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    Crítica | Los perdonados

    || Críticas | ★★★☆☆ |
    Los perdonados
    John Michael McDonagh 🇬🇧
    Emociones desiertas


    José Martín
    Telde |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2021. Título original: «The Forgiven». Dirección: John Michael McDonagh. Guion: John Michael McDonagh. Novela: Lawrence Osborne. Producción: Elizabeth Eves, Nick Gordon, Trevor Matthews, John Michael McDonagh. Productoras: House of Un-American Activities, Brookstreet Pictures, Head Gear Films, Metrol Technology, Assemble Media, Kasbah-Film Tanger, Lipsync Productions. Fotografía: Larry Smith. Música: Lorne Balfe. Montaje: Elizabeth Eves, Chris Hill. Reparto: Ralph Fiennes, Jessica Chastain, Caleb Landry Jones, Said Taghmaoui, Matt Smith, Abbey Lee, Mourad Zaoui, Christopher Abbott, Ismail Kanater. Duración: 117 minutos.

    Viajar a lugares lejanos y exóticos, casi siempre, es sinónimo de desconexión del estrés que conllevan las obligaciones y los problemas diarios, siendo una experiencia enriquecedora y liberadora de la que el viajero regresa con la mente un poco más abierta y una perspectiva de la vida diferente a la que tenía al partir. Precisamente, Los perdonados arranca con un matrimonio, los Henninger, abandonando su rutina londinense para acudir a una celebración en el enorme palacio que unos adinerados amigos han edificado en medio del desierto de Marruecos. Desde las primeras escenas queda en evidencia la apatía y la falta de pasión que se han instalado en una relación de doce fatigosos años, abundando entre ellos los reproches y las frases irónicas hirientes típicas de las personas que se soportan más por costumbre que por amor. David es un reputado cirujano, demasiado propenso a darle a la bebida, que enfrenta una demanda por negligencia médica que acabó con la vida de una paciente, mientras que Jo es una no demasiado brillante autora de libros infantiles que, inmersa en una pronunciada crisis creativa, lleva años sin publicar un nuevo trabajo, algo que la hace sentirse inútil y frustrada. Después de una cena en la que el esposo abusa del alcohol, la pareja, perdida en la nocturnidad de las desérticas carreteras, atropella por accidente a un chaval árabe, acabando con su vida. Aparentemente, nadie ha presenciado esta mortal escena. Están en medio de la nada y creen que a la víctima, de procedencia inequívocamente humilde –uno más de tantos jóvenes que sobreviven malvendiendo fósiles a turistas que se benefician del duro trabajo de otros, como excavadores de piedras–, nadie la echará de menos, por lo que no se les ocurre otra cosa que cargar el cuerpo en el maletero de su coche y llevarlo hasta la fiesta, donde los anfitriones, una influyente pareja gay, podrán mover sus hilos para sacar a los Hanninger de este “pequeño contratiempo” sin que les suponga excesivos quebraderos de cabeza. Este es el peliagudo punto de partida de una película que, sobre el papel, cuenta con numerosas capas, a cuál más interesante de desarrollar en la pantalla, pero que, a la hora de la verdad, solo se apuntan a medias, en la mayoría de los casos.

    En primer lugar, tenemos ese dibujo psicológico del matrimonio protagonista, clasista y desprovisto de empatía hacia todo aquel que consideran inferior a ellos, si bien es cierto que es sobre el personaje de Ralph Fiennes, magnífico como hacía tiempo no le veíamos, sobre quien se cargan más las tintas a la hora de que su personaje sea todo lo antipático y desagradable que podría ser su representación extrema de la burguesía capitalista. Jessica Chastain sabe otorgar algo de humanidad y amargura a su Jo, si bien es cierto que es una colaboradora necesaria en el trágico suceso y su actitud ante el mismo también dista de ser precisamente ejemplar. En esta vertiente de la historia, McDonagh, todo un experto en diálogos afilados y situaciones negrísimas, sabe sacar buen provecho de sus criaturas para mostrar la convincente evolución que ambas sufren, en caminos paralelos, tras el accidente, muy especialmente, en ese proceso de humanización que experimenta David desde que aparece, de manera inesperada, el padre del chico muerto, a quien tiene que seguir hasta su poblado, donde será enterrado, según dictan las tradiciones de su etnia. Fiennes se lleva las mejores escenas dramáticas de la cinta, con emotivas confrontaciones dialécticas con personajes marroquíes como el padre que ha perdido a su único hijo o Hamid, el afable intérprete bereber que ansía una vida en Suecia, lejos de los camellos y los calores extremos del Sahara. Estos personajes secundarios, brillantemente interpretados, consiguen tener gran entidad y sirven para que el personaje de David haga examen de conciencia sobre cómo ha estado llevando su vida hasta ese instante y cómo ha dado mayor prioridad a cosas materiales que a las que de verdad merecen la pena. La trama de Jessica Chastain, con su liberación en ausencia del marido, está abordada de forma mucho más burda, careciendo de la profundidad emocional de la de su compañero de reparto. La actriz, no obstante, ofrece un buen trabajo interpretativo, pese a lo desaprovechada que está.

    El otro elemento, a priori, interesante de la propuesta, es la presentación de ese contraste entre el lujo, el glamour y el libertinaje presente entre los muros de la mansión, en la que un puñado de pintorescos personajes se entregan a una bacanal de música, gastronomía, sexo y drogas, y la pobreza a la que se enfrentan los lugareños fuera de ellos o la humildad de sus autóctonos miembros del servicio, testigos silentes de semejante torrente de excesos y frivolidad. Esta visión de unos últimos vestigios colonialistas, con europeos (y norteamericanos) con la suficiente solvencia económica como para comprar terrenos donde construir sus propios paraísos terrenales en lugares que prácticamente invaden, es bastante sangrante, mostrando a los despreocupados anfitriones (unos Matt Smith y Caleb Landry Jones estupendos, sorteando el escollo de caer en la caricatura del homosexual superficial e irreverente) e invitados de la celebración como seres sin alma ni valores, capaces de comprar a la misma policía para ocultar un crimen, algo que también dice mucho de lo fácil que es pagar por el silencio a las autoridades cuando existe poder detrás. Aun así, McDonagh se recrea en exceso en estas jornadas lúdicas, acaparando demasiados minutos que no aportan nada y frenando la trama que de verdad importa, la de Fiennes y su tortuoso camino a la redención. Los perdonados es una propuesta, en líneas generales, estimulante y sugestiva, que cuenta con una historia explosiva, excelentes actores y un diseño de producción más que solvente, con la espléndida fotografía de Larry Smith sacando el máximo partido a los maravillosos parajes naturales que el desierto ofrece. Este exotismo y su estilo clásico recuerdan a otro filme protagonizado por Fiennes, El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996), pese a que la historia que nos ocupa sea mucho más contemporánea. Tal vez el problema para que esta no sea una gran obra como aquella, sea que el humor negro de McDonagh –ese que explotó con brillantez en aquellos dos excelsos monumentos a la valía de Brendan Gleeson como actor, que fueron las geniales El irlandés (2011) y Calvary (2014)– no case demasiado bien esta vez con lo que debió ser un thriller considerablemente más oscuro y ambiguo. Los incendiarios dilemas morales y la fascinante dicotomía de sus personajes están ahí, pero no tan bien desarrollados. Por suerte, la intensidad y el interés de la película van de menos a más y el regusto final que queda es el de un trabajo estimable de un realizador que se desenvuelve mejor en otros menesteres menos ambiciosos. ⁜


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