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    [Cannes 2022] Crítica | R.M.N.

    || Críticas | Cannes 2022 | ★★★☆☆
    R.M.N.
    Cristian Mungiu
    El salvaje este


    Víctor Esquirol Molinas
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Rumanía, Francia, 2022. Título original: «R.M.N.». Dirección: Cristian Mungiu. Guion: Cristian Mungiu. Compañías: Les Films du Fleuve, Mobra Films Productions, Why Not Productions, Filmgate Films, Film I Väst, France 3 Cinéma. Fotografía: Tudor Vladimir Panduru. Montaje: Mircea Olteanu. Reparto: Marin Grigore, Judith State, Macrina Barladeanu, Orsolya Moldován, Rácz Endre, József Bíró, Ovidiu Crisan, Zoltán Deák, Cerasela Iosifescu, Andrei Finti, Bacs Miklos, Alin Panc, Victor Benderra, Amitha Jayasinghe, Gihan Edirisinghe, Nuwan Karunarathna, Kovacs Levente Jr., Varga Csilla, Orban Attila, Boros-Piroska Klara, András Hatházi, Lucian Ifrim, Axel Moustache. Presentación oficial: Selección oficial Festival de Cannes. Duración: 125 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    El territorio donde transcurre la nueva película de Cristian Mungiu marca el tono de una historia que, precisamente, pretende captar la —desalentadora— realidad de este mismo lugar. Estamos en Transilvania, región histórica del centro-noroeste de Rumanía, donde conviven nativos, claro está, con ciudadanos húngaros, y alemanes, y franceses… hasta con una comitiva recién llegada de esrilanqueses. Un melting pot, vaya, orquestado por las promesas lanzadas a unos, y la indigna e indignante falta de estas mismas, que otros sienten en sus propias carnes. Muchos se van (hasta el punto en que podríamos hablar de «Rumanía vaciada»), pero otros llegan con la intención de encontrar una vida mejor. Aquí, donde las montañas están groseramente recortadas, quedando expuestas como desasosegantes apilamientos piramidales de terrazas; aquí, donde el asfalto de las calles es cíclicamente engullido por el barro; aquí, donde los bosques, como sucedía con esas fábulas que alimentaban nuestras pesadillas infantiles, son el escondrijo traicionero de bestias feroces; aquí, donde el cielo, siempre encapotado, se niega a negociar cualquier color que se aleje de las tonalidades grises. La única expedición cromática que se permite la película cala en unos subtítulos cuya paleta cambiante intenta poner orden en la amalgama de idiomas que compone buena parte del ruido ambiente. En defensa del sitio donde nos encontramos, la climatología depresiva se debe a las fechas por las que se mueve la acción: las que están marcadas por la navidad y la llegada inminente de un nuevo año.

    Aunque el espíritu festivo que debiera calentar los hogares de las familias y los corazones de las gentes, quedó extinguido hará ya mucho tiempo. «¡En este pueblo no tenemos problemas desde la década de los 90!», proclama un aldeano; «¡Sí! Desde que expulsamos a los últimos gitanos», corrobora otro; «Bueno, todo esto si no contamos aquellos ocho homicidios de hará un par de años…». Este es el nivel. Poco antes de tan lamentable intercambio de impresiones, un hombre lejos de su hogar (el personaje más central de esta historia) se ha hecho el harakiri laboral al golpear furiosamente a su jefe, un miserable que, para señalar de su subordinado, le ha emparentado con el pueblo cíngaro. Una ofensa intolerable. Porque él no es gitano, gitanos son los demás; todos los sinvergüenzas que conspiran, a todas horas, para arruinarle la vida. Marin Grigore encarna al antiheroico protagonista de la función, un hombre de rostro impenetrable, al que durante las poco más de dos horas que le acompañamos, casi nunca podemos verle los ojos. Imposible conectar con él, ya desde esas primeras impresiones insinuadas por el físico. Su rostro no dirige mirada alguna, solo una sombra insondable, porque su prominente ceño es una visera natural permanente, porque en Transilvania nunca brilla el Sol… porque por mucho que intente ocultarlo, la suma-cero de factores con la que se construye su voluntad (o la falta de ella), obedece a la indigesta mezcla de los impulsos más primarios (animales, si se prefiere), con el rol de liderazgo que le otorga la condición de hombre (o sea, señor) adulto. Y ahí va el nuevo «sheriff» del pueblo, intentando poner orden en un caos mayormente alimentado por él. Por los de su calaña, también.

