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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | El zorro

    || Críticas | ★★★★☆
    El zorro
    Adrian Goiginger
    Amar en tiempos de guerra


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Austria, 2022.Título original: «Der Fuchs». Director: Adrian Goiginger. Guion: Adrian Goiginger. Producción: Malte Can, Hana Geißendörfer, Adrian Goiginger, Gerrit Klein, Thomas Pridnig, Peter Wildling, Peter Wirthensohn. Productoras: Coproducción Austria-Alemania, 2010 Entertainment, Geißendörfer Pictures, Giganten Film Produktions, Lotus Film. Fotografía: Yoshi Heimrath, Paul Sprinz. Música: Arash Safaian. Montaje: Simon Blasi. Reparto: Simon Morzé, Adriane Gradziel, Karl Markovics, Cornelius Obonya, Joseph Stoisits.

    A simple vista, una obra como El zorropuede ser despachada, a la ligera, como una cinta bélica más, que explora los horrores y el sinsentido de la guerra. También, como el típico drama con amistad entre el protagonista humano y un adorable animal, de esos diseñados para sacar la lágrima fácil de todo espectador con un mínimo de sensibilidad. Pero no, esto no es War Horse (Steven Spielberg, 2011). Algo de todo ello hay, pero el tercer largometraje del director austriaco Adrian Goiginger esconde algo mucho más especial que todo eso, siendo esos ingredientes –la II Guerra Mundial y el zorro que da título a la cinta– dos excusas para hablar de lo complejo y contradictorio de las relaciones humanas. Para este primer trabajo suyo que se estrena en España, el cineasta recurre a las consabidas “batallitas de los abuelos” para poner en imágenes una curiosa experiencia vivida por su bisabuelo Franz Streitberger, durante su incursión en la contienda, en las filas de las fuerzas armadas nazis, o cómo la aparición de un pequeño zorro herido, en mitad del bosque, cambió su vida para siempre. Y es que dos seres, a priori tan diferentes entre sí, comparten una condición de orfandad que hace que, entre ellos, se establezca una conexión especial desde el primer momento en que cruzan sus caminos. Los primeros compases de El zorro nos trasladan a la difícil infancia de Franz, en un ambiente rural, en medio de las montañas, donde la escasa comida no llega para llenar el estómago de una familia demasiado numerosa para la precariedad económica en la que vive. Asistimos a una triste realidad de aquella Europa de los años 20, hundida en la miseria tras el paso de la Primera Guerra Mundial, con una sufrida madre de familia racionando como puede cada migaja de pan o cada patata para que todos tengan algo que llevarse a la boca. También cómo la insuficiente alimentación comienza a debilitar la salud del niño, hasta el punto de que a su padre no le quede otra opción (por muy radical y desesperada que pueda parecer) que la de entregar a su hijo a una familia con más recursos, asegurándole así, al menos, tener un futuro que su propia familia no puede ofrecerle.

    Un prólogo costumbrista y pausado, que regala una reveladora conversación entre padre e hijo sobre la Muerte. Mientras el chaval confiesa temerla, el progenitor le cuenta una historia que habla de cómo se puede negociar con la Muerte para que te regale unos años más de vida, justo hasta que se esté preparado para abandonar este mundo, después de haberlo experimentado todo. Un momento íntimo y conmovedor, maravillosamente captado por la hermosa fotografía de Yoshi Heimrath y Paul Sprinz, que cobrará gran significado en el desenlace de la película. Después de mostrar el duro momento de la forzada separación de Franz del seno familiar, la película se detiene en 1941, con el protagonista ya convertido en un joven introvertido, con acentuados problemas para relacionarse con los demás y, mucho menos, establecer vínculos afectivos con nadie. Ha crecido atormentado por no entender cómo sus padres pudieron abandonarlo y escribe una carta destinada al progenitor que nunca encuentra las fuerzas para enviar. Desde el momento en que la Wehrmacht le recluta como mensajero en motocicleta con sidecar para el ejército austriaco, conocemos la atormentada personalidad de Franz, sus baldíos intentos por integrarse entre sus compañeros de filas –con alguna amistad superficial– y el modo en que parece abstraerse del conflicto bélico, buscando momentos de soledad en ese bosque donde el llanto de un animalillo herido, que también ha perdido a su madre, atrae su atención y decide convertirlo en su improvisado compañero de aventuras. El filme de Goiginger dedica más tiempo a poner en imágenes las constantes peripecias del protagonista por tratar de ocultar la presencia del zorro ante sus superiores y demás soldados, que en mostrar la guerra, desarrollada, en su mayor pare, fuera de campo, y mostrando solo leves pinceladas del horror, como esa imagen de la niña muerta o el hermoso instante en que Franz ve el mar por primera vez, transformado, a continuación, en una imagen de pesadilla, cuando la marea arrastra multitud de cadáveres hasta la orilla. También hay espacio en la historia para el primer amor, representado en una joven francesa que acoge a Franz y a su zorro bajo su techo, aunque su relación sea complicada por las circunstancias que rodean a la improbable pareja.

    «Una pequeña joya que merece ser descubierta»


    La película no pretende ser política ni realizar juicios de valores. No trata de humanizar la figura de los soldados nazis, pero presenta a estos jóvenes como personas sedientas de venganza contra unos franceses a los que culpabilizan del hambre sufrido por sus familias, décadas atrás. En el caso de Franz, prefiere centrarse en su faceta más humana, aquella que le hace acoger bajo su protección a un animal huérfano como él o encariñarse de una chica, por encima de su nacionalidad. Podría parecer que esta información ofrecida por la película es partidista, blanqueando la figura de un nazi, por mucho que su director se defienda que su abuelo no tenía ninguna inclinación política y que su incorporación al ejército se debió a un ejercicio de supervivencia, que le aseguraba comida. Pero lo cierto es que El zorro consigue que el espectador empatice en todo momento con Franz, con su soledad, su sentimiento de abandono y en cómo su labor de proteger al zorro durante algo más de un año, consigue que logre entender a su padre en cómo y por qué actuó como lo hizo. La magnífica interpretación del joven Simon Morzé en la piel del protagonista resulta clave para que suframos cada minuto con él, hasta que, antes de partir hacia el frente ruso, se vea obligado a tomar esa dura decisión que servirá para hacer las paces con su pasado. Una escena emocionantísima, capaz de arrancar lágrimas de impotencia, que es solo un preludio de un epílogo igualmente conmovedor (y mucho más sutil), que entronca perfectamente con ese relato que, sobre la Muerte, su padre le contó a pie de cama. Hay que reconocer que el realizador ha sabido hacer una película muy emotiva, que toca el corazón sin necesidad de caer en sentimentalismos baratos, en la mayoría de las situaciones. Se agradece el clasicismo de la puesta en escena y que el zorro que acompaña a Franz no haya sido fruto del CGI, lo que le da más realismo a su tierna presencia. La maravillosa partitura musical de Arash Safaian contribuye también a acentuar el dramatismo de una película de guerra cuyo tema central no es el odio ni la muerte, sino el amor, la empatía y la curación de las heridas del alma. Una pequeña joya que merece ser descubierta.


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