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Seminci 2026
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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | A Good Little Soldier

    || Críticas | SEMINCI 2026 | ★★★☆☆
    A Good Little Soldier
    Stéphane Brizé
    El ritmo de la realidad


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Francia, 2026. Título original: «Un bon petit soldat». Dirección: Stéphane Brizé. Guion: Stéphane Brizé, Coralie Amedeo, Olivier Gorce. Compañías productoras: Gaumont, France 3 Cinéma. Presentación oficial: Festival de Venecia 2026. Fotografía: Antoine Heberlé. Música: Bertrand Blessing. Reparto: Alba Rohrwacher, Vincent Lindon, Sharif Andoura, David Talbot, Renaud Petitjean, Benjamin Sarfati, Vanessa Milot, Daphné Latour, Guillaume Draux, Alexandre Fabre, Grégoire Ruhland, Isabelle Rufin, Alexandra Clert, Adrien Bobinet, Anthony Pitalier, Philippe Pollet-Villard, Rose Bourdon, Maryline Mutombo Cartier, Anne Rose Collomb Clerc, Carine Rouvier, Sandra Le Gall, Julie Goria, Sabine Mariolle, Yasmine Malek. Duración: 102 minutos.

    ¿Se puede hacer una película sobre la explotación laboral replicando los códigos estéticos del capitalismo hiperveloz que produce dicha explotación? Esa es una de las preguntas fundamentales que plantea A good little soldier. La película se abre con una sucesión rápida de planos a montados sobre la canción What a wonderful world. Las imágenes buscan replicar el ritmo de la contemporaneidad: por eso, si se lee cada plano de forma aislada, es imposible encontrarle un sentido. Sólo en su conjunto consiguen convertirse en la más viva expresión de una actualidad hipertrofiada de imágenes que, al mismo tiempo, carecen de propósito. Si las redes sociales son el ejemplo de la banalización del plano, la reproducción de sus formas en la pantalla grande vendría a confirmar el sustrato irracional que hay detrás de ese frenesí visual. Sin embargo, Stéphane Brizé tiene un as bajo la manga: la inclusión, dentro del metraje, de esas imágenes virtuales que articulan las formas de comunicación contemporáneas.

    La protagonista es una jefa de recursos humanos que llega a una compañía de seguros con el objetivo de mantener la maquinaria funcionando: las cifras tienen que seguir creciendo y los trabajadores no pueden hacer ni el más mínimo gesto que suponga una limitación de las ganancias. La empresa como trituradora de carne humana. Si la película consigue alejarse de la inanidad videoclipera es porque es consciente del papel que las imágenes desempeñan en el día a día de sus personajes. La velocidad produce una sobreestimulación que, paradójicamente, termina vaciando de sentido los planos, ahora convertidos en un ruido visual que tiene por principal objetivo dificultar el pensamiento. Las imágenes se agolpan en las pantallas, saturan la mirada, interrumpen el pensamiento y convierten la comunicación en un enfrentamiento por medio del cual se busca la imposición de una visión del mundo, no su puesta en común. Es por eso por lo que la protagonista pasa gran parte de la película aislada del mundo, pese a que no deja de hablar en ningún momento.

    Brizé toma una decisión muy inteligente al localizar toda la película dentro de las oficinas de la empresa: apenas hay dos o tres momentos en los que la protagonista sale, y precisamente por eso resultan, a pesar de su aparente intrascendencia, muy significativos. Un plano general muestra a la protagonista dejando su acreditación en la recepción de las oficinas y el siguiente registra su entrada. A veces, ni siquiera hay una solución de continuidad entre un día y otro: las jornadas se vuelven reflejos las unas de las otras, lo que impide distinguirlas cuando se las recuerda. Así, día tras día, la protagonista no hace sino trabajar y hablar por videollamada con su expareja y con su hijo. Cuando esto último sucede, la imagen de su móvil pasa a ocupar toda la pantalla, evidenciando la separación que define la relación y que ni siquiera se disuelve virtualmente. Madre e hijo no comparten imagen, puesto que en los planos de la primera Brizé evita mostrar el rostro del segundo: sus palabras y gritos se dirigen a una pantalla sin rostro.

    Abundan, también, los momentos en los que el sonido de un móvil interrumpe una conversación entre trabajadores. La fragilidad de las conversaciones se hace palpable en sus constantes rupturas. Por serio que sea el problema que se esté tratando, siempre es susceptible de ser puesto en pausa si empieza a sonar un teléfono. Sin embargo, si algo hay que debe destacarse de la película es el trabajo con el lenguaje que lleva a cabo el director. Desde el primer momento, los personajes utilizan unas frases manidas propias de un libro de autoayuda o de una taza de Mr. Wonderful —de ahí la ironía de abrir la película con la canción de Amstrong— para maquillar una realidad que no quieren definir con claridad. Esas palabras se mezclan con la retórica de mercado que impera en la actualidad, y que expresa una visión del mundo como cantera para los negocios. Un trabajador debe “aumentar sus prestaciones a la empresa, mejorar sus resultados, sobrepasar los objetivos, reinventarse e innovar en su puesto de trabajo”, y, además, debe de hacerlo “feliz por estar contribuyendo al crecimiento de la empresa”.

    La realidad laboral permanece opacada por unas palabras estériles incapaces de salir de la burocratización capitalista. Si una trabajadora hace horas extras no pagadas, no está siendo víctima de una injusticia —y de un delito—, no la están explotando, sino que “está dedicando tiempo extra al cumplimiento de los objetivos”, algo que, en palabras de la protagonista “no habla muy bien de ella”. Así, las conversaciones en la oficina no pasan de ser un recitado de lugares comunes que no sólo bloquean la posibilidad de describir con precisión una realidad, sino que la deforman para evitar que la empresa salga mal parada. Esa lógica individualista y competitiva alcanza el delirio en una escena en la que la protagonista le recrimina a una jefa de departamento que haya gritado, insultado y amenazado a una compañera por trabajar un poco más lento que los demás. Su respuesta: «es que, si no lo hago, no cumple los objetivos». La irracionalidad adquiere formas sectarias: todo aquello que ralentice el ascenso de los beneficios empresariales será el enemigo a batir. La convicción con que el personaje pronuncia esas palabras evidencia una irracionalidad que le impide ver más allá del dato económico. Sin embargo, hay en el interior de la película una contradicción que Brizé nunca termina de resolver: la del montaje acelerado. Durante gran parte de la película, los cortes sobre plano y los rápidos movimientos de cámara no dejan respirar a las escenas y, como sucede con los vídeos de Instagram o TikTok, dificultan la lectura de lo que está sucediendo. El guion y las interpretaciones se ven zancadilleados por una propuesta visual que termina asumiendo el carácter banal de la imagen en su intento de reproducir los ritmos del capitalismo. Al intentar combatir al capitalismo con sus propias armas, lo que Brizé termina haciendo es legitimar sus marcos estéticos al considerar que a partir de ellos se puede analizar la realidad que intentan ocultar. La limitación discursiva de las escenas que adoptan los ritmos del videoclip son la más clara negación de dicha postura. ♦


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