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    Crítica | 28 años después: El templo de los huesos

    || Críticas | ★★★★☆
    28 años después:
    El templo de los huesos
    Nia DaCosta
    Cuando el monstruo es el hombre


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2026. Título original: 28 Years Later: The Bone Temple. Dirección: Nia DaCosta. Guion: Alex Garland. Producción: Bernard Bellew, Danny Boyle, Alex Garland, Andrew Macdonald, Peter Rice. Productoras: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Columbia Pictures, DNA Films, BFI, Decibel Films, Sony Pictures. Fotografía: Sean Bobbitt. Música: Hildur Guðnadóttir. Montaje: Jake Roberts. Reparto: Ralph Fiennes, Jack O'Connell, Alfie Williams, Erin Kellyman, Chi Lewis-Parry, Maura Bird, Ghazi Al Ruffai, Robert Rhodes, Emma Laird, Sam Locke, Elliot Benn, Natalie Cousteau, Cillian Murphy.

    No hay suficientes calificativos entusiastas para describir lo que están consiguiendo Danny Boyle y Alex Garland con el universo apocalíptico que empezaron a construir en 28 días después (2002). Aquella primera película, protagonizada por Cillian Murphy, marcó un antes y un después dentro del género zombie, presentando un Londres convertido en un enorme cementerio, una vez que la propagación de un virus creado en laboratorios transformase a la mayor parte de la población en unos seres sedientos de sangre. El español Juan Carlos Fresnadillo mantuvo el listón bien alto con la secuela 28 semanas después (2007), que nos regaló una de las escenas de apertura más impactantes del género, con Robert Carlyle huyendo de una horda de infectados campo a través, después de ver cómo estos masacraban a toda su familia. Casi dos décadas después, Boyle y Garland hicieron realidad el sueño de todos los fans de la saga, entregando 28 años después (2025), que, más que un cierre de trilogía, funcionó como un reboot que iniciaría la suya propia. El resultado fue toda una experiencia audiovisual, rodada con un iPhone 15 Pro, que desconcertó a muchos por un tono mucho más reflexivo y humanista en su historia, presente, sobre todo, en el interesante personaje secundario del Dr. Ian Kelson, a quien dio vida Ralph Fiennes con su brillantez habitual. Tan solo siete meses después del estreno de aquella, ya tenemos en cartel su secuela, 28 años después: El templo de los huesos (2026), que ha sido dirigida por una Nia DaCosta en la que no tenía demasiada confianza –suyos son el irregular reboot de Candyman (2021) y uno de los mayores fracasos del MCU, la infantiloide The Marvels (2023)– , pero que, definitivamente, ha conseguido superar todas las expectativas en esta continuación directa, que comienza exactamente donde Boyle nos dejó en la anterior película, con el joven Spike siendo captado por la excéntrica secta de "los Jimmies", liderada por el personaje de Jack O´Connell. 28 años después: El templo de los huesos, al igual que su antecesora, deja claro que los infectados no son lo verdaderamente importante de lo que se nos quiere contar. Si 28 años después ya fue una obra adulta y oscurísima que, a modo de drama iniciático, enseñaba al personaje de Spike lo que significa la pérdida en toda su extensión (de la inocencia, de sus seres queridos...), esta secuela de DaCosta se revela como un poderosísimo retrato de una sociedad deshumanizada, en la que la mayoría de los supervivientes que quedan sobre la Tierra pueden llegar a cometer actos aún más monstruosos que los de los propios infectados.

