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    Crítica | Red Rocket

    || Críticas | ★★★★☆
    Red Rocket
    Sean Baker
    Homeless. Suitcase. Pimp.


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2021. Título original: «Red Rocket». Director: Sean Baker. Guion: Sean Baker y Chris Bergoch. Productores: Sean Baker, Glen Basner, Ben Browning, Alex Coco, Alison Cohen, Milan Popelka, Samantha Quan, Alex Saks, Jackie Shenoo, Shi-Ching Tsou, Mariela Villa, Erin Yarbrough. Productoras: A24, FilmNation Entertainment, Cre Film. Fotografía: Drew Daniels. Música: Matthew Hearon-Smith, Roman Molino Dunn, Jeremiah Kohn, Jackey Mishra. Montaje: Sean Baker. Reparto: Simon Rex, Bree Elrod, Brenda Deiss, Suzanne Son, Judy Hill, Brittney Rodriguez, Ethan Darbone, Shi-Ching Tsou. Duración: 130 minutos.

    Si en Mátalos suavemente (Killing Them Softly, Andrew Dominik, 2012), los últimos meses como presidente de George W. Bush ofrecían el contexto político de un neo-noir enraizado en la América de la Gran Recesión de 2008, en Red Rocket es la disputa entre Hillary Clinton y Donald Trump por la Casa Blanca, en 2016, la que da forma a una comedia negra, negrísima, sobre esa América pobre y lumpen que tanto asoma por cierto cine independiente norteamericano desde la década de los años setenta. En solitario o junto con Chris Bergoch, su coguionista habitual desde la serie Greg the Bunny (2005-2006), Sean Baker ya se había acercado a ese imaginario en Four Letter Words (2000), Prince of Broadway (2008) o la espléndida Tangerine (2015). Pero es en Red Rocket donde explora y explota todo el potencial dramático de una masa social que decide con su voto el destino político de Estados Unidos. Una realidad de miseria, paro, crimen y desestructuración familiar, que el cineasta subraya en varias ocasiones. La más evidente, aquella en la que cita expresamente a Trump, en el transcurso de un mitin televisado, para contraponer la imagen idealizada de los «soñadores y luchadores» a los que se refiere el futuro presidente en ese discurso con su imagen auténtica: la población marginal de Texas City, objetivo aquí de la mirada incisiva de Baker.

    Por ese magma se mueve el protagonista de Red Rocket, Mikey (Simon Rex), un actor porno en declive que regresa a su ciudad natal para tratar de rehacerse tras una mala racha; de hecho, está acabado para el mundo del cine adulto a menos que cambie su suerte. El único lugar que tiene donde caerse muerto es la casa de su exmujer, Lexi (Lee Elbrod), a la que abandonó años atrás para instalarse en Los Ángeles. Adicta a las drogas y sin empleo, Lexi vive con su madre creepy en una destartalada casa situada en los suburbios de Texas City, en las proximidades de varias refinerías de petróleo. Ese paisaje suburbial inspira y otorga sentido a las mejores escenas de la película, que tanto en lo dramático como en lo formal mezcla bien algunos códigos de géneros y narrativas tan diversas y aparentemente antitéticas como el drama social, la comedia romántica, el melodrama familiar, la sátira política, la buddy movie y, por supuesto, el porno. Actor de este mercado en sus inicios, Simon Rex se erige en una presencia esencialmente carnal, poderosa y magnética, capaz de llevar la película sobre sus hombros con una facilidad desarmante y de desplegar una envidiable variedad de registros. Hay intérpretes que, como él, lo expresan todo con la piel, los músculos y hasta el sudor, expresiones visibles de una gestualidad corporal que atrapa y seduce por la naturaleza primaria de sus cualidades. Impone su Mikey, máxime cuando se trata de un cabrón con todas las letras.

    En esa mezcla heterodoxa de géneros y narrativas cabe incluso la distopia futurista, que Baker invoca a través de la arquitectura y la iluminación nocturna de las instalaciones petrolíferas. Lo industrial monstruoso se asocia a este género al menos desde Metrópolis (Metropolis, Fritz Lang, 1927), y en Red Rocket no cuesta vincular esa orografía de torres, chimeneas, bóvedas, luces de seguridad y alambradas a las fantasías suburbiales de Philip K. Dick, maestro en la conjugación de un futuro cercano a partir precisamente del contraste entre ambientes deprimidos y arquitecturas colosales. Con todo, el principal referente visual de la película a la hora de recrear la América desclasada del suroeste americano es el trabajo del fotógrafo Stephen Shore. Sus imágenes vibran en cada plano del interior o el exterior de la casa de Lexi, pero también en los travelling que muestran las casas unifamiliares de Texas City, los jardines, los supermercados, las factorías, las gasolineras, los centros comerciales, los caminos rurales, las carreteras… El trabajo en este sentido de Baker y Drew Daniels, su director de fotografía, merece una consideración notable. No solo reproduce la angulación ligeramente contrapicada tan característica de Shore, sino también la nitidez rugosa y la saturación cromática de sus fotografías. Red Rocket bien puede presumir de ser uno de los ejercicios visuales más potentes en lo que llevamos de año. Afinando un poco más, podría apuntarse incluso la influencia del primer Lee Friedlander; en particular, en las escenas protagonizadas por Mikey y Lonnie (Ethan Darbone), que constituyen una suerte de relato particular dentro del relato principal. La manera de enfrentar compositivamente la disparidad de ambos caracteres y la extrañeza de los ambientes en los que estos se mueven remiten a la obra de este maravilloso fotógrafo.

    Red Rocket, Sean Baker
    Sección oficial del Festival de Cannes.

    «Simon Rex se erige en una presencia esencialmente carnal, poderosa y magnética, capaz de llevar la película sobre sus hombros con una facilidad desarmante y de desplegar una envidiable variedad de registros. Hay intérpretes que, como él, lo expresan todo con la piel, los músculos y hasta el sudor, expresiones visibles de una gestualidad corporal que atrapa y seduce por la naturaleza primaria de sus cualidades»


    El centro de la película lo ocupa no obstante la relación entre Mikey y Strawberry (Suzanna Son), una muchacha de apenas 18 años, empleada en un despacho de donuts, a la que él pretende arrastrar al negocio del porno para explotar su inocencia. Es tremendo lo que se atreve a hacer Baker con esta pareja, tanto en términos cinematográficos como discursivos, con el propósito de desmadejar hipocresías y cinismos varios en la concepción del cine independiente americano contemporáneo; todavía más, en el audiovisual autocensurado de nuestros días. Un hombre maduro y una joven, casi aún una adolescente, viviendo una historia de amor simulado bajo la que se esconde una doble reflexión. Por una parte, Baker expone la condición instintiva del sexo como vector de goce natural que puede y debe ser representado sin miedo; y lo hace jugando a placer con las convenciones del porno (la colorimetría, los escenarios, las excusas para follar). Y por otra, retrata la bajeza moral de un individuo que capitaliza los afectos de los demás en beneficio propio; la última evolución del capitalismo sentimental. Los de Strawberry, es obvio, y también los de Lexi y su madre, a quienes vuelve a abandonar, y los de Lonnie, a quien cuelga el muerto de un accidente de tráfico que había provocado él. Mikey no merece compasión en su final, aunque sería deshonesto no reconocerse en su ansiedad por ser en un mundo agonizante. Ser y tiempo. Heidegger y Camus. Una bicicleta y un donut rosa. ⁜


    Red Rocket, Sean Baker
    Sección oficial del Festival de Cannes.

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