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    Crítica | Fantasías de un escritor

    || Críticas | ★★★☆☆ ½
    Fantasías de un escritor
    Arnaud Desplechin
    La seducción del ideal


    Miguel Muñoz Garnica
    Córdoba |

    ficha técnica:
    Francia, 2021. Título original: «Tromperie». Dirección: Arnaud Desplechin. Guion: Arnaud Desplechin, Julie Peyr. Producción: Pascal Caucheteux. Compañías: Why Not, Canal+, Ciné+, La Région Île-de-France. Distribución en España: Vercine. Fotografía: Yorick Le Saux. Música: Grégoire Hetzel. Montaje: Laurence Briaud. Diseño de producción: Toma Baqueni. Reparto: Denis Podalydès, Léa Seydoux, Emmanuelle Devos, Miglen Mirtchev, Anouk Grinberg, Ian Turiak, Madalina Constantin, Gennadiy Fomin, Matej Hofmann. Duración: 105 minutos.

    No atraviesa el cine de Arnaud Desplechin su mejor momento de cara a la recepción crítica. De un tiempo a esta parte, sus películas han sido recibidas con tibieza o rechazo aun cuando el cineasta mantiene su posición de primer espada en los grandes festivales europeos —Cannes en particular—. El giro puede ubicarse en Los fantasmas de Ismael (Les fantômes d'Ismaël, 2017), un buen ejemplo de dónde radica el eje de ruptura entre la evolución del director francés y la de la crítica auteurista. Donde esta última percibió un agotamiento de las fórmulas narrativas complejas e intrincadas marca de la casa, habría que hablar mejor de una despreocupación. Desplechin sigue abonando su cine a la verborrea y el acopio exhaustivo de líneas argumentales, sí, pero su madurez le ha venido no por a dónde llega con ellas, sino por la forma en que las atraviesa. Si uno no estaba demasiado atento a Los fantasmas de Ismael, podía pasar por alto que ahí ya no importaban demasiado las incesantes palabras, sino una operación tan elemental —y quizá por eso tan cautivadora— como poner la cámara y la luz sobre un rostro femenino.

    Fantasías de un escritor se estructura sobre una serie de conversaciones entre el escritor protagonista (Denis Podalydès) y varias mujeres, y sobre la primera de ellas (Léa Seydoux) encontramos rápidamente un tropo que hermana a las dos películas: Desplechin baña el estudio del escritor donde transcurre la escena en una luz dorada, tenue y con amplias zonas de penumbra, que define una atmósfera emocional y sirve para crear contrastes muy notorios sobre los cuerpos de los personajes. Un poco avanzada la escena, tras ensayar distintos ejes de plano-contraplano, el francés emplea uno de sus movimientos más reconocibles. La cámara opera un suave travelling de acercamiento hacia el rostro de Seydoux hasta llegar al primer plano y captar el momento exacto en el que su ojo derrama una lágrima, y el resultado es como si esa luz particular sobre la rotundidad de ese rostro que llora absorbiera todas las energías de la película. La misma operación que daba pie a uno de los planos más bellos de Los fantasmas de Ismael sobre el rostro de Charlotte Gainsbourg. El Desplechin de madurez se ha erigido como un maestro del primer plano porque sabe explorar como nadie los caminos que llevan hacia él, y que más que en palabras o desarrollos dramáticos consisten en vías formales de aproximación. En esta ocasión, las palabras que le dan pretexto las pone Philip Roth, cuya novela «Engaño» —un título que da mejor cuenta de la ambigüedad del relato— adapta el cineasta. El escritor protagonista lleva su nombre y da cuerpo al narrador/personaje/trasunto de Roth, un «escuchador» o confesor, y a la postre amante de mujeres casadas solitarias.

    La película, por tanto, no es otra cosa que una sucesión de conversaciones marcadamente literarias, en las que Desplechin despliega toda su pericia para poner en escena el diálogo íntimo, ora repitiendo sus mejores estilemas, ora jugando con variaciones. También aprovecha las posibilidades del cine para expandir la ya de por sí compleja metatextualidad de Roth. La figura del escritor maduro, brillante, sensible, consejero, seductor y con el punto justo de neurosis judía se contempla entre la complacencia y la socarronería. Y la figura de la mujer —hay que designarla así, aunque sean varias las que aparecen en el relato— oscila entre lo físico y lo etéreo. Resulta muy sensual la manera de filmar los rostros y cuerpos femeninos, pero a la vez Desplechin no deja de situarlos en un limbo de indeterminación. A este punto contribuye un montaje muy marcado por elipsis de difícil interpretación. Las secuencias se suceden en una continuidad trabada por cortes continuos que a veces podan unos pocos segundos, otras unas pocas horas, otras unos pocos años, y a veces parecen teletransportar mágicamente a los personajes de unos espacios a otros, hasta alcanzar el efecto paradójico de crear un continuo etéreo a partir de la discontinuidad permanente. Hay que creer entonces al escritor cuando, cerca del final, trata de convencer a su mujer de que todos los encuentros que ha escrito —todos los que hemos visto— no son más que invenciones. A nivel diegético puede ser una simple excusa, pero si atendemos a la puesta en escena no le falta razón. ¿Cómo si no vamos a recibir una película que se esfuerza tan poco en ser creíble, mapeable, psicologizable? O, mejor, ¿cómo si no vamos a entrar en el universo de un director que rueda escenas de cama bajo las sábanas o en exteriores con nieve artificial? Como dispositivo de mirada, Fantasías de un escritor versa de lo femenino como ideal y de lo masculino como autoideal. Dos puntos a priori muy criticables — ahí está el juicio por misoginia al que se somete el escritor ante un tribunal de mujeres—… si no fuera porque se trata precisamente de mostrar la carnalidad del ideal, de conferirle rostro o lágrimas. Esa concreción rotunda es la que nos da a ver lo seductores que pueden resultar los ideales. ⁜


    Tromperie, Arnaud Desplechin
    Cannes Premiere 2021.

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