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    [Cannes 2022] Crítica | Triangle of Sadness

    || Críticas | Cannes 2022 | ★★★☆☆
    Triangle of Sadness
    Ruben Östlund
    Saldremos mejores


    Mariona Borrull Zapata
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Suecia, 2022. Título original: «Triangle of Sadness». Dirección: Ruben Östlund. Guion: Ruben Östlund. Compañías productoras: Plattform Produktion, SVT, Film I Väst, arte, Coproduction Office, arte France Cinéma. Dirección de fotografía: Fredrik Wenzel. Diseño de producción: Josefin Åsberg. Montaje: Ruben Östlund, Mikel Cee Karlsson. Intérpretes: Woody Harrelson, Dolly De Leon, Zlatko Buric, Iris Berben, Vicki Berlin, Henrik Dorsin, Oliver Ford Davies, Harris Dickinson, Sunnyi Melles, Charlbi Dean Kriek, Hanna Oldenburg, Malte Gårdinger, Arvin Kananian. Duración: 149 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    Una sarta de hits del verano se encadena como fondo musical del Titanic de Ruben Östlund. El cineasta prepara una selecta muestra de tipos encima de un barco y la hace ablandarse hasta quedar reducida a una pasta indistinguible, pero cuyo sabor reconocemos perfectamente (como una galleta bañada en leche). Para obtener el jugo de su particular receta-experimento, pondrá bajo presión a sus especímenes una y otra vez, hasta llevar sus contradicciones al sinsentido total. De telón, sonarán temazos pop de la vieja escuela… Son la banda sonora perfecta para la absurdidad profunda tras los imposibles de nuestro tiempo y, como el cine de Östlund, también están diseñados para enganchar y repetirse en loop hasta el infinito. Nuestra relación con las grandes canciones de la radiofórmula cambia como lo hace su nueva película: por repetición, pasan de la nada, a un hit indiscutible, a un trapillo que querríamos haber olvidado ya.

    Volvemos unos pasos hasta el inicio de Triangle of Sadness, para encontrar a una joven pareja de modelos acabando de cenar en un restaurante lujoso, demasiado para el bolsillo medio, y donde la carta repartida a las mujeres ni siquiera cuenta con precio. Su conflicto nace al recibir la cuenta, claro. Les dos amantes se enzarzan en una larga discusión que yerra entre los grandes clásicos de la agresión verbal pasivo-agresiva para dibujar qué efectos tienen sobre dos jóvenes que comparten afecto las distintas caras del materialismo avaro, el chantaje emocional y las sombras no tan evidentes de los roles de género. Cual estribillo, una frase que él y ella repiten una y otra vez, siempre con ecos diferentes: «Esto no es por el dinero». Levantamos la ceja. Cuando la pelea empiece a bajar de intensidad, y vaya a apagarse, el suave sonido de piano que en el restaurante tienen por ambiente se alza y la reaviva, casi la vuelve grotesca. Es la fórmula Östlund, un pianista, si se quiere, que aporrea sus manos sobre el teclado y, a veces, toca alguna tecla que acaba por reverberar en nuestro corazón de primate del siglo XXI. Las bases teóricas del triángulo explican por qué se sostiene aun bajo inmensa tensión. Pero «el triángulo de la tristeza» es también nombre para el entrecejo, un músculo que durante la nueva película del cineasta sueco cuesta demasiado relajar.

    Con director y guionista apegado a los viajes de autodescubrimiento, Triangle of Sadness parte de los espacios hipermodernos de la élite urbana para luego embarcarnos en un crucero de lujo, que es a partes iguales aparador privilegiado para la riqueza vieja y nueva (un target pudiente rejuvenecido, cuyo espíritu progre no lo exime de la idiotez). Östlund trabaja sobre un espacio vacacional donde las jornadas están planificadas al milímetro para que todo sea agradable, «deluxe», sencillamente apetitoso. Sin embargo, poco queda más cutre y falso en la Europa de hoy que irse de vacaciones en un crucero… La contradicción manda, se enhebra en cada detalle de una puesta en escena regurgitada y que colisiona sin margen de error. En traje de baño, nadie se exime de sus disonancias. El novio de la pareja protagonista (Harris Dickinson) se comporta como un Ken alelado, perdido en el vocabulario feminista de primero de Primaria. No obstante, su lectura veraniega es el Ulysses de Joyce (¿seremos nosotres quien dudemos de su biblioteca?). Ken acusa a la jefa de tripulación a un marinero, que él describe como muy hot, pero que tiene el torso más peludo que el Atlántico haya atestiguado (¿vamos a romper el canon de belleza?). Luego, cómo no, despiden al pobre marinero, y Ken entra en el amargo callejón sin salida de la culpa del privilegiado izquierdista.

