Canadá / Hungría, 2025. Título original: «Blue Heron». Dirección: Sophy Romvari. Guion: Sophy Romvari. Productores/as: Ryan Bobkin, Gábor Osváth, Sophy Romvari, Sara Wylie. Compañías productoras: Boddah, Memory, Nine Behind Productions, Simbelle Productions, Tinygiant, Ursa Major Productions. Distribución española: Flamingo Films. Presentación oficial: Festival de Locarno 2025 (Cineasti del Presente). Fotografía: Maya Bankovic. Montaje: Kurt Walker. Reparto: Eylul Guven, Réti Iringó, Ádám Tompa, Edik Beddoes, Amy Zimmer, Liam Serg, Preston Drabble, Lucy Turnbull, Jecca Beauchamp. Duración: 90 minutos.
En una de las escenas finales de Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl, 2015), la infravalorada ópera prima de Alfonso Gómez Rejón, su protagonista, Greg Gaines, visitaba el dormitorio de su amiga perdida. Allí, en la habitación propia de una adolescente, el joven encontraba en su mobiliario, en sus paredes, el hilo devenido camino a otras vidas, tanto exploradas como anheladas; se abría espacio por el conjunto de representaciones físicas de experiencias, aspiraciones y motivaciones anónimas que componen a una persona. «¿Es posible seguir conociendo a alguien aunque haya fallecido?», se preguntaba y, a su vez, se respondía. Huyendo de las fugas, el trauma encuentra su paliativo en la fe, en esa sensación, no obstante la memoria es pura afección, de seguir no solo recordando sino también, yendo más allá, desencriptando las huellas que un individuo ha dejado en nosotros; también en lo que entendemos por «nuestro mundo». Consciente o inconscientemente, por tanto, visitamos lo que denominaba Mircea Catarescu en su novela Nostalgia (Visul, 1989/1993) «la ruina de todas las cosas». Ese espacio de «lo que ha sido y no va a volver a ser jamás» pero que a su vez se erige en refugio, repleto de pasillos incompletos, también de grandes contradicciones, pero que esconden el precioso misterio de aportar, aunque sea forma efímera, una respuesta que nos permite sentir, una vez más, rompiendo el espacio-tiempo, la respiración de un ser amado que dejamos atrás.
Una confrontación del duelo, recorriendo los senderos paralelos que toma una vida ajena, que aborda la ópera prima de Sophy Romvari, Blue Heron (íd, 2025). Lo hace desde el comienzo de su metraje, desde sus títulos de crédito . En ellos, se vislumbra una suerte de mapa urbano, de callejero en el que figuran inscritos nombres de espacios, personas y contextos. Lo que parece una delineación azarosa e inconcreta, no es otra cosa que la crónica etérea de una vida, de un estado de ánimo marcado por el mutismo, por la inadaptación, por la soledad en definitiva. Precisamente, en una de esas localizaciones que estructuran el ensanche dibujado comienza la narración de un filme que captura, como si de un sueño se tratara, la mudanza y posterior convivencia en Vancouver de un matrimonio de origen húngaro con sus cuatro hijos a finales de los 90. Así inicia el desfile de una colección de estampas veraniegas –algunas maravillosas— en cuyos intersticios se ubican detalles sobre el contexto familiar, influenciado por los numerosos cambios de residencia; por la complejidad organizativa derivada del empleo del padre de familia, un compositor musical, y su exigua implicación dentro de una familia numerosa; y, por encima de todo, por la deriva conductual del hijo mayor, Jeremy, un adolescente que no cesa de desafiar a sus padres y cuya actitud, cada vez más errática, se va tornando violenta, tanto para los demás como para sí mismo, dificultando más si cabe la nueva etapa geográfica de la familia. La serie de vivencias, el período de adaptación lastrado por las acciones de Jeremy, son registradas por la cámara a ojos de la hija menor, Sasha, una niña vivaz y despierta que intenta entender todo lo que le rodea y que asistirá por accidente a los prolegómenos de una decisión que cambiará la concepción de su mundo y que la forzará a visitar su pasado en su etapa adulta buscando hallar la mitigación de un dolor que la acompañó en cada estadio vital. Una mirada registradora de pequeños gestos, de detalles mínimos que emparentan al trabajo de Romvari con otro debut de peso en la realización, Aftersun (íd, Charlotte Wells, 2022). Ambas, catarsis que escudriñan el anecdotario del pasado buscando aliviar la memoria y sobrevivir al presente.
No es la primera vez que la cineasta canadiense afronta cinematográficamente el duelo. Con su quinto cortometraje, en formato documental, Still Processing (íd, 2020), partía del recuerdo físico –un álbum familiar— para articular un ejercicio terapéutico capturando el impacto de la resurrección de remembranzas aparentemente ocultas. En su primer largometraje, ya desde la ficción, en cambio, apuesta por una narrativa naturalista y sutil, una película-susurro que va calando a medida que se va expandiendo. Si en la primera parte Romvari le dedica su tiempo a recopilar episodios de la convivencia de los miembros de este linaje de migrantes, mientras paralelamente enfoca a las consecuencias de la escalada de acontecimientos fuera de campo que involucran al hijo mayor; en la segunda, dos décadas después, nos sitúa en el camino inverso que emprende Sasha, ya como cineasta, para intentar completar los huecos de un retrato desvanecido por la inmadurez y el tiempo. En este sentido, y sin abandonar el tono nostálgico, el filme subraya la importancia y, a su vez, la complejidad de los diagnósticos de salud mental. Una profundización valiosa que se complementa con el propio viaje emocional de Sasha, que va encontrando detalles sobre su hermano, sobre su identidad, su temperamento y su sufrimiento que desembocan en la mentada catarsis en una sensacional escena, de una sensibilidad desgarradora, pero también de una enorme honestidad, sin traicionar la naturaleza narrativa. Broche junto a su final de una película excepcional, emocionante y evocadora, que nos traslada un universo de conexiones personal que se siente como propio; que nos regala la tesela de un recuerdo al que aferrarse, a ese hilo invisible que nos une y unirá con lo único que importa derrota tras derrota. ♦












