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    Crítica | Irati

    || Críticas | ★★★☆☆
    Irati
    Paul Urkijo Alijo
    Si la tierra sangra, sangramos


    Alicia Rambla
    Madrid |

    ficha técnica:
    España, 2022, Título original: Irati. Dirección: Paul Urkijo Alijo. Guion: Paul Urkijo Alijo. Música: Maite Arroitajauregi, Aránzazu Calleja. Fotografía: Gorka Gómez Andreu. Montaje: Elena Ruiz. Producción: Iñaki Buruchaga, Joanjo Landa y Paul Urkijo. Reparto: Edurne Azkarate, Eneko Sagardoy, Itziar Ituño, Nagore Aranburu, Elena Ruíz, Iosu Eguskiza, Kepa Errasti, Iñaki Beraetxe, Iñigo Aranbarri, Ramón Agirre, Miren Tirapu, Aitor Barandiaran, Gaizka Txamizo, Patxi Bisquert, Karlos Arguiñano, Iñigo Aranburu. Duración: 111 minutos.

    Cuenta la leyenda que en la selva de Irati habitan todo tipo de seres. Según el refrán vasco-navarro «todo lo que tiene nombre existe» («Izena duen guzia da»). En sus cuevas se refugia la diosa Mari, la Madre Tierra, encargada de conservar su verde tesoro. Las lamias son sus descendientes, unas sirenas de montaña con cuerpo de humanas y patas de lagarto, pato o gallina. En este ecosistema también coexisten seres malignos. Mari otorgó protección a quienes se adentraran en sus raíces a través de la flor de cardo. Un error de cálculo no le permitió ahuyentar al ser más peligroso, que destruye todo eso que permanece en su campo de visión: el hombre. Que convierte todo eso que era salvia y alimento para la tierra en sangre. Irati bebe de todas estas leyendas para hacerlas verdaderas en un mundo, el monoteísta, que ya no sueña.

    La película se ambienta en el siglo VIII d.C. en el Pirineo navarro, tras la victoria de la batalla de Roncesvalles por parte de los vascones contra el imperio carolingio. Eneko, el hijo de un noble vascón, promete a su padre proteger el valle de cualquier enemigo. Años más tarde, el protagonista descubrirá que el cuerpo de su padre fue enterrado de forma pagana junto al tesoro de Carlomagno, y eso inicia la búsqueda del cadáver para darle sepultura en la fe cristiana y así legitimar su jurisdicción. Irati, una joven pagana, será la encargada de acompañarle en el desafío para, además, enseñarle que el padre que creía conocer mantenía creencias y tradiciones ancestrales consideradas herejía para su pueblo.

    Como el cómic El ciclo de Irati de J. L. Landa y J. Muñoz en el que se basa, Irati rescata todas esas tradiciones y creencias desarrolladas antes de la llegada del cristianismo: lo mal llamado pagano, reduccionismo de «todo aquello que no es cristiano». Ese universo mitológico tan rico da lugar a una producción épica local, algo no muy común en territorio español. Luce como una gran producción sin serlo. Pero su gran hallazgo es que, en su épica e historia grandilocuente, se encuentra una pequeña historia de amor, hija del «amor cortés» medieval. Porque en el fondo, no trabaja tanto el arte de la guerra como el arte de amar. No por ello deja de ser un cantar de gesta al uso, con todos sus tropos sobre el honor, la lealtad con el pueblo, el amor, la fe… La forma literaria, además, es aludida al inicio de la película, cuando se recrea libremente la parte del Cantar de Roncesvalles que narra la victoria de los vascones en la batalla. Y es cuando la película parece adentrarse en todo ese bosque de conceptos cuando más se aleja de ellos. En Irati la lealtad viaja en direcciones contrarias: la lealtad a la fe del pueblo en contra de la lealtad a la fe del padre de Eneko, que descubre que la palabra Dios es mucho más compleja que como la nombra el pueblo cristiano.

    En su conceptualización de la fe y su contexto mitológico, la película está muy bien anclada, pero también es cierto que los clichés de su planificación clásica agotan su universo. Contrapicados y picados ligados al poder, grandes planos de situación o planos-contraplanos en conversación bajan la marcha a la maquinaria para la que estaba visualmente preparado el filme. Estas puntualizaciones aparte, las películas son lo que son y no lo que podrían haber sido, y lo que es Irati ya es mucho. Lo que contiene es más importante que cómo lo dice, ya que en sí podría ser un documento historiográfico, el credo de la selva de Irati, siguiendo la tradición juglar para traspasar el conocimiento a las generaciones venideras con tal de que no se pierda la historia por el camino. Asimismo, Irati conjuga una fábula, heredera de la cultura celta, sobre por qué es necesario cuidar la tierra que se pisa y cómo esta en caso de no hacerlo está legitimada para vengarse. En los tiempos que corren, nunca está de más recordarlo. Si la tierra sangra, todes sangramos.


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