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    Crítica | Sometimes I Think About Dying

    || Críticas| Americana 2024| ★★★★☆
    Sometimes I Think About Dying
    Rachel Lambert
    En ocasiones me siento muerta


    Júlia Gaitano Mendizábal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Estados Unidos. 2023. Dirección: Rachel Lambert. Guión: Stefanie Abel Horowitz, Kevin Armento, Katy Wright-Mead. Producción: Brett Beveridge, Lauren Beveridge, Brittany O’Grady, Dori A. Rath, Daisy Ridley, Alex Saks. Fotografía: Dustin Lane. Montaje: Ryan Kendrick. Música: Dabney Morris. Reparto: Daisy Ridley, Dave Merheje, Parvesh Cheena, Marcia DeBonis, Megan Stalter, Brittany O'Grady, Bree Elrod, Lauren Beveridge, Ayanna Berkshire, Sean Tarjyoto, Jeb Berrier, Rich Hinz.

    ¿Habrá sentimiento más contemporáneo que el ennui? Por su sonido afrancesado (o francés del todo, vaya) y el origen del término, que nos lleva hasta el siglo XIX, pudiera parecer que se trata de algo arcaico y obsoleto. Traducido literalmente al español nos saldría algo así como «aburrimiento», aunque en sus acepciones más ligadas a la filosofía, a la literatura e incluso a la propia historia, encontramos que se trata de una sensación o una forma de existir en el mundo mucho más profunda. Algo así como un desencanto colectivo, un sinsabor que lleva a una melancolía del ser. Con todo lo que ello implica, ¿no parece un concepto diseñado para hablar de nuestra sociedad, del aquí y ahora? Pensemos en esa distancia, que seguro habremos notado todas, enraizada en ese constante acribillamiento de estímulos, pantallas, formas y colores que es la actualidad. Medio disociadas, percibimos lo que nos rodea como una especie de amalgama ruidosa que, en el fondo, es la nada. Un aburrimiento vital, vamos a llamarlo así. Descubrimos entonces que, quizás sin saberlo, hemos coqueteado con el ennui. En eso, la opaca Fran, protagonista de Sometimes I Think About Dying, no es diferente a nosotras a pesar de que en su presentación sí se desmarca de las personas que le rodean, que vienen a ser principalmente sus compañeras de oficina. Ellas, en cambio, entran en el juego que implica trabajar en ese espacio, en un embrollo de tareas repetitivas que involucran hojas de cálculo, suministros de papelería y forzados rituales sociales. Entre ellos, por ejemplo, se encuentran las guasas ligeras en los pasillos al llegar por la mañana o las fiestecillas de jubilación, como la que da arranque al film. En ella ya queda claro que Fran es incapaz de participar de las bromas, de la cordialidad simpática y superficial que se establece entre compañeras. Y no solamente que es incapaz, sino que además no tiene ningún interés en esforzarse para participar de ello. De hecho, en cuanto consigue zafarse de la incómoda presencialidad obligatoria del evento, la volvemos a encontrar delante del ordenador, con la mirada perdida entre datos y números.

    Pero, ¿qué es lo que le pasa por la cabeza a nuestra protagonista? ¿Con qué ocupa esos vacíos que conlleva el hecho de no interaccionar socialmente con la gente de su alrededor? La respuesta es fácil, el título de la película nos da la pista. Fran convierte esos pensamientos intrusivos de escenarios posibles en los que morir, en los que matarse, en los que yacer muerta… en parte de su rutina. Conciliando una especie de vivir a dos tiempos, entre una realidad disociada y una fantasía suicida, la directora Rachel Lambert nos introduce este personaje encarnado en una extrañamente cautivadora Daisy Ridley (Rey en la última trilogía de La guerra de las Galaxias). Pero, aunque parezca que esa estructura mental con la que se ha ido construyendo la protagonista es irremediablemente sólida e impenetrable, Sometimes I Think About Dying irá encontrando grietas en ese ennui férreo que ha erigido a su alrededor. La primera rendija se abre cuando llega Robert (interpretado por el cómico de stand-up Dave Merheje), el sustituto de la recientemente jubilada Carol, con su humor campechano y ligeramente incómodo que encandila a toda la oficina. Incluyendo a Fran, a pesar de que en ella ese primer flechazo no luce como suele hacerlo en el cine romanticón, por razones obvias. Los encuentros y desencuentros entre Fran y Robert se mueven en una cuerda floja, siempre a camino entre el poder mostrar vulnerabilidad y conocer la vulnerabilidad del otro, una tesitura en la que Fran no se siente nada reconfortada, aunque quizás sea exactamente lo que necesita para sacudirse de ese desapego rutinario en el que anda hundida.

    En Sometimes I Think About Dying conviven muchos tonos y acercamientos, casi tantos como situaciones que conflictúan a la protagonista, pero en su forma se mantiene fría y lógica como ella. Los encuadres, rectos, bien compuestos, enmarcan y aíslan en partes iguales a Fran en sus bucles mentales. Junto a Robert e incluso ella misma, nosotras también sentimos la frustración de no poder llegar a entenderla del todo. O, peor, porque se nos da esa información para poder empezar a entenderla, a modo de visiones sobre lo que habita su mente pero, espectadoras, desautorizadas, sólo podemos ser testigo de su incapacidad de abrirse a Robert y, por extensión, al mundo. El argumento, que está basado y extraído de la obra de teatro Killers, de Kevin Armento, es primo hermano del de una serie que se encuentra en Netflix: Carol y el fin del mundo, creada por Dan Guterman. En sus puntos de unión (ese ennui de las protagonistas, la oficina como sitio de reunión y comunión, ese existencialismo que puede ser abrumador) se halla algo de luz sobre un ánimo que trasciende lo unipersonal y alcanza lo generacional.

    Aun así, cabe apuntar que, en el fondo, Sometimes I Think About Dying no quiere abandonarnos en un pozo de desespero y, en ciertos momentos, resulta una película muy tierna y bonita. Aunque incluya un discursito final sobre aprovechar los pequeños momentos de la vida, quizás algo redundante por lo que vamos viendo en el film y la progresión que hace Fran, al final nos encontramos ante un film-fábula sobre el día a día y sobre aprender a confiar en el otro. Apunta a algo así como que hay que querer y dejarse querer, aun siendo esta una de las experiencias más aterradoras de la vida (pudiendo una resultar herida o ridiculizada en el proceso), pero no deja de ser lo que al final le da sentido. Fran, a pesar de la desgana que le acompaña de forma inherente e inevitable, está deseosa de conexión y complicidad. Y, en eso, a pesar de lo abrumador de ser en el mundo, o justamente por ello, estamos todas juntas. ♦


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