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    Crítica | El pacto (The Covenant)

    || Críticas | Amazon Prime Video | ★★☆☆☆
    El pacto
    Guy Ritchie
    Happy Hunting


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    Reino Unido / España / EE.UU. 2023. Título original: Guy Ritchie’s The Covenant. Director: Guy Ritchie. Guion: Guy Ritchie, Ivan Atkinson, Marn Davies. Productores: Silvia Araez Guzmán, Ivan Atkinson, Josh Berger, Siobhan Boyes, María Cabello, Olga Filipuk, Guy Ritchie, Adam Fogelson, John Friedberg, Beau Harrington, Max Keene, Carlos Ruiz Boceta, Robert Simonds, Samantha Waite. Productoras: Fresco Film Services, STX Films, Toff Guy Films. Fotografía: Ed Wild. Música: Christopher Benstead. Montaje: James Herbert. Reparto: Jake Gyllenhaal, Dar Salim, Sean Sagar, Jonny Lee Miller, Alexander Ludwig, Jason Wong, Rhys Yates, Antony Starr, Emily Beecham.

    Con ojo y medio puesto en El último superviviente (Lone Survivor, Peter Berg, 2013) y el otro medio en Redacted (Brian de Palma, 2007), Guy Ritchie propone su particular versión de la presencia norteamericana en Afganistán, tras los atentados del 11S, con una película acosada por las urgencias. Como buena parte de sus últimos títulos, El pacto, a través de su factura, da la sensación de que Ritchie rueda demasiado rápido, se queda con primeras tomas (véanse los diálogos entre Jake Gyllenhaal y Emily Beecham) y rellena agujeros de guion con flashbacks torpemente montados (por ejemplo, la secuencia en que Gyllenhaal recuerda su periplo por las montañas de Afganistán). Aunque siempre fue un cineasta enfebrecido y algo descuidado, esta deriva, cuyos primeros síntomas ya eran visibles en Rey Arturo: La leyenda de Excálibur (King Arthur: Legend of the Sword, 2007), está alcanzando preocupantes niveles de manierismo. Por momentos, El pacto parece la obra de un admirador de Ritchie tratando de imitar al auténtico Ritchie.

    Una muestra sangrante, aunque hay muchas más, la constituye la presentación del pelotón que manda el sargento John Kinley (Gyllenhaal), en la primera y endeble secuencia inicial de la película. Confusa, por mal planificada y montada, no logra un retrato certero de los hombres a quienes el público va a acompañar durante la siguiente media hora. Si acaso, solo Gyllenhaal impone su presencia, pero por una mera cuestión de fotogenia respecto al resto de protagonistas. En los viejos tiempos, y es irremediable acordarse de Lock & Stock (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998) y Snatch (2000), Ritchie era capaz de trazar un primer esbozo de sus personajes mediante una apariencia singular, un par de frases y un gesto significativo de carácter. No es el caso de El pacto, en la que para colmo, y esto también le viene ocurriendo desde Rey Arturo, Ritchie acusa un casting irregular, sin química, apenas salvado por un Gyllenhaal con el piloto automático puesto y, sobre todo, Dar Salim, quien da vida a Ahmed, el intérprete afgano que acompaña al pelotón. Más de media película recae, literalmente, sobre sus hombros.

    El tercer lastre es el escenario, o más bien el poco provecho que se saca de él. Por lógica, ninguna película sobre la guerra de Estados Unidos contra los talibanes ha podido filmarse en tierras afganas, lo que ha obligado a los equipos de producción a buscar localizaciones alternativas verosímiles, generalmente en regiones de California y Nuevo México. Alicante es el Afganistán de Guy Ritchie. Y eso se nota y pesa, fundamentalmente por la manía de utilizar drones para filmar las escenas de acción y tomar vistas panorámicas de casi todo. Consecuencia directa: al abrir ángulo el paisaje revela sus limitaciones, así que el equipo de postproducción tiene que tirar de CGI para recrear lo que allí por naturaleza no existe. Las “montañas” que rodean la base aérea de Bagram presentan un acabado tan deficiente, que alteran la perspectiva natural de la imagen en relación con las tropas y los aviones que aparecen en primer plano. De la misma manera, cada desfiladero, cada remonte, cada cueva y cada bosquecillo donde se desarrolla la historia enseña su indisimulable cara mediterránea cuando los drones los fotografían con ángulos superiores a 120 grados. El clímax, que se sitúa en ¡una presa!, es el culmen de este despropósito; una escena en la que además queda patente la pobreza de medios militares con los que ha contado la producción. Para ser su principal referente, poco o nada se han fijado los responsables de El pacto en el inteligente uso de la naturaleza que propone Peter Berg en El último superviviente.

    Estas consideraciones ponen de manifiesto, una vez más en parte del cine de género que se despacha hoy día, que si una película no está bien hecha o no responde a unos mínimos de calidad en sus aspectos narrativos esenciales, da igual que el discurso sea bienintencionado o necesario. Sin atención estética no hay lección ética, porque entonces la imagen no dice nada. Y el cine, hasta nuevo aviso, iba de crear imágenes que nos asaltaran como preguntas, dudas, promesas, deseos. La aridez visual de El pacto es el resultado de escribir y filmar un relato denotativo, más allá de sus evidentes limitaciones presupuestarias. Prueba de ello son las frecuentes explicaciones y sobre-explicaciones que, bien insertas en diálogos de teleserie, bien en secuencias repetitivas ad nauseam, como la que ilustra los desvelos de John por conseguir los visados para Ahmed y su familia, le dicen al espectador lo que este debe pensar, como si no hubiera quedado claro desde los sobretítulos que abren la película. El pacto termina, por supuesto, con más sobretítulos aleccionadores.

    Con todo, la noticia más negativa de este trabajo es su nulo nervio dramático. Como la actuación del propio Gyllenhaal, estamos ante un filme anestesiado en el que no hay rastro de tensión ni en las escenas íntimas (emotividad de telefilm) ni en las bélicas (previsibles), por lo que el fondo de la cuestión –el desamparo en el que se encuentran los intérpretes afganos que sirvieron al ejército de Estados Unidos durante los veinte años de ocupación– termina siendo más una excusa argumental que un motivo de reflexión. Bien pensado, el cine de Ritchie nunca ha sido otra cosa, pero sí solía ser divertido.


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