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La patria perdida
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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | La jauría

    || Críticas | ★★★★☆
    La jauría
    Andrés Ramírez Pulido
    Como perros salvajes


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Colombia, 2022. Título original: La jauría. Dirección: Andrés Ramírez Pulido. Guion: Andrés Ramírez Pulido. Música: Pierre Desprats. Fotografía: Balthazar Lab. Reparto: Jhojan Estiven Jimenez, Maicol Andrés Jimenez, Miguel Viera, Diego Rincon, Carlos Steven Blanco, Ricardo Alberto Parra, Marleyda Soto, Jhoani Barreto, Wismer Vasquez.

    El retrato de unas raíces envenenadas de odio, rencor y soledad que, por haber crecido salvajes en un campo vacío, terminan siendo los cimientos de un bosque en el que la ausencia de luz imposibilita el asentamiento de otros seres vivos, eso es lo que filma de forma tan cruda como turbia el debutante Andrés Ramírez Pulido en La jauría, cinta con la que ganó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en la pasada edición del Festival de Cannes.

    La película narra la historia de Eliú (Jhojan Estiven Jimenez), un joven colombiano de dieciséis años que tras asesinar, con la ayuda de su amigo El Mono (Maicol Andrés Jimenez), a un hombre al que ebrio de alcohol y venganza había confundido con su padre, termina recluido en un centro de menores viejo y putrefacto situado en mitad de la jungla. Allí, Álvaro (Miguel Viera) y Godoy (Diego Rincon), los jefes al mando, le someten a un estricto programa de rehabilitación que consiste en trabajar de sol a sol en condiciones inhumanas, comer cada tres o cuatro días, dormir en unas tablas de madera que cubren la ausencia de camas decentes y practicar una meditación entre religiosa e iluminada cuya finalidad es limpiar el pecado de su alma. Así, al mismo tiempo que aprende a vendar con silencio y resignación las heridas provocadas por los crueles tratos que sufre, va masticando el desprecio que siente por su padre, digiriendo los remordimientos que le atormentan, buscando una forma de librarse de su pasado, de obtener la libertad.

    Fue Bukowski quien escribió: «Vemos lo que vemos: / los manicomios no suelen / estar a la vista. / Que sigamos caminando y / nos rasquemos y encendamos / cigarrillos / es más milagroso / que las sirenas de playa / que las rosas y las mariposas. / Sentarse en un cuartito / y beber una lata de cerveza / y liar un cigarrillo / escuchando a Brahms / en una pequeña radio roja / es haber vuelto con vida / de una docena / de guerras». Estos versos encapsulan a la perfección tanto el planteamiento como la atmósfera de una cinta que tiene varias capas de lectura. A grandes rasgos se podría decir que la idea Ramírez Pulido es hacer la radiografía más diáfana de algo tan oscuro como el dolor y la culpa, saltar sin red al vacío interior de un chico que es la sinécdoque de gran parte de los jóvenes que pueblan las zonas más desfavorecidas de Colombia para bucear en su desasosiego con la intención de encontrar una válvula que pueda liberarlo. No se trata tanto de encontrar el germen del odio que el protagonista profesa hacia su padre, sino de retratar el contexto social del que proviene para que sea este, el espacio donde se crio y las circunstancias en las que lo hizo, el que le explique a él, a todos.

    De esta forma, La jauría va creciendo en cada silencio obligado, en cada conversación aparentemente banal, en cada mirada de ira o incertidumbre, hasta captar la fugacidad de la juventud perdida, hasta adquirir el caótico calor del retrato generacional. De una generación, eso sí, condenada a tropezar con la misma piedra que sus antecesores, a manchar de sangre un suelo por el que caminarán sus sucesores. No hay nadie que tenga la oportunidad de salir de ese círculo vicioso que absorbe a las personas poco a poco, que va limitando sus posibilidades de futuro hasta hacerlo desaparecer, que asfixia su horizonte y, de paso, cualquier tipo de aspiraciones que puedan tener. Eliú, el protagonista, el hombre al que asesina, conocido en el pueblo por su alcoholismo, su lujuria y su talento para pasar droga, e incluso su hermano pequeño, que cree en el enfrentamiento constante como única forma de ganarse el respeto de su círculo, son víctimas y verdugos en un sistema en el que el crimen y la furia son herramientas fundamentales para la supervivencia. Por otro lado, la película le presenta al espectador una serie de dilemas morales y preguntas incómodas de la forma más brillante posible; las situaciones ambiguas se pasean por la pantalla sin ningún tipo de pudor, rompiendo estigmas y derribando conciencias dormidas, pero sin que el director las manche con cualquier tipo de valoración personal. La escena en la que se revela el conflicto de intereses que hay entre el jefe del centro, que quiere ayudar a los chavales para que cambien de rumbo, y el mecenas que lo financia, que ve a los presos como mano de obra barata, le sirve Andrés Ramírez Pulido para levantar acta de sentencia.

    Y es ese enfrentamiento constante de ideas, filosóficas, morales y vitales, el que hace que la puesta en escena se mueva entre el realismo desgarrador de Rossellini y la poesía visual de Pasolini, naciendo de dicho cruce unas imágenes selváticas tan inquietantes como fascinantes —que a ratos recuerdan a La ciénaga de Lucrecia Martel. El director, por tanto, encuentra el lirismo de un ambiente oscuro y por momentos desconcertante en el que sólo al final, cuando la razón ha dominado mínimamente a la emoción, cuando han vuelto con vida de una docena de guerras, parece haber algo de esperanza, algo de futuro para esos chicos envenenados de odio, rencor y soledad que han crecido salvajes y sin referencias en un entorno hostil.


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