    El guion de Alex Garland incide, una vez más, en esa verdad absoluta de que el ser humano siempre ha sido la especie más destructiva del planeta, y aquí, esa idea se eleva a la enésima potencia, al colocarlo en una posición de lucha por la supervivencia, en la que se han perdido todos los principios y valores. Luego están las distintas posturas tomadas por los protagonistas, acerca de cómo vivir el Apocalipsis, así como sus diferentes teorías de cómo se provocó la pandemia que asoló el planeta, de la noche a la mañana. En la cinta, se contraponen dos historias paralelas que acabarán confluyendo en el último acto, y que muestran la cara y la cruz de estos supervivientes. Por un lado, el Dr. Kelson, bajo su apariencia de lunático, aún no ha perdido del todo la fe en la humanidad, por lo que concentra todos sus esfuerzos en encontrar una cura que devuelva a los infectados a un nivel de consciencia que les haga recordar quienes fueron una vez. En este sentido, resultan de lo más hermosas las escenas en las que interacciona con Samson –por desgracia, poco se habla del gran trabajo de Chi Lewis-Parry, añadiendo unos matices más sensibles a su brutal criatura desde su profunda mirada, y demasiado de su prótesis genital–, el recordado Alfa que protagonizara la secuencia más adrenalínica del anterior capítulo –la persecución a Aaraon Taylor Johnson y Alfie Williams por un camino que está a punto de desaparecer bajo las aguas– y que aquí se convierte en algo parecido a un "amigo" del médico, mientras que este trata de encontrar una cura para él, ya que, para el Dr. Kelson estas criaturas no son simples monstruos, sino personas enajenadas por una enfermedad. Este humanismo del personaje de Fiennes se contrapone con el de Jack O'Connell, que tras perder a toda su familia, de manera dramática, en el impactante prólogo de 28 años después, pasó a convertirse en el perturbado líder de una banda de chicos tan perdidos como él, realizando todo tipo de fechorías en nombre de Lucifer, de quien se autoproclama hijo, asegurando que recibe sus órdenes para aplicar la "caridad" (cualquier forma horripilante de asesinato) sobre todo pobre incauto que se cruce en su camino.

    El modo en que manipula a un puñado de chicos necesitados de creer en "algo" para encontrar sentido a sus vidas en unos tiempos tan oscuros, es absolutamente retorcido y el grupo protagoniza algunos de los momentos más perturbadores del filme, como aquel en el que secuestran y torturan a una familia en el interior de una granja, a medio camino entre la ultraviolencia de La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) y el "home invasion" de Funny Games (Michael Haneke, 1997). Jack O'Connell vuelve a demostrar, una vez más, lo bien que se le dan los papeles de villano, dando vida aquí a uno memorable que encuentra en Ralph Fiennes su némesis perfecto, favoreciendo un duelo interpretativo entre ambos de los que pocas veces se pueden disfrutar. 28 años después: El templo de los huesos solo está un peldaño por debajo de la cinta anterior a nivel de realización, ya que DaCosta no posee aún ese dominio de lo visual de Boyle, más dado a la hiperestilización de sus imágenes, pero, por lo demás, es una secuela aún más radical, valiente e imprevisible que la anterior. Continúa la violencia extrema (no se escatima en desollamientos, crucifixiones o cabezas arrancadas a destajo), pero también hay muchos temas potentes –entre ellos, el choque entre creencias religiosas (o satanistas) con el ateísmo de quien solo cree en la razón y la medicina para salvar el mundo– sobre la mesa, que son bien explotados por la directora. Es esta una obra que dignifica al género de terror, entregando las dosis de sangre que los seguidores menos exigentes solicitan, y una historia profunda, generosa en ambigüedades morales y algunos golpes de humor negrísimo totalmente inesperados, para quienes esperen algo diferente a lo habitual. De camino, la película nos regala la que ya se corona como la primera gran escena del cine de 2026, a la altura del aplaudido momento musical de Sinners (Ryan Coogler, 2025). El numerazo que se monta Ralph Fiennes ante los "Jimmies" al son del "The Number of the Beast" de Iron Maiden en un escenario improvisado en el ya icónico templo de los huesos es puro éxtasis, de esos que quedarán grabados a fuego (nunca mejor dicho) en el imaginario colectivo. Esto, unido a un final redondo, que supone todo un regalo para quienes siguen la saga desde 28 días después, hace que esperemos la siguiente película con la máxima expectación. ¿Hasta dónde serán capaces de llevarnos Boyle y Garland? ♦


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