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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Everybody Digs Bill Evans

    || Críticas | Berlinale & Karlovy Vary 2026 | ★★★☆☆
    Everybody Digs Bill Evans
    Grant Gee
    El silencioso duelo de un músico


    Ignacio Navarro Mejía
    Berlín (Alemania) |

    ficha técnica:
    Irlanda y Reino Unido, 2026. Presentación: Festival de Berlín 2026. Dirección: Grant Gee. Guion: Owen Martell y Mark O’Halloran. Producción: Cowtown Pictures / Hot Property Films / Bona Fide Productions / Over the Fence Films. Fotografía: Piers McGrail. Montaje: Adam Biskupski. Música: Roger Goula. Diseño de producción: Ellen Kirk. Dirección artística: Saoirse O’Shea. Reparto: Anders Danielsen Lie, Bill Pullman, Barry Ward, Laurie Metcalf, Valene Kane. Duración: 102 minutos.

    El jazz es quizá el género musical más tendente a la improvisación, lo que complica la repetición de una misma canción o melodía, tanto para su actuación en vivo como para su grabación para la posteridad. Es un género que por naturaleza abraza la imaginación de cada artista, que con su instrumento puede ir añadiendo o cambiando notas guiándose por su intuición y, en su caso, por lo que estén tocando otros artistas del grupo con sus respectivos instrumentos. El resultado no tiene por qué ser caótico, sino que puede preservar una armonía inherente a este género, de por sí ecléctico en cuanto a ritmos y sonidos, más allá del dominio de ciertos instrumentos (por lo general de aire, batería y piano) y un aire atemporal, entre la música neoclásica envolvente y la actual de base recurrente (por no decir monótona). En cualquier caso, esa libertad compositiva no ha estado reñida, sino que ha potenciado el talento de algunos músicos para producir piezas únicas y memorables, como el pianista Bill Evans. En 1959 y tras separarse de la banda de Miles Davis, incluyó algunas composiciones propias entre otras interpretaciones de canciones preexistentes, en el álbum Everybody Digs Bill Evans. Uno de sus colaboradores, Scott LaFaro, falleció en un accidente de coche dos años después, interrumpiendo con ello el caudal creativo de Evans, en proceso de duelo ante la pérdida de su amigo.

    En este contexto se centra la película de Grant Gee, de título homónimo a aquel álbum (aunque aquí con un sentido también irónico) y presentada hace unos meses en la Berlinale, donde Gee se hizo con el premio a mejor director. Estamos ante el primer largometraje de ficción de un cineasta cuya trayectoria hasta ahora había sido en el mundo del documental, aunque casi siempre sobre temas musicales, incluso siguiendo el tour de algún conocido grupo como Radiohead. Ello le da experiencia suficiente en la materia y, para sortear el traslado de esta historia a la ficción, toma la decisión acertada de imbuirla de un estilo, tanto estético como narrativo, coherente con el género musical que antes hemos descrito sucintamente. No estamos, pues, ante un biopic convencional de Bill Evans, que recorra a grandes rasgos todas las etapas de su vida, sino ante el recuento de algunos de sus momentos donde, estética y narrativamente, se advierte también una tendencia a la libertad o la improvisación, o al menos a no cerrarse bajo patrones cinematográficos al uso. La cinta alterna así varios momentos temporales, con cambios de formato, color (con predominio, eso sí, del blanco y negro) y planificación, ambientándose entre los años 60 y 80, pero preservando siempre un aire melancólico e introspectivo coherente con el del propio jazz. Ya sea en las interacciones entre Evans y su hermano, en un sobrio piso de Nueva York, cuando este visita a sus locuaces y conservadores padres en el interior de Estados Unidos o, en fin, en los instantes tan intensos como fugaces que comparte con su novia ya en un futuro decadente, la película mantiene un tono ajustado a la psique traumada y a la vez inventiva de su protagonista, deprimido en estas circunstancias, pero condenado también a que su arte revitalice su entorno, que lo trascienda más allá de la cotidianeidad del común de los mortales.

    Con ello, junto con la llamativa y sugerente puesta en escena, como hemos dicho premiada en Berlín, es importante fichar a un actor principal que sepa transmitir esas turbulencias y desasosiegos. El elegido aquí es Anders Danielsen Lie, reputado actor noruego enfrentado al doble reto de interpretar a un músico célebre y, además, de nacionalidad norteamericana. Ante ello, toma la decisión inteligente, apoyada eso sí por el guion de Mark O’Halloran y Owen Martell, que es el que crea su personaje, de pronunciar el menor número de palabras posible, lo que desde un punto de vista dramático refuerza su conflicto interno y, desde un punto de vista pragmático, limita las siempre difíciles adaptaciones a un acento extranjero, de las que en todo caso sale bien parado, cuando debe acometerlas. Entre los actores secundarios, destaca Bill Pullman en el papel de su padre, mucho más extrovertido, entre cómico y trágico (tiene escenas de humor directo, por la falta de filtro de sus ideas y sus ocurrencias, pero también de tristeza, en particular antes de despedirse de su hijo), por lo que, en contraste con la interpretación opuesta de Danielsen Lie, se come la pantalla en el reducido metraje que le es otorgado. Con todo, la profundidad dramática de la cinta, precisamente por ese desarrollo no cronológico y abierto a los vaivenes, queda un tanto reducida, y así son el estilo y los actores, antes que el contenido del libreto (parco en el retrato del protagonista y en el diseño de escenas significativas), los que proporcionan el mayor asidero emocional para el espectador. Este asiste a las andaduras de un Evans con frecuencia hermético, por las necesidades del personaje, pero sin otros componentes narrativos que lleguen a dar una visión completa de su sufrimiento. Esto impide que estemos ante una película redonda o plenamente conseguida, aunque resulta más que meritoria y valiente, considerando tanto lo peliagudo del tema que aborda como el artista que lo hace. Al fin y al cabo, una historia que tenga que ver con el jazz, igual que este se toca, tiene que poder contarse también de muchas maneras, no con una única voz. ♦


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