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    Crítica | Sueños y pan

    || Críticas | Atlántida Film Fest 2023 | ★★★★☆
    Sueños y pan
    Luis (Soto) Muñoz
    Jóvenes con esperanza


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    España, 2023. Dirección: Luis (Soto) Muñoz. Guion: Luis (Soto) Muñoz. Producción: Daniel Peña y Alejandro González Clemente. Fotografía: Joaquín García-Riestra Guhl. Montaje: Luis (Soto) Muñoz. Dirección artística: Paola Travieso. Reparto: George Steane, Javier de Luis González, Mario Saura, Cristina Masoni, Ion Lewin Colomber. Duración: 95 minutos.

    Lanzarse a la calle, con pocos medios y equipos reducidos, para grabar directamente en la localización que se haya elegido, con sus eclécticos e insospechados referentes, facilita en cierto modo la producción de una película. Se coloca la cámara en un sitio en que no estorbe, donde la luz natural u otra fuente de luminosidad ya disponible sea suficiente, y desde donde se pueda captar toda la acción que discurra, naturalmente, por su encuadre. No se pueden controlar la fotografía o el sonido igual que entre las cuatro paredes opacas e insonorizadas de un plató, pero, a cambio, hace falta mucho menos presupuesto y se pueden aprovechar los elementos ya existentes para componer el plano. Por ello defendieron este sistema los promotores de la Nouvelle Vague, entre otras corrientes que buscaban una mayor libertad creativa, en condiciones más democráticas que las rígidas y costosas impuestas por los grandes estudios. En este sentido, es sin duda una opción adecuada para quienes se aventuran con su primera incursión en el mundo del largometraje, ya que, salvo excepciones, disponen también de pocos apoyos y aún no están integrados en la industria cinematográfica. En las escuelas de cine se suele enseñar a rodar tanto en estudio como fuera del mismo, pero una vez fuera de la escuela no se dispone de su tutela y sus instalaciones, por lo que queda la única opción del apartamento, la calle u otros escenarios naturales que no requieran de especial adecuación para acoger el rodaje en cuestión, ni siquiera de los permisos de rigor o de la movilización de mucha gente.

    Sueños y pan es la ópera prima de Luis Muñoz, diplomado por la escuela TAI de Madrid, de la que provienen igualmente otros miembros del equipo, en particular el protagonista George Steane. Todos ellos se han juntado para esta película, rodada sobre todo en los exteriores periféricos de la capital, aunque también en algunos interiores, como un piso o una pequeña galería (o cuarto que simula serlo). Como resume el propio cineasta al comienzo de su obra, lidera un grupo de amigos que han decidido contar esta historia, aun siendo conscientes de sus muchos límites y falta de recursos. Sus medios han sido entonces muy escasos, pero un uso inteligente de la fotografía contrarresta prácticamente cualquier atisbo de precariedad en la producción, resultando en un acabado muy profesional. Esta fotografía corre a cargo de Joaquín García-Riestra Guhl, y destaca por dos extremos. Por un lado, el blanco y negro, constante a lo largo de todo el metraje, es una opción estética acorde a la mezcla de marginalidad y lirismo de la narración, pero, además, desde este punto de vista de la economía de medios, permite que la imagen se libere de los contrastes y detalles del color, para cuya correcta plasmación habrían sido necesarios una cámara, unos focos y en general una puesta en escena mucho más elaborada. Por otro, las posiciones de cámara, lo suficientemente variadas como para evitar la monotonía de la planificación, ciñen los encuadres de tal forma que las contadas localizaciones parecen más completas y diversas (en particular, el mentado piso o algunos de los exteriores), optando por determinados ángulos y tamaños que, en pocos planos, ofrecen una perspectiva satisfactoria, en cuanto a su plenitud, del escenario.

    Hemos empezado poniendo de relieve este apartado técnico porque es lo más llamativo al tratarse de una ópera prima, donde más a menudo puede fallar, a diferencia del guion o la interpretación cuya calidad no está tan asociada al presupuesto. A partir de ahí, el fondo dramático está aquí bien explotado. De hecho, ya desde sus primeros compases resulta notable el desparpajo y el saber hacer de Muñoz y García-Riestra, arrancando con una larga toma en movimiento enfocada en los pies de los dos personajes principales, por lo que desde el principio se esboza su interpretación como dos chicos representativos de otros muchos de su clase social o procedencia, en cierto modo anónimos en el seno de ese colectivo, y al mismo tiempo representa su voluntad de cambio, su afán de desplazarse siempre de un lugar a otro. Se llaman Javi (Javier de Luis González) y Dani (Steane), dos jóvenes que comparten piso con una drogadicta y su hijo y que sobreviven a base de hurtos y otras fechorías. La historia no se recrea en esta sordidez, al margen de una breve escena de la chica pinchándose heroína, pero con un montaje casi poético que contrarresta su desolación, al ponerlo en paralelo con el comportamiento desenfadado de los otros tres personajes. Los dos principales, en concreto, centran el grueso de la narración en sus correrías y desventuras, emprendidas eso sí con optimismo. Cuando uno de ellos cae en el desánimo, el otro pronto sale al rescate, y las últimas escenas revelan una indudable esperanza. En ello juega también un importante papel el carisma de Dani, y el actor que lo interpreta muestra un dominio sorprendente de registros, de tal manera que el espectador nunca puede apartar de él su mirada. La fotografía no es pues lo único sugerente que puede verse en la pantalla, ya que Sueños y pan encuentra un delicado y afortunado equilibrio entre entorno e individuo. Dicho de otra manera, el paisaje urbano aquí retratado cobra un especial relieve para entender e impulsar las acciones del personaje, pero también es la actitud y la mirada de este la que dota de un significado nuevo a lo que le rodea. Por ello decíamos que son jóvenes inconformistas, rebeldes con causa, hasta exponentes de una generación que se creía perdida, pero con ganas de hacer el bien dentro del humilde, casi hostil microcosmos en que habitan, lo que a su vez implica cambiar ese contexto. Con todo ello, la cinta es fiel a sus referentes, reconocidos por el realizador (así el primer cine social de Buñuel o Saura, sin olvidar esa influencia más o menos consciente de la Nouvelle Vague), si bien estos se estrenaron en una época en que el blanco y negro era la regla. Ahora el blanco y negro se recupera para visualizar una realidad moderna, aunque muchas cosas en ella todavía están pendientes de evolución.


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