    Östlund, listillo, nos enreda en la encrucijada irresoluble de poner en dialéctica nuestros principios más fundamentales, abstractos. Triangle of Sadness nos enzarza en un intercambio parecido al que tendríamos con cualquier asno de la Alt-right en Twitter: «No es por el dinero», es porque los personajes, incapaces de entender nada, acaban por picar todos los timbres de nuestro edificio ideológico. Así, con el caos por soberano, quizás no reparemos en el vigilante que pasa en un momento patrullando la cubierta del barco con una metralleta. La fórmula funciona, los diálogos se taladran a velocidades imposibles y el humor negro se expande como el gas. A su vez, la cámara acaba por encontrar y explotar aquella expresión que no debería salir en una postalita de ensueño. En un mundo en que la gente rica abusa de su poder tras la proclama de «Somos todos iguales», el sueco es punk, sin novedad ni deseo de discreción… Lo cual está bien, para un rato.

    Habréis leído en la prensa internacional que lo mejor de la película es una secuencia donde vuelan libres tanto el vómito como la diarrea, dejando la integridad de la clase alta remojada en sus propios fluidos. Reconocer la pírrica derrota moral de la élite por encima de un servicio que se hizo a sí mismo funciona, y más si se combina con el despilfarro de recursos que la película vuelca para agraviar la situación (ellos incluyen a un Woody Harrelson, capitán borracho, intercambiando un divertido duelo de citas políticas con un pasajero comunista a través de la megafonía del crucero mientras todo el mundo se va a la mierda, de forma bastante literal). La crítica descarada divierte, siempre con daños colaterales. ¿Interesa? Más o menos. Cuando la crisis de fluidos ha pasado, sin electricidad ni capitán, la cámara resigue los rostros sucios de les damnificades, iluminados de frente por una linterna. Si Östlund mantuviera aquellos instantes de lucidez, que dejan entrever que en el fondo el suyo es un ejercicio de crueldad como los que antes practicaban elles… Si los sostuviera, juraría que estaríamos ante una película valiente de verdad. Pero ese no es el estilo del sueco.

    Por ello, en el tercer acto reduce a su plantel y lo cambia de patio, de vuelta a su estado de naturaleza (también de forma bastante literal). Electrificadas por los sonidos amenazantes de un pájaro extraño y alimentadas solo a base de galletitas saladas, las cobayas idiotas se reorganizan en un nuevo sistema político. De un estado de caos que resuena incómodamente cercano, y que a veces da en el clavo, volvemos al enésimo El señor de las moscas. Östlund recoge el testigo y chilla: ni en estado de excepción se salva nadie de sí misme. Bajo la percusión fogosa de Marea (We’ve Lost Dancing), uno de los grandes himnos de la música producida en tiempos de pandemia, declara la perdición definitiva de la Humanidad. Lo cual es válido, si no fuera porque la Humanidad existe solo en la medida que es política, diferente y, por lo tanto, nunca podrá usarse como una etiqueta con la que generalizar y obviar. Östlund se mofa de quienes reclaman que «Somos todos iguales» mientras, en los instantes que cierran su película, se da unos golpecitos en la espalda y se dice que al final la clase, el género y el color nada importan, porque estamos heches todes de la misma mierda. No sé yo, señor. ⁜


    Triangle of Sadness, Ruben Östlund
    Competición de la 75ª edición del Festival de Cannes.

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