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    [Cannes 2022] Crítica | Crimes of the Future

    || Críticas | Cannes 2022 | ★★★☆☆
    Crimes of the Future
    David Cronenberg
    Carne en conserva


    Víctor Esquirol Molinas
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Canadá, Reino Unido, Grecia, Francia, 2022. Título original: «Crimes of the Future». Dirección: David Cronenberg. Guion: David Cronenberg. Compañías: Serendipity Point Films, Argonauts Productions S.A, Ingenious Media, Téléfilm Canada, Bell Media, Canadian Broadcasting Corporation (CBC), Ekome, The Harold Greenberg Fund. Música: Howard Shore. Fotografía: Douglas Koch. Montaje: Christopher Donaldson. Reparto: Viggo Mortensen, Léa Seydoux, Kristen Stewart, Scott Speedman, Welket Bungué, Don McKellar, Lihi Kornowski, Tanaya Beatty, Yorgos Karamihos, Nadia Litz, Yorgos Pirpassopoulos, Denise Capezza, Ephie Kantza, Jason Bitter. Presentación oficial: Selección oficial Festival de Cannes. Duración: 107 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    A raíz de la reciente restauración de Crash, el destino nos brindó una ocasión formidable para regresar a una de las películas que mejor define el legado de David Cronenberg. Como ya había pasado mucho tiempo desde mi primer contacto con ella, y como mi relación con el cineasta canadiense ya se había integrado como una pieza fundamental dentro de mi cinefilia, pude centrarme en esos detalles ambientales que en los primeros visionados me habían pasado desapercibidos. De todos ellos, el que más me perturbó fue el referente a «los demás», es decir, al mundo más allá de ese grupo de perturbados (o iluminados) que descubrían el poder sexual tras los siniestros totales, ya con sus respectivos cuerpos luciendo como sendas galerías de arte, a base de heridas abiertas, moratones delatores de hemorragias internas y huesos fracturados por incontables frentes. El balcón del apartamento de James Spader y Deborah Kara Unger ofrecía, en este sentido, una vista privilegiada de una autopista que se apoderaba de todo el paisaje. De un río inmenso de coches cuyo cauce a veces crecía, a veces menguaba… y siempre, de alguna manera, resonaba como un aviso ominoso de las sendas por las que el mundo (o sea, todo el mundo) se estaba aventurando. ¿Y si aquel proceso de descubrimiento y autodestrucción estaba siendo experimentado por mucha más gente? ¿Y si las vías circulatorias se estaban colapsando porque cada vez más personas estaban llegando a las mismas conclusiones que la cuadrilla de Elias Koteas? Pues bien, en ninguno de los 107 minutos de metraje en los que se despliega Crimes of the Future, nuevo largometraje del maestro del body horror fílmico, pude sacarme de encima la idea de que su acción a lo mejor transcurría en un mundo donde el demencial credo de Crash (así como el de otros muchos greatest hits cronenbergianos) se habían convertido en algo cercano a la normalidad.

    Los escenarios, por cierto, los encontramos en Grecia, ese páramo donde las ruinas del antiguo mundo se sitúan solo unos centímetros por debajo de la devastación del nuevo. En una playa, un niño juega con la arena de la orilla, y de fondo, ya dentro del mar, se erige lo que parece ser una estación científica futurista. Solo que no, una nueva toma general de la escena nos descubre que esa misteriosa estructura es en realidad un inmenso crucero lateralmente volcado, como si muchas décadas después de aquel vergonzoso incidente, nadie se hubiera visto con las ganas de retirar del horizonte el mítico Costa Concordia del Capitán Schettino. Allí, en ese paraje manchado, el chaval en cuestión decide alimentarse con, precisamente la suciedad de este mundo. Ahí va un bocado de plástico, y luego otro, y otro… hasta que su madre, que está presenciando tan repulsivo festín, llega a la conclusión de que esta asquerosa criatura tragona, no puede ser su hijo. Poco después, un hombre y una mujer acuden a la oficina del Registro Nacional de Nuevos Órganos para dar ahí de alta las últimas creaciones orgánicas de él. A las instituciones públicas, tan cochambrosas como el entorno por el que nos movemos, no les ha quedado otra que abrazar lo que claramente es una realidad extendida, y no la singularidad de cuatro pervertidos. En esta «nueva normalidad», las comidas hogareñas se desarrollan en evoluciones terroríficas de aquel «Hotel eléctrico» de Segundo de Chomón. Una silla de consulta de dentista automatizada (o una butaca de esas salas de cine que, por razones que escapan a mi entendimiento, decidieron apostar por el 4D), que parece ensamblada a partir de huesos de una criatura irreconocible, mece ortopédicamente a su ocupante, y le introduce en la boca una papilla multicolor, preparada con unos ingredientes igualmente inidentificables.

