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    Crítica | Ferrari

    || Críticas | ★★★☆☆
    Ferrari
    Michael Mann
    El carro tirando del buey


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2023. Título original: Ferrari. Director: Michael Mann. Guion: Troy Kennedy Martin. Productores: Jomana Al Rashid, Mohammed Al Turki, Samuel J. Brown, Gianluigi Longinotti Buitoni, D.C. Cassidy, Adam Driver, Michael Mann, Michael Fisk, Adam Fogelson, Noah Fogelson. Productoras: Forward Pass, Storyteller Productions, Esme Grace Media/COIL, Ketchup Entertainment, Red Sea Film Fund, STX Entertainment. Fotografía: Erik Messerschmidt. Música: Daniel Pemberton. Montaje: Pietro Scalia. Reparto: Adam Driver, Penélope Cruz, Shailene Woodley, Giuseppe Festinese, Alessandro Cremona, Patrick Dempsey, Derek Hill, Gabriel Leone, Michele Savoia.

    El cine de Michael Mann tiene su talón de Aquiles en la comprensión y el tratamiento de las relaciones afectivas. Salvo quizá El último mohicano (The Last of the Mohicans, 1992) y Enemigos públicos (Public Enemies, 2009), y porque en ellas lo amoroso transita hacia lo romántico, en definitiva, aspira a un ideal, el resto de su filmografía flojea cuando se trata de retratar de manera compleja el lado humano de un individuo que ante todo es y se comporta como un profesional. Ahí sus películas se detienen de golpe, pierden interés e incluso hablan en otro idioma, puesto que el lenguaje visual se vuelve torpe y maniqueo, a un paso de la tv movie. Mann sufre cuando tiene que cerrar plano. Sin ser el desastre absoluto que algunas voces han proclamado, sí es cierto que Ferrari reúne los peores tics de ese Mann, podría decirse, íntimo y personal, el mismo que rompía el ritmo de Heat (1995) y Miami Vice (2006) cada vez que recurría a la vida afectiva de sus personajes para incluir escenas de transición.

    Considerando que dos tercios largos de su último largometraje se centran en la vida sentimental de Enzo Ferrari (Adam Driver), los aficionados al cine de Mann que hayan detectado antes esta debilidad sufrirán lo suyo. Pero el problema no es ese, o no solo. Los aficionados al motor que acudan al cine con la idea de ver un Rush (Ron Howard, 2013) o un Le Mans ’66 (Ford v Ferrari, James Mangold, 2019), esto es, con la esperanza de ver carreras de coches rodadas con nervio o entender mejor los inicios de la escudería italiana, también sufrirán porque de lo primero hay poco y de lo segundo, apenas un esbozo. Y el cinéfilo que espere un biopic a lo Tucker (Tucker: The Man and his Dream, Francis Ford Coppola, 1988), paradigma de cómo un cineasta puede usar a una figura real para hablar de uno mismo, otro tanto porque a la película le cuesta dios y ayuda arrancar alguna lectura contemporánea. Este panorama deja la película sin público, o peor, dándole a su posible público motivos para resoplar.

    No procede disparar al guionista, el fallecido Troy Kennedy Martin, cuyo libreto, a partir de una biografía de Enzo Ferrari escrita por Brock Yates, muestra su consabido talento para el diálogo y la concepción de escenas que suceden en paralelo. Por cierto, este guion se remonta diecisiete años atrás, cuando el proyecto estaba en manos de Sydney Pollack, un cineasta que sí sabía de afectos. La explicación al desatino de Ferrari reside en la dificultad de Mann para manejarse con personajes de carne y hueso en un tono abierta y puramente emotivo. En la relación de Enzo con Lina (Shailene Woodley) se nota aún más si cabe porque la composición de ella es discutible; nunca convence como amante en la sombra. Pero con Laura (Penélope Cruz), uno de los mejores papeles que ha caído en las manos de la actriz española y una de sus interpretaciones más cargada de matices, no hay excusas que valgan. Simplemente, Mann no se encuentra cómodo en un registro tan cercano al melodrama, que exige una retórica que puntúe, sin subrayarlo, el guion literario. En las distancias cortas al cineasta le faltan ideas y recursos visuales, y ni siquiera unos soberbios Driver y Cruz alcanzan para salvar los momentos de tensión afectiva. Por no haber, no hay ni un mínimo de progresión dramática entre el trío protagonista. Se evita incluso un cara a cara entre la esposa y la amante en la casa de Castelfranco, cuando la construcción de esta escena dirigía precisamente a ello.

    En torno a esa doble relación amorosa se va tejiendo el tapiz del Ferrari ingeniero, el Sabio de Maranello, que constituía a priori el espacio de la película en el que Mann brillaría como lo que es: un magnífico director de escenas de acción ensambladas en paralelo. Tampoco en esta ocasión ha estado acertado. Sorprende, de hecho, que un técnico tan hábil como él haya solventado las escenas automovilísticas con una planificación convencional y predecible. En primera instancia, y por lo que sugiere el prólogo en blanco y negro, podría parecer que la intención de Mann hubiera sido imitar la realización de las antiguas carreras de coches en los años cincuenta, que se retransmitían con cámaras sujetas a un eje que practicaban barridos sobre cada tramo del circuito. Sin embargo, esta idea queda descartada en cuanto el director emplea drones y sube la cámara a los autos para ofrecer imágenes subjetivas.

    El resultado es una rara mezcla entre un documental de automoción, un anuncio comercial y un vídeo corporativo de Ferrari. En ningún momento se siente el vértigo de la velocidad ni el miedo de aquellos pilotos, desprovistos de cualquier sistema de seguridad al volante, a perder la vida. Únicamente en el último cuarto de hora, tras el accidente que sufre Alfonso de Portago (Gabriel Leone), Mann da la impresión de saber qué película quería hacer. Es entonces y solo entonces cuando el mito de Ferrari –el orgullo, la soberbia y la temeridad de un egoísta forjados en metal rojo sangre– cobra vida en tres secuencias maestras. Tres acelerones que se olvidan del Ferrari amante y esposo para retratar al Ferrari profesional. Con esa figura sí es capaz de entenderse Mann, otro profesional al que le estorba cualquier sentimiento que no provenga de su oficio. Aunque tarde, en esa última curva del metraje llega la lucidez y el riesgo. Las imágenes: un cuerpo seccionado por la mitad, un amasijo de hierros, una mujer consumida en sus propias sombras y un hombre al que solo se le ocurre salir a pasear con su hijo al cementerio. ♦


    «El resultado es una rara mezcla entre un documental de automoción, un anuncio comercial y un vídeo corporativo de Ferrari. En ningún momento se siente el vértigo de la velocidad ni el miedo de aquellos pilotos, desprovistos de cualquier sistema de seguridad al volante, a perder la vida».



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