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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Historias de la noche

    || Críticas | ★★★★☆
    Historias de la noche
    Léa Mysius
    Relieves y concavidades


    Mario Peña
    Sitges |

    ficha técnica:
    Francia, 2026. Título original: «Histoires de la nuit». Título internacional: «The Birthday Party». Dirección: Léa Mysius. Guion: Léa Mysius y Laurent Mauvignier (a partir de la novela de Laurent Mauvignier). Compañías productoras: F Comme Film. Presentación oficial: Festival de Cannes 2026. Fotografía: Paul Guilhaume. Música: Florencia Di Concilio. Reparto: Hafsia Herzi, Benoît Magimel, Bastien Bouillon, Monica Bellucci, Paul Hamy, Tawba El Gharchi, Servane Ducorps, Alane Delhaye, Tatia Tsuladze. Duración: 114 minutos.

    Un lienzo completamente negro es atravesado horizontalmente por una delgada línea blanca. Los níveos pigmentos contrastantes parecen desdibujarse en la viveza de la oscuridad circundante. Escasos centímetros separan los segmentos de la línea, que no está totalmente unida. Cerca de dos horas de metraje más tarde, una ráfaga de sangre salpicará justamente en la cesura de la línea. Y, en esencia, con poco más que una línea discontinua en el primer fotograma de la película, Léa Mysius ha sido capaz de sintetizar el discurso de su cinta. No mucho después, un personaje lee la siguiente cita de Francisco de Goya: «Sus cualidades excepcionales las malogran esos maestros amanerados que siempre ven líneas y jamás cuerpos. Pero ¿dónde encuentran líneas en la naturaleza? Yo no distingo más que cuerpos luminosos y cuerpos oscuros, planos que avanzan y planos que se alejan, relieves y concavidades». Con este postulado, el pintor aragonés, además de adelantarse más de cincuenta años al pensamiento impresionista, sintetizaba el arte pictórico y, en gran medida, la condición humana: solo existe la luz y la oscuridad; lo demás es una ilusión provocada por estas. Es esa fina y deslucida línea, la literal y la figurada, a la que la cineasta francesa interrogará para intentar comprender cuán ilusoria es su existencia. Y es que la cinta articula su desarrollo a partir esos puntos ciegos, de los oscuros recovecos que habitan en quien creemos conocer, en los vacíos del reconstruido pasado que nos ha sido narrado y que elegimos creer, en pos de una reconstrucción identitaria, una narrativización necesaria para conocer, o creer hacerlo, a quienes amamos. La fina línea que separa nuestra concepción de conocimiento e ignorancia se estrecha cada vez más, cuando no directamente se diluye, al indagar en el inescrutable pasado. La ilusión del saber, por lo tanto, es osificada gracias a la ignorancia, al perspectivismo con el que inevitablemente convivimos. José Ortega y Gasset, principal exponente de esta doctrina, escribía en su ensayo La deshumanización del arte: «Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión». Aunque el filósofo no se refiriera directamente a los sujetos, esta sirve también como claro ejemplo de que no hay forma directa de dialéctica con nada ni nadie sin pasar antes por nosotros, sin ser filtrado por nuestra propia conciencia y las creencias que esta inconscientemente ha postulado como verdaderas e irrefutables. Aprisionados, pues, por el carcelero de nuestra psique e incapaces de relacionarnos genuinamente con los demás, el ego es herido cuando descubre aquello de lo que no teníamos que saber, o no han querido que supiéramos. El cineasta italiano Paolo Genovese dirigió en 2016 Perfectos desconocidos, abarcando una de las grandes cuestiones identitarias del hombre: si adaptamos nuestra identidad a cada persona con la que interactuamos, incluso para con nosotros mismos, ¿quiénes somos verdaderamente? Y es que el concepto junguiano de la persona, el subgénero de home invasion y la cinta de Genovese estaban inequívocamente suspendidos en el imaginario desde el cual Léa Mysius ha construido, o más bien, reconstruido, su nueva cinta: Historias de la noche. En ella, una familia que vive en una zona rural está por celebrar la fiesta de cumpleaños de la madre, Nora, cuando dos hermanos asaltan la casa y mantienen cautiva a la familia hasta la llegada de su desconocido contratante.

    Su nueva propuesta mantiene una rica dialéctica con sus anteriores trabajos, especialmente con Los cinco diablos (2022), y con cómo el pasado, específicamente el familiar, interrumpe la aparente normalidad construida desde la ilusoria creencia del conocimiento. El género fantástico sobre el que hasta ahora la francesa había operado da un brusco viraje hacia el terror psicológico, a la empírica amenaza física antes que a los desdibujados contornos de la fantasía, pero sin perder, independientemente del género, sus fascinantes concepciones espaciales y la esencialidad que estas imprimen sobre la arquitectura y el diseño de decorados, imprescindible elemento sobre el que se vertebra el eje discursivo de la propuesta, cuyo enfoque dramático, aunque aparentemente consabido en un primer acercamiento, más inquietantemente realista deviene en su progresivo decapado.

    Poco después del giro al segundo acto, una vez la casa es asaltada y la familia, presa, el espectador no podrá sino evocar Funny Games (1997), ya no solo por el evidente home invasion, sino por mantener la misma dinámica entre los invasores que ya construyó Haneke basándose en el Arlequín y Pierrot de la commedia dell'arte, siempre en constante desequilibrio psicológico entre el inteligente Arlequín y el melancólico Pierrot. El comportamiento de estos respecto a la familia cautiva sí que cambiará, pues del cinismo de los austriacos se virará a la compleja humanidad de los franceses, que, con más rugosidades de lo habitual en el género, conformarán, especialmente el hermano discapacitado, unos relieves y concavidades, unas texturas que crean personajes profundamente humanos dadas las contradicciones que animan sus acciones y, por extensión, atraviesan a todos los personajes de la cinta. Mysius, pues, delimita su relato desde la emocionalidad de sus humanas creaciones y sus inercias internas, en un ejercicio dramatúrgico muy similar al de Asghar Farhadi, para luego filmar los orgánicos movimientos naturalmente surgidos. La naturalidad con la que se desarrolla el relato es análoga a su progresión dramática, a la acumulación de tensión que se intensifica hasta llegar a la implosión que desde las primeras escenas se comprende como inexorable. El género del thriller es retorcido por Mysius hasta desgarrar el tuétano, llegando al drama familiar e incluso paternofilial, con tímidas desviaciones al psicoanálisis que resultan cuanto menos sorprendentes, cuando no fascinantes, en un aparente ejercicio de thriller psicológico. Léa Mysius consigue pues que todos los elementos expresivos con los que opera estén subordinados a un mismo propósito: la imbricación, o más bien, la disolución de la luz en la sombra y la sombra en la luz, a la aceptación de la innegable condición paradójica del hombre. ♦


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