    A la hora de ir a la cama, como cabía esperar, todo sigue siendo igual de extraño. El lecho, suerte de media cáscara de nuez, se balancea de manera automática y abraza, con unos tentáculos que se clavan en la piel, a un durmiente que apenas puede dormir, y que a la experiencia solo le pide cierta «anticipación del dolor». En este mundo, por cierto, las nociones de aflicción física se han disuelto casi por completo. Son recuerdos borrosos de un pasado lejano; uno de los pilares en los que la «nueva carne» ha alcanzado la paradójica meta que le pedían sus entrañas: convertir lo no-normativo en normativo. Y todo esto (hablando de lo que es mainstream y de lo que no) sin apenas efectos digitales; casi siempre echando mano de recursos animatrónicos y maquillaje prostético. Cronenberg en su salsa; en su universo. De fondo, ya desde unos títulos de crédito iniciales proyectados en una especie de cavidad viscosa, suenan los primeros acordes de una banda sonora sintetizada por Howard Shore. Como si aquel cine del que nos enamoramos (a nuestra cuenta y riesgo) hubiera sido capaz de conservar todas sus propiedades. Como si no hubieran pasado más de veinte años desde que el cineasta canadiense se adentrara, por última vez, en los oscuros (y aun así iluminadores) territorios de la ciencia-ficción. El efecto regreso marca inevitablemente la experiencia de Crimes of the Future, y ahí está tanto el consuelo como las dudas que de ella se derivan. Por una parte, y empezando por lo negativo, la película se construye con un espíritu aglutinador tan flagrante, que en más de una ocasión el conjunto corre el peligro de ser impregnada con el aura deshonrosa de la autoparodia (involuntaria).

    Parece como si un fanático de David Cronenberg hubiera querido rendir homenaje a su ídolo, y que, para ello, se hubiera limitado primero a recopilar y después a regurgitar cada uno de sus elementos icónicos. La narración híper-dialogada cae también en la literalidad a la hora de exponer muchos de los postulados. Como si con las imágenes no fuera suficiente, como si el texto tuviera que masticarlas. Pero al mismo tiempo, y en lo que cabe definir como una bendita muestra de esquizofrenia, el mismo guion que se comportaba como una especie de self-exploitation, muestra también estallidos inconfundibles de ese genio que, hurgando en lo epidérmico, consigue alcanzar (y taladrar, y mancillar) lo espiritual; lo intelectual. De repente, Viggo Mortensen, que da un recital de comunicación gutural, y que no se sabe si es doctor, ninja o artista que cambia de piel, actúa como perfecto álter ego del propio Cronenberg. Un hombre que lleva el arte dentro, literalmente; un ser, cuyo estatus de gurú indica, como ya se ha dicho, que los demás buscan imitarle, desesperadamente, a cualquier precio. El protagonista de esta historia se dirige ahora a un show en el que un hombre con mil orejas esparcidas por todo su cuerpo, se cose los labios, los ojos y baila como si se fuera a morir al final de la canción. Y sí, el personaje de Mortensen ve su influencia en dicha payasada, pero al mismo tiempo, no se reconoce en ella. Aquí, ahora sí, es cuando Crimes of the Future luce con más orgullo su genética cronenbergiana.

    El autor de Scanners, Videodrome, o eXistenZ tiene claro que el cine de género(s) es el que abre puertas que en principio no debían abrirse; el mismo que con ello, derriba los límites con los que hemos construido nuestro mundo. Un acto de subversión liberador, pero que empleado sin conciencia (o auténtica voluntad), muta malignamente en herramienta de sumisión. Hacia los relatos imperantes, ¿hacia uno mismo? Hibridando la autopsia con la performance (y la cirugía estética con la traumatología), Crimes of the Future ahonda en el terror profundo a perder el control sobre lo que llevamos dentro: aquello que nos identifica o nos invalida como seres humanos. ¿Como artistas? Así es como David Cronenberg se planta delante del espejo, y se tumba en el diván, y en la mesa de operaciones, qué más da. Exponiendo sin concesiones (o sea, sin miedo al ridículo) las piezas que componen su organismo, ese espectáculo tan único, tan auténtico, que nunca cansa. ⁜


    Crimes of the Future, David Cronenberg
    Competición del Festival de Cannes.

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