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    Crítica | The life after

    || Críticas | Mostra de Valencia 2022 | ★★★☆☆ |
    The life after
    Anis Djaad
    Las leyes del cielo, las leyes del mar


    Aarón Rodríguez Serrano
    Valencia|

    ficha técnica:
    Argelia, 2021. Título original: La vie d´Après. Dirección y guion: Anis Djaad. Fotografía: Ahmed Talantikite. Montaje: Valérie Pico. Reparto: Djemel Barek, Ahmed Belmoumane, Lydia Larini, Samir El Hakim. Producción: Alegria Production. Duración: 105 minutos.

    Hace relativamente poco unas celebradas figuras del podcasting nacional levantaron una pequeña polémica a propósito de la celebración acrítica del mundo rural que estamos viviendo en nuestros días. Que hay una España vaciada con serios problemas de supervivencia y que habrá un desolador impacto climático, económico, social y cultural sobre ella es algo que queda fuera de toda duda. Que, por otro lado, esa suerte de postalita edulcorada sobre el retorno nostálgico a las tradiciones, la vida en el campo, la unidad familiar sin fisuras y las canciones de siega tiene un más que sospechoso tufillo reaccionario, también. Claro que nos gustaría creer en esas exquisitas dietas naturales, en los amores de verano en las ferias en la plaza, en la comunión profunda con la tierra y su genealogía. Y, sin embargo, los que hemos vivido alguna temporada en algunos pueblos del interior también sabemos de algunas otras tradiciones elididas en esos relatos como el caciquismo rampante, la paliza y el insulto a la alteridad y las ganas de comadrear tras las persianas para poner verde a cualquier persona que pase por la calle.

    De ahí que los primeros veinte minutos de The life after (Anis Djaad, 2021) sean portentosos para mostrar el poder de una simple habladuría, un rumor, una maldición susurrada en un esquinazo. Cada vez que se cita la sacrosanta tradición alguien afila una navaja o comprueba el cargador de una pistola. Cada vez que se exige la más absoluta de las purezas (racial, religiosa, moral) alguien está deseando cavar una fosa. Matar de odio, matar de hambre, matar de desprecio, son tres tipos de muertes que sobrevuelan la cinta de Djaad pero que conocemos muy bien en España.

    La referencia a nuestro país no es, por cierto, baladí. Los protagonistas de la película fantasean con escapar de Argelia y desembocar en nuestra costa. Imposible no escapar de ese pequeño estremecimiento, esa palabra —España— que en los labios de los Otros suena como un paraíso exótico y absurdo, como en las películas de ciencia ficción en las que se promete una colonia salvadora, una instalación a la que huir del mal, una nave que todavía tiene algo de gasolina y que permitirá el despegue. Nosotros somos el sueño, y sin embargo, The life after es una especie de espejo oscurecido en el que rascamos la superficie desesperadamente porque nos reconocemos. España es aquí de nuevo el fuera de campo, pero qué situación tan extraña la de tener que leer una película desde el otro lado de la tramoya.

    Dos líneas narrativas opuestas, por tanto: la de un pueblo enfurecido que gusta de coleccionar cadáveres que se quitan la vida en los campos que cultivan para el patrón y la de un país poco acogedor que necesita recolectores para que sus patrones prometan otra vida mejor a propios y extraños. En el medio, una mujer y su hijo que avanzan por el relato dando bandazos y sufriendo todo tipo de abusos y tropelías. Djaad hace un esfuerzo serio por salvarles, otorgando a la película pequeños pero valiosos espacios de respiro (temático y visual), y sin embargo, la propia concepción de la tragedia hace que uno tenga la sensación de descender cuesta abajo a toda velocidad. La tragedia es una mancha, una infección silenciosa, un enemigo imbatible que va cambiándose el rostro y el acento, que a veces es un familiar, un arrendador o una amante, la tragedia es siempre la manivela oxidada que empuja hacia la siguiente escena, y a veces se manifiesta casualmente y otras, como si fuera una especie de Hibris argelina, espera agazapada en algún gesto altivo en el que una mujer y un tardoadolescente quieren, contra todo pronóstico, seguir siendo precisamente eso: una mujer y un tardoadolescente.

    De ahí que The life after sea irónica precisamente hasta en su título. La imposibilidad del después hace que la película funcione en sus oscuridades, en su composición generalmente correcta, incluso cuando en algunos momentos —las escenas de amor frente a un mar azulísimo de anuncio de lácteos— tenga que parpadear o proseguir, dubitativa. Uno cree que a Djaad se le da mejor rodar la tensión y la claustrofobia, y por eso la película flaquea en los momentos de paz y se vuelve realmente interesante cuando el voltaje emocional y afectivo se impone sobre los acontecimientos.

    Inicio y final, los dos polos del viaje de los protagonistas son, con diferencia, lo más valioso de la película. Dos cadáveres, uno que cuelga del cielo y otro que emerge del mar, puntúan la lectura de una película cuyo simbolismo queda, precisamente, en el medio. Qué hacer con la tierra, qué leyes imponer o cuestionar sobre ella cuando la tragedia, precisamente, es algo que se nos queda pegado a la piel y que deseamos arrojar sobre los demás a manos llenas.


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