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    Crítica | Gagarine

    || Críticas | ★★★☆☆ |
    Gagarine
    Fanny Liatard, Jérémy Trouilh
    2019: Una odisea en el inmueble


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia, 2020. Presentación: Cannes Selection 2022/ Festival de Zúrich 2020. Dirección: Fanny Liatard y Jérémy Trouilh. Guion: Fanny Liatard, Jérémy Trouilh y Benjamin Charbit. Producción: Haut et Court / France 3 Cinéma. Fotografía: Victor Seguin. Montaje: Daniel Darmon. Música: Amin Bouhafa, Evgueni Galperine y Sacha Galperine. Diseño de producción: Marion Burger. Vestuario: Adrien Durupt. Reparto: Alseni Bathily, Lyna Khoudri, Jamil McCraven, Finnegan Oldfield, Farida Rahouadj, Denis Lavant. Duración: 98 minutos.

    En abril de 1961, periodo álgido de la Guerra Fría, el ruso Yuri Gagarin fue el primer hombre lanzado al espacio, orbitando unos minutos alrededor de la Tierra antes de volver a esta entre vítores y otros reconocimientos. A raíz de este éxito se fue de gira por el mundo, aunque naturalmente los Estados Unidos le vetaron la entrada. Uno de los países que sí lo acogió fue Francia, y en particular el cosmonauta se paseó por la periferia parisina gobernada en esa época por el Partido Comunista. El año de su gesta se había construido ahí un bloque de viviendas con su nombre, que él mismo inauguró dos años más tarde, hecho que reforzó su gran recibimiento por parte de la población entonces congregada en ese espacio. La imagen solitaria (por la ausencia de cualquier otra persona a su lado) de Gagarin en el espacio exterior contrastó entonces con este proyecto colectivo en el espacio urbano, donde muchas personas pudieron hacer su vida durante décadas. Pero el contraste entre ambos espacios acabaría, por así decir, difuminándose, ya que el claro deterioro del edificio obligó a su evacuación entre 2018 y 2019, sobreviviendo, eso sí, en casi treinta años a la propia Unión Soviética. El espacio urbano quedó entonces vacío, a punto de ser demolido con una explosión que perfectamente podría recordar la del cohete que propulsó al héroe soviético.

    Sobre tan interesante paralelismo (patente en el diseño del propio título que aparece pasados unos segundos de metraje) se articula la ópera prima de Fanny Liatard y Jérémy Trouilh, mujer y hombre con experiencia previa en el mundo del cortometraje. El primero de sus cortos de hecho se titulaba también Gagarine, y tenía prácticamente la misma historia, en versión reducida y con otros actores, que el largometraje que ahora reseñamos. Con todo, dicho cortometraje se estrenó en 2015, antes de la efectiva demolición de estas viviendas de protección social, por lo que tenía un cierto carácter premonitorio. Los dos siguientes cortometrajes de estos cineastas se centraban igualmente en las experiencias de una comunidad de vecinos, prestando su atención al refugio interior de los apartamentos y a su vez al potencial insospechado de sus patios y techos. Por tanto, aunque como decíamos estamos ante su primera película, esta aborda temas que Liatard y Trouilh ya dominan. Recordar su relación con el cortometraje es además ilustrativo porque el relato de Gagarine tiene un desarrollo escueto, podría en efecto narrarse en un formato de cortometraje, si bien aquí el metraje se extiende a la hora y media sin que el ritmo sufra por ello. Esto se debe sobre todo a la ágil introducción de imágenes de archivo y a la inclusión de un par de secuencias de montaje que profundizan en el calado dramático de la propuesta, así como en la susodicha conexión con la realidad detrás de esta historia.

    En concreto destacan dos secuencias de montaje: una en la primera mitad, siguiendo el disfrute en el exterior de varios vecinos del inmueble, hasta reunirse cerca del protagonista, llamado, cómo no, Youri (Alseni Bathily); y otra en la segunda mitad, más intimista, editada en torno a las vivencias de Youri con los dos únicos personajes, Diana (Lyna Khoudri) y Dali (Finnegan Oldfield) que aún le acompañan en esta localización abandonada. Ambas están amenizadas con una envolvente banda sonora, y dan lugar a imágenes de gran carga poética, entre otras que pueden verse a lo largo del metraje, como la de los vecinos asistiendo a un eclipse tras una carpa improvisada; o la de Youri y Diana, ahora solos, contemplando unas estrellas imaginarias tras una tela agujereada: de nuevo revelando ambas escenas un evidente paralelismo. La historia tiene en suma dos partes bien diferenciadas, oponiendo la experiencia colectiva y la unipersonal, respectivamente, aunque el tono entre el crudo realismo y la ilusión casi irreal es constante durante toda la narración, por lo que esta está bastante compensada.

    En cambio existe cierta descompensación en algunos elementos del drama, que parte de una premisa como decíamos histórica pero incorpora detalles poco verosímiles, demasiado dependientes de la pericia de un protagonista que al fin y al cabo es un joven desamparado. Ya en esa primera parte de la historia hay una escena, a partir de un cameo grotesco de Denis Lavant, que amenaza ligeramente la suspensión de la incredulidad de la película. Esta sin embargo se resiente sobre todo en la segunda parte, que es la más llamativa pero también la más extravagante, en esencia por culpa de un desenlace que traiciona el final definitivo y lógico del paralelismo sobre el que giraba todo el filme, a favor de un final ambiguo apoyado en algunas acciones gratuitas e inconsistentes. En cualquier caso, hay que reconocer que lo que se nos cuenta tiene un indudable poderío, con algunos hallazgos posteriores que sí son afortunados, como la comparación entre los encargados de los explosivos y los astronautas rusos, por poner solo un ejemplo en este sentido, y toda la puesta en escena juega con una estética simbólica que sortea tanto lo sobrecargado como lo anodino. Aunque sus imágenes sean a veces poco sutiles y su mensaje sea algo reiterativo, esa derivación poética a la que nos referíamos y la trascendencia de la que goza su alegato garantizan el interés de una película poco común, hermanada con el llamado cine social francés pero también alejada del mismo por su peculiar estructura narrativa y su sugerente acabado visual. Es, en suma, una cinta que merece la pena ver, que ofrece un nuevo punto de vista de dos sucesos ligados, uno conocido y el otro olvidado. ⁜


    Gagarine, Fanny Liatard, Jérémy Trouilh
    Selección oficial del Festival de Cannes inédito de 2020.

    Miguel Ángel Onoda
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