mario Peña
ficha técnica:
Francia / Bélgica, 2026. Título original: «Sanguine». Título internacional: «Species». Dirección: Marion Le Corroller. Guion: Marion Le Corroller y Thomas Pujol. Compañías productoras: Windy Production, Need Productions, Panache Productions. Presentación oficial: 79.º Festival de Cannes 2026. Fotografía: Guillaume Schiffman. Montaje: Jérôme Eltabet. Música: ROB. Reparto: Mara Taquin, Karin Viard, Kim Higelin, Sami Outalbali, Stefan Crepon, Sonia Faïdi. Duración: 103 minutos. Distribución en España: Adso Films.
Francia / Bélgica, 2026. Título original: «Sanguine». Título internacional: «Species». Dirección: Marion Le Corroller. Guion: Marion Le Corroller y Thomas Pujol. Compañías productoras: Windy Production, Need Productions, Panache Productions. Presentación oficial: 79.º Festival de Cannes 2026. Fotografía: Guillaume Schiffman. Montaje: Jérôme Eltabet. Música: ROB. Reparto: Mara Taquin, Karin Viard, Kim Higelin, Sami Outalbali, Stefan Crepon, Sonia Faïdi. Duración: 103 minutos. Distribución en España: Adso Films.
Uno de los mayores aciertos de la cinta es la concreción metafórica que Le Corroller imprime en la corporalidad de su protagonista, siendo su corporeidad en el más animal de los sentidos la dimensión sobre la que desarrollará su comprometido discurso sobre la explotación y vejación laboral hacia la juventud, siempre percibida como el blanco fácilmente oprimible dada su baja posición en la jerarquía de poder. La expresión figurada «sudar sangre» se materializa en Margot como manifestación física de su dislocación emocional y vital, que deja traslucir en ella las fracturas personales —y a mayor escala, las generacionales— que friccionan con la rigidez de un mundo insensible a sus problemáticas. La audacia del grotesco ejercicio de body horror que presenta Sanguine reside en la ética que subyace y justifica cada una de las decisiones que hace su directora respecto a las deformaciones y mutilaciones corporales, convirtiéndolas en cárnicos significantes que le aportan la capa de significación necesaria para no caer en la morbidez de las imágenes esperpénticas tan comunes en el horror y el gore. Con el paso del metraje, el espectador comienza a advertir que lo verdaderamente terrorífico y opresivo de la cinta no son las explícitas aberraciones que asolan los cuerpos de los jóvenes, sino el hospital que los enclaustra y les hace competir en una emulación del modelo liberal incluso en la sanidad pública, o lo que es lo mismo, la verdadera enfermedad es el liberalismo al que el hombre contemporáneo está sometido. Lúcidas son las observaciones que Le Corroller imprime en sus imágenes, las cuales, de no ser por el lastre que les resulta la fotografía de la cinta, impactarían de mucha mayor manera.
La plasmación fotográfica del discurso que Le Corroller busca expresar resulta, cuando menos, contraproducente. El excesivo formalismo con el que filma el grueso de la cinta no hace más que minar el dramatismo de las escenas en un ejercicio de repetitiva exhibición estética que regurgita los códigos formales del body horror. La filmación de espacios con lente gran angular y la deformación que esta provoca en los motivos situados en primer término terminan por resultar irritantes dada la bruta insistencia en su uso, así como adherir la cámara al personaje o el uso del punto de vista desde el interior del cuerpo agotan su efecto rápidamente por el abuso de estos recursos . Las deformadas perspectivas con las que Guillaume Schiffman, el director de fotografía, distorsiona los límites del hospital, y por lo tanto, del mundo que habita la protagonista, así como la aberración a la que somete los rostros de los personajes, caen en saco roto por su reiteración y falta de nexo con el relato, siendo así poco más que un ejercicio puramente formal. Marion Le Corroller propone pues en Sanguine una lúcida mirada sobre la opresión emocional, manifestada en corporal, que el liberalismo ejerce en el hombre moderno, y especialmente en la juventud moderna, todo ello transfigurado al body horror más alegóricamente carnal. Pese a acertar de pleno en las abstracciones éticas de la cinta y su cínico humor, el extremo formalismo de esta ejerce un contrapeso que hace al espectador prestar mayor atención al exhibicionismo de las formas que al necesario discurso de su cineasta. ♦










