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    Crítica | Historia de pastores

    || Críticas | Rotterdam 2024 | ★★★☆☆
    Historia de pastores
    Jaime Puertas
    Espacios vacíos


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    España. 2024. Título original: Historia de pastores. Dirección y guion: Jaime Puertas Castillo. Productora: Maria Riera Peris. Compañías productoras: Películas Maria, Elías Querejeta Zine Eskola. Fotografía: Alvar Riu Dolz. Edición: Gerard Borrás. Diseño de producción: Erik Rodíguez Fernández. Diseño de sonido: Sarah Romero. Música: Wang Lu. Intérpretes: Mari Marin, Antón Rodríguez, Yusuf Román. Duración: 80 minutos.

    Las formas en que el cine español se asoma al mundo rural son diversas; prácticamente ninguna con la hondura y significado de la mirada de Víctor Erice (El espíritu de la colmena, El sur) o José Luis Guerín (Los motivos de Berta). Afortunadamente cada vez son menos los acercamientos ridiculizantes del tardofranquismo latente. El campo y el pueblo como espacio de incultura y de brutalidad han quedado desterrados de nuestra filmografía, ahora prima una reivindicación arcádica de un espacio que se muere, si es que no lo está ya, casualmente dibujado por mujeres con ramificaciones hacia una infancia dulcificada que solo recuerda lo alegre y que no suele ahondar en más problemas que los económicos. La nueva moda amenaza con colapsar ante la inflación de títulos que repiten el esquema y parte del modelo mientras el espectador responda. Estiu 93, Alcarrás, 5 lobitos, 20000 especies de abejas, O corno, Secaderos, Libertad son exponente de ese acercamiento del cine español a lo rural, utilizando el espacio no urbanita para hablar, sobre todo, de la mujer, y de la maternidad, en ese ámbito. Es la tesis dominante del momento y la que más atracción periodística obtiene, surgiendo de una novedad se ha convertido en moda, con el problema inherente a toda moda.

    Hay una tercera vía, la más sugerente por arriesgada, aunque pueda convertirse en la más árida para el espectador porque rompe con las rutinas de la comodidad. El cineasta no se pliega al gusto de la mayoría y obliga a repensar las imágenes y su significado. El relato lineal se rompe, se fragmenta, estalla en derivas unas veces inexplicables y otras imprevisibles. El creador domina el relato y no deja que el relato se acomode al gusto de la mayoría que espera un desenlace conmovedor, una noria de emociones controladas y unos giros de guion que mantengan la expectativa hacia un final convenientemente dulce/dulcificado. Obviamente este cine es incompatible con el anterior, una incompatibilidad que lo condena al espacio del festival y lo expulsa de circuitos comerciales donde prima la alabanza de la mediocridad confortable. Esta incompatibilidad entre cines va en demérito de todos, resultando imposible la coexistencia el conocimiento de una sola de las opciones produce tuertos. El sistema actual impide la convivencia y el espectador se polariza despreciando la opción diferente. El riesgo de esta tercera vía produce fallos inevitables, pero el autocontrol de la segunda una monotonía exacerbada en imágenes y relatos, aunque cuando dentro del riesgo algo funciona la posibilidad de disfrutar de lo distinto disculpa las deficiencias y se eleva por encima de ese volumen de cine pensado solamente para gustar, o para no incomodar, y que se genera desde los famosos «pitch» que terminan imponiendo un perfil uniforme donde la creatividad del autor termina engullida en la superficialidad de la masa.

    Historia de pastores es imperfecta, por momentos errática y caótica, y sin embargo contiene momentos de indudables sentidos cinematográfico y poético que la dotan de personalidad e individualidad. Esta película seguiría la senda de Juan Palacios o de David Pantaleón, más discutible la de Oliver Laxe en O que arde o el Patiño de Costa da Morte pero pertenece a ese tipo de cine donde el espacio físico es algo mucho más profundo que un simple paisaje; un cine donde no se esconde la realidad de un mundo que fue y ahora languidece sin relevo y sin posibilidad de recuperación pero donde la tierra funciona como acumulación de estratos en la que se ha ido sedimentando nuestra historia capaz de salir a la luz simultáneamente y sin aviso. Esos cortijos abandonados, alquerías, fincas que la protagonista cartografía como esqueletos de la memoria no dejan de ser el funeral anticipado de lo que va a ocurrir en pocos años más: la desaparición completa de la civilización en la zona de Granada donde la acción se desarrolla en un futurista 2027, que más tiene de mirada hacia el pasado que hacia el futuro. Las eras y los estratos estallan, las visiones del espacio presente no pueden obviar la prehistórica presencia del hombre de Orce, los asentamientos íberos, los periodos de esplendor ganadero de los que ahora sólo quedan los restos del naufragio. De ahí que la película transite por el presente, el pasado, un futuro a base de I.A. que, personalmente, poco valor añade a la película si no es que le resta interés; todo ello sin solución de continuidad, arbitrariamente mezclado para que asumamos que somos consecuencia de muchos hechos y muchas épocas, que no estamos limitados a un tiempo y un momento. La película termina mezclando la realidad del cine de no ficción con la fábula futurista y hasta misteriosa con la búsqueda de esa leyenda de la finca que aparece y desaparece. Cada espectador podrá saborear el conjunto, disfrutar de las partes que le convenzan más o aborrecer la totalidad, pero no podrá negar encontrarse ante un cine diferente donde se le exige interpretar y no aceptar, inactivo, lo que ve. ♦


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