|| Críticas | ★★★★☆
Un poeta
Simón Mesa Soto
Morir perdido
Mariana Hristova
ficha técnica:
Colombia, Alemania, Suecia, 2025. Título original: «Un poeta». Dirección: Simón Mesa Soto. Guion: Simón Mesa Soto. Compañías: Ocúltimo, Medio de Contención Producciones, Majade Fiction, Momento Film, Film i Väst. Festival de presentación: Cannes 2025 (Un Certain Regard - Premio del Jurado); San Sebastián 2025 (Horizontes Latinos - Mejor Película). Distribución en España: Atalante Cinema. Fotografía: Juan Sarmiento G. Montaje: Ricardo Saraiva. Música: Matti Bye. Reparto: Ubeimar Ríos, Rebeca Andrade, Guillermo Cardona, Allison Correa. Duración: 120 minutos.
Colombia, Alemania, Suecia, 2025. Título original: «Un poeta». Dirección: Simón Mesa Soto. Guion: Simón Mesa Soto. Compañías: Ocúltimo, Medio de Contención Producciones, Majade Fiction, Momento Film, Film i Väst. Festival de presentación: Cannes 2025 (Un Certain Regard - Premio del Jurado); San Sebastián 2025 (Horizontes Latinos - Mejor Película). Distribución en España: Atalante Cinema. Fotografía: Juan Sarmiento G. Montaje: Ricardo Saraiva. Música: Matti Bye. Reparto: Ubeimar Ríos, Rebeca Andrade, Guillermo Cardona, Allison Correa. Duración: 120 minutos.
La película de Soto es un grito furioso, pero también una reflexión irónica nacida de su propia experiencia como artista: el tira y afloja infinito entre inspiración divina y pragmatismo banal. Es su intento de representar la versión más oscura de sí mismo en la mediana edad, para prevenir que se convierta en realidad – como confesó en una breve entrevista para la web del festival.
Desde que su cortometraje de graduación Leidi (2014) aterrizó directamente en Cannes y se llevó la Palma de Oro del formato, no cuesta imaginar la decepción del talentoso director, arrastrado durante siete años por los pasadizos oscuros de la industria, hasta lograr estrenar su primer largo, Amparo (2021), de nuevo en Cannes, en la Semana de la Crítica. Esa travesía aparentemente lo templó y liberó de ilusiones superfluas, porque Un poeta se siente genuino, compacto, ambivalente, cargado de emociones contradictorias, racionalmente fundado y sorprendentemente adulto: un filme sobre la odisea de un creador en la hipocresía del sistema financiera de proyectos artístico y el cinismo del mercado; sobre frustraciones íntimas y trampas externas; el fracaso ineludible y el humilde reconocimiento de que, quizás, el reto más sentido para un poeta triste es intentar escribir un poema alegre.
Dividido en cuatro capítulos —«Fracaso», «Opus Magnum», «El arte nos salvará» y «Un poema feliz»— acompañamos los avatares de Óscar Restrepo: un fracasado de gafas, rondando los cincuenta, autor de dos poemarios en su juventud, exacadémico que soñó con entregarse por completo a su genio creativo; ahora desempleado, vocifera que solo quiere ser poeta, aunque hace años que no escribe. Es un marido y padre derrotado, sin dinero ni hogar propio, durmiendo aun en su habitación infantil, tapizada con retratos de su ídolo José Asunción Silva, pilar de la poesía moderna en Colombia. Lo rodean mujeres que lo lamentan (madre, hermana) y buscan manera de encajarle en el mundo cruel, y otras que lo desprecian (exmujer, hija), avergonzadas de su presencia y deseando que no existiera.
Su refugio es el alcohol, tras encuentros en el club local de poetas, donde lo consuelan por su fracaso: «Debiste escribir sobre los pueblos indígenas, sobre el Amazonas, sobre los maricas, sobre todo lo que los europeos esperan de nosotros».
Obligado por su hermana a aceptar un puesto como profesor de filosofía en un barrio pobre de Medellín, Óscar ve en una alumna talentosa la oportunidad de gestar esa «opus magnum», elevándola como hallazgo literario ante su antigua editorial. Pero los editores y, sobre todo, su mecenas holandesa, se interesan menos en el talento de la joven que en su imagen vendible como «cenicienta del gueto», mientras ella misma aspira más a ser manicurista que estrella literaria. Aun así, Óscar no abandona su plan y la convence para participar en la inauguración del Festival de Poesía local, donde le hace escribir versos lastimeros sobre su origen miserable – como dicta la organización.
Después de una borrachera y un regreso nocturno al barrio, Óscar es acusado de abuso sexual por la familia de la joven, que exige compensación mientras mastica las sobras de la cena del festival. Aplastado por este giro tragicómico, Óscar cae en nuevas crisis histéricas y autocompatibles: al menos, reflexiona, si se hubiera suicidado a tiempo, como su gran inspirador Silva.
Soto no convierte en tema central los manejos manipuladores de la industria cultural, pero su sarcasmo hacia el estilo «pornomiseria», renunciado hace años por Carlos Mayolo y Luís Ospina en un divertido manifiesto y convertido en divisa de las políticas culturales impulsadas por intereses externos en países pobres, resuena potente. En Colombia donde el arte ha estado mayormente expuesto al capricho del mercado, y las reglas del éxito llevan tiempo claras: los pobres deben parecer más pobres, más desesperanzados frente a los ricos, para reafirmar su dominio. En Un poeta, esto se asume con humor – y se eleva la apuesta: una coproducción con Alemania y Suecia, lo que demuestra que el miserabilismo se vende ya no solo como narrativa literal, sino como metanarrativa.
En el corazón de Un poeta está Ubeimar Ríos encarnando a Óscar: un poeta real y profesor de filosofía ante su primera vez frente a una cámara. Soto logra extraer de él confesiones entrecortadas y tejerlas en un relato nervioso, de montaje fragmentado, en sintonía con la angustia de su personaje. El resultado es materia palpitante, un collage crudo de trozos de vida febril, unidos por el sudor de ilusiones absurdas, la saliva de arengas inflamadas y la sangre de choque contra paredes; una obra implacable hacía el ego dañado del soñador y hacía quienes lo han dañado. Una película que, sin prometer éxito, ofrece al menos una vaga esperanza de paz interior, fruto de la revelación de que nada de esto debe tomarse demasiado en serio. ♦