    Venimos, conviene recordarlo, de la controvertida Concha de Oro otorgada a Alina Grigore por su Blue Moon, desquiciado retrato de la Rumanía rural, presentada esta como un páramo desértico del patriarcado. Sin necesidad de alzar tanto la voz, Mungiu constata y ahonda en la radiografía ofrecida por su compatriota. A partir de un drama familiar (el del hombre sombrío que, tras perder su trabajo en el extranjero, vuelve a un hogar en el que no es bienvenido), R.M.N. va expandiendo el foco, familiarizándose con algunos de los miembros más relevantes de una comunidad empeñada en ver la riqueza ofrecida por su heterogeneidad identitaria, como una maldición mandada por un dios cruel. Así, la esfera íntima en la que al principio se movía el relato, va confirmando sus prioridades políticas. De un punto al otro, Cristian Mungiu se apoya en mecanismos reconocibles del cine de género: el thriller (el guion, cómo no, parte de un misterio; de una imagen impactante que no alcanzamos a ver, y que iremos persiguiendo durante buena parte de la trama), el terror (véanse, o no, esas figuras borrosas en segundo plano; esas manchas de fondo, tan ambiguas como amenazantes, que ya son puro sello autoral), el western. Recién llegado de Sri Lanka, un panadero intenta ubicarse en el terreno. ¿Dónde está ese pueblo? ¿Y aquella ciudad? Ah, claro… disculpe, es que, desde mi país, todos estos puntos quedan hacia el oeste.

    Y sí, ahí está, desde Europa del Este, una crónica que parece sacada del Wild West. El hombre sin ojos blande un rifle de caza con la misma (in)seguridad con la que se escuda en su virilidad para justificar sus acciones. Y no hay más, de verdad, por mucho que se intente desviar la atención con palabrería. Toda esta estalla en una tempestad comunal que vuelve a encumbrar a Mungiu como un cineasta superdotado. El pueblo de la Rumanía vaciada, harto de las frustraciones y tensiones generadas en su seno, ha reunido a prácticamente todos sus habitantes para decidir, de manera democrática, cómo demonios va a resolverse tanto malestar. Con esto, observamos desde un plano fijo de aproximadamente quince minutos (¡formidable set piece rumana!), una especie de experimento político en el que todas las conclusiones son para echarse las manos a la cabeza. El monstruo social despliega toda su intolerancia, luciendo la aberrante falta de solidaridad entre los pueblos diasporizados, sobre todo cuando estos juegan en terreno propio. Dicho de otra manera: qué lástima y empatía nos despiertan aquellos que emigran… y qué alergia se activa ante los que les toca inmigrar. La cámara del autor de 4 meses, 3 semanas, 2 días capta, sin moverse un solo centímetro, todos los gestos y todas las declaraciones delatoras. Las que hablan por sí solas; las que no pueden maquillarse. Mungiu, único sheriff posible en este infierno, actúa de manera tan contundente como poco sutil, porque sabe la dimensión (descomunal) del mal al que se enfrenta. Ante esto, no vale esconderse, ni las medias tintas, ni mucho menos las ambigüedades. Con estas oscuras artes (es decir, con el fuera de cuadro; esa atrocidad que existe, pero que permanece invisible) hemos llegado a esta calamidad; solo arrojando luz sobre dichas cobardías, podremos disolverlas. ⁜


    R.M.N., Cristian Mungiu
    Competición del Festival de Cannes.

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