|| Críticas | ★★★☆☆ |
La maldición de Shelby Oaks
Chris Stuckmann
El chirrido de la vagoneta
Aarón Rodríguez Serrano
ficha técnica:
Estados Unidos, 2026. Título original: «Shelby Oaks». Dirección y guion: Chris Stuckmann (historia de Chris Stuckmann y Samantha Elizabeth). Compañías: Paper Street Pictures, Intrepid Pictures, Title Media. Distribución: DeAPlaneta (España); Neon (EE. UU.). Fotografía: Andrew Scott Baird. Montaje: Patrick Lawrence, Brett W. Bachman. Música: Aaron J. Morton. Reparto: Camille Sullivan, Brendan Sexton III, Sarah Durn, Michael Beach, Robin Bartlett, Keith David. Duración: 99 minutos.
Estados Unidos, 2026. Título original: «Shelby Oaks». Dirección y guion: Chris Stuckmann (historia de Chris Stuckmann y Samantha Elizabeth). Compañías: Paper Street Pictures, Intrepid Pictures, Title Media. Distribución: DeAPlaneta (España); Neon (EE. UU.). Fotografía: Andrew Scott Baird. Montaje: Patrick Lawrence, Brett W. Bachman. Música: Aaron J. Morton. Reparto: Camille Sullivan, Brendan Sexton III, Sarah Durn, Michael Beach, Robin Bartlett, Keith David. Duración: 99 minutos.
De pronto un extraño acontecimiento y una frase que flota en el vacío —«Por fín me ha dejado marchar»— dispone frente a nosotros una secuencia de títulos de crédito que recuerda también, de manera indefectible, a los paisajes ralentizados y con luces digitales de los opening de las series y los videojuegos de terror de triple A. Entonces uno comienza a reflexionar sobre la factura de las imágenes, la pátina, la textura. Y sospecha algo de lo que ocurrirá a continuación: La maldición de Shelby Oaks no es tanto una película como —al menos, en lo visual— un catálogo de espacios, lugares, diálogos y gestos que ya forman parte de un imaginario colectivo más o menos reciente. Es un manierismo de nuestra manera de entender el horror, por formularlo con más concreción.
En su interior hay cosas de Lake Mungo (Joel Anderson, 2008), quizá de Reflejos (Mirrors, Alexandre Aja, 2008), pero la referencia inmediata es, de manera nada sorprendente, la humildad efectiva que desplegaba Oculus: El espejo del mal (Mike Flanagan, 2015). No es de extrañar que Flanagan aparezca como productor y padrino de la propuesta, habida cuenta que la película es un nada disimulado homenaje a sus orígenes. Otra cosa bien distinta es que once años después el ecosistema del terror sea capaz de celebrar con la misma alegría y perdonar con la misma rapidez los defectos que lastran un esqueleto narrativo tembloroso, raquítico, más basado en la sugerencia que en la verdadera creación de atmósferas. De hecho, llama la atención que todos los méritos que rezuman las series de Flanagan, y que suponen contribuciones estratosféricamente más complejas y medidas que sus largometrajes, sean totalmente obviadas en este Shelby Oaks cuyo título original, con gran inteligencia pero poco realismo, se ha situado en la tradición abierta por las producciones de Netflix. Lamentablemente, Shelby Oaks tiene poco que ver con Bly Manor o con Hill House, empezando por sus filiaciones y terminando por su composición.
Flanagan afinaba una suerte de terror posgótico, melodramático e incluso extrañamente frágil en sus mejores momentos. Stuckmann prefiere trabajar sobre lugares más transitados que remiten a las cintas de posesiones, al terror basado en el edadismo, a un giro en el que Polanski comparece casi de refilón y un poco por cubrir la inevitable sucesión de idas y venidas del género. Resulta una cinta efectiva cuando dispone las preguntas y cuando ofrece un primer tercio de hipótesis, posibilidades y quiebras que, desde el primer momento, la enunciación sabe que no va a poder responder ni justificar. Sube demasiado las apuestas y acaba concluyendo a brochazos apresurados un lienzo reconocible, si bien lo hace con cierta gracia, cierta elegancia que impide que la película se desplome.
Estamos ante lo que los mentideros de la cinefilia llamamos, y con cierta precisión, una «película de nicho». Es decir: una película basada en la capacidad de satisfacer a un público muy concreto mediante una suerte de artesanía, de ebanistería fina del género. No se le debe pedir nada que no sea eso: un conocimiento profundo de los resortes de la Serie B contemporánea, una pátina de cumplida elegancia formal, un par de sustos más o menos funcionales y una resolución que apunte a la inevitable posibilidad —más bien poco probable— de una secuela o de un universo expandido. Los fotogramas se construyen con humildad, y uno tiene la sensación de que Stuckmann ha sabido sacarle partido a cada dólar invertido en el presupuesto. La cinta no tendrá grandes hallazgos, pero deja bien escrito el esfuerzo del equipo por trabajar con profesionalidad, solvencia y buen hacer. Y eso es algo que, intuyo, los verdaderos connoisseurs del fantástico sabrán paladear y apreciar, incorporando sin duda la propuesta en sus referencias inmediatas.
La maldición de Shelby Oaks demuestra, una vez más, que hay muchos cines dentro del cine, y que sus funcionamientos pueden seguir siendo parcos pero disfrutables. No seré yo quien le niegue a nadie el placer de dejarse arrastrar por este chirrido de la vagoneta del tren de la bruja, esta atracción de barraca de pueblo o estos murciélagos a los que se les notan los hilos. Después de todo, la película promete la posibilidad de que la indudable pasión y seriedad de Stuckmann puedan desembocar, en el futuro, en títulos de auténtico relumbrón. ♦









