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    Crítica | All the Streets are Silent: The Convergence of Hip-Hop and Skateboarding (1987-1997)

    || CRÍTICAS | AMERICANA FILM FEST 2022 | ★★★★☆
    All the Streets are Silent: The Convergence of Hip-Hop and Skateboarding (1987-1997)
    Jeremy Elkin
    Y ya nada volvió a ser igual


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    EE.UU. 2021. Título original: «All the Streets are Silent: The Convergence of Hip-Hop and Skateboarding (1987-1997)». Director: Jeremy Elkin. Guion: Dana Brown y Jeremy Elkin. Productores: Dana Brown, Jeremy Elkin, Khyber Jones, David Koh y Ted Newsome. Productoras: Elkin Editions. Fotografía: Vladislav Opelyants. Música: Eli Morgan Gesner. Montaje: Jeremy Elkin. Reparto: Stretch Armstrong, Peter Bici, Mike Carroll, Eli Morgan Gesner, Keith Hufnagel, Leo Fitzpatrick, Kid Capri, Kool Keith, Rosario Dawson. Duración: 89 minutos.

    Place: New York.
    Date: 1987-1997.
    Side A: hip-hop.
    Side B: skateboarding.
    Playlist: Graffiti, Clubbing, Mixtapes, Park-Life, Mars Sessions, Zoo York, Supreme, Brooklyn Banks, and many other hits!


    Como se marcaban las viejas casetes; así también podría rotularse la experiencia que propone el documental All the Streets are Silent: The Convergence of Hip-Hop and Skateboarding (1987-1997), primer trabajo del cineasta Jeremy Elkin tras un par de cortos dedicados a su obsesión favorita, la ciudad de Nueva York. Protagonista de principio a fin en su sustrato primario, la calle, Nueva York constituye el paisaje casi mítico de esta película que retrocede hasta finales de los años ochenta para describir el agitado panorama underground de subculturas urbanas que propició la unión entre el hip-hop y el skateboarding. Un momento único del que es fácil engancharse a partir de la nostalgia de sus supervivientes, pero que el rapero Kid Capri, al principio del filme, resitúa de manera contundente en sus auténticas coordenadas: «Se unió la mierda que hacían los blancos con la mierda que hacían los negros». El trabajo de Elkin y su coguionista, Dana Brown, ha consistido en ordenar, y de qué modo, esa «mierda» en un abrumador trabajo que salta del pasado al presente y viceversa con la fiereza (controlada) de un scratch.

    La idea es sencilla. Se trata de saber quiénes fueron y lo que hicieron, qué sentían entonces y qué piensan ahora, de dónde procedía su rabia y en qué la convirtieron. Y lo más importante, cómo es posible que unos «fumetas» que perdían el tiempo patinando y de fiesta en fiesta definieran la cultura urbana de Nueva York durante una década y más tarde se erigieran en iconos de su gentrificación. Si el guion es transparente, no lo es menos su narrativa, con la consabida mezcla de imágenes de archivo, una banda sonora volcánica y testimonios de los protagonistas. Es evidente en estos aspectos que All the Streets are Silent sigue un esquema argumental y formal tan conocido como eficaz. Sin embargo, lo que distingue, y mucho, este relato de otras propuestas similares es la capacidad de Elkin y Brown para trascender esas convenciones y dirigirlas hacia la evocación de un tiempo y un lugar pasados y enfrentarlos a su reflejo en el presente, no con el propósito de escribir una hagiografía melancólica sino con el fin de cuestionar la idiosincrasia norteamericana relativa a la capitalización de cualquier fuerza telúrica. Resulta fascinante, a medida que avanza el metraje, la manera en que Elkin y Brown traducen el conjunto de una educación sentimental espontánea —la vida en las calles de Manhattan, las sesiones de dj, la pereza, las adicciones, el inconformismo, incluso cierta anarquía antisistema— en un proceso de reeducación y encaje dentro los límites socialmente aceptados. «¿Cuándo vamos a ganar pasta?», se le escucha en varias ocasiones a los skaters que aparecen en las antiguas grabaciones en Hi8.

    Ayer libres y hoy etiquetados, el montaje dialéctico de la película es inclemente con los Stretch Armstrong, Peter Bici, Mike Carroll, Eli Morgan Gesner, Keith Hufnagel, Leo Fitzpatrick, Kid Capri, Kool Keith, Rosario Dawson, Harmony Korine, Carlo McCormick, Run-D.M.C., Moby, Dave Ortiz, Willo Perron, Danny Supa y tantos otros que atraviesan la pantalla. La imagen customizada de ahora se cae a plomo frente a la de sus fantasmas de juventud, genuinamente desarrapada, envuelta en humo, colgada y colocada, orgullosa y desafiante; atrapada en cintas de vídeo que huelen a porro, sudor y goma quemada. Sin ropa de marca ni estrategia de marca. Con la dosis justa de melancolía, All the Streets are Silent ofrece un retrato febril de lo que significó ser joven, skater y hip-hopero, en ese orden, en la Nueva York de finales de los ochenta y principios de los noventa, justo antes de que Rudy Giuliani (1994-2001) transformara la ciudad en un parque temático para todas las edades. Elkin y Brown logran reproducir, en una dúctil amalgama de imágenes y sonidos disruptivos, esa rara energía que todo lo hace posible; el impulso, la locura y la pasión ciega de la inconsciencia. Días largos y años cortos. El triunfo (breve) de The Factory.

    Esta cualidad, prácticamente un estado de ánimo aproxima la cinta a la órbita de Style Wars (Tony Silver, 1983), el tremendo documental que tomaba el pulso a la escena hip-hop de Nueva York en los años setenta y lo conectaba con la cultura del grafiti y el break-dance. Elkin debe conocer este trabajo, a la fuerza, y, de hecho, en varios momentos de su película se pueden apreciar cintas VHS de este título en los espacios íntimos y de recreo de los protagonistas. Lo meta se inocula así en el intersticio entre las imágenes de archivo y las imágenes de testimonios actuales. El mismo valor simbólico e idéntica función narrativa tiene el «personaje» de Harold Hunter, skater negro y figura de culto de la época, que murió de una sobredosis en 2006. La ausencia de su yo presente y, por lo tanto, no asimilado por el sistema neoliberal que barrió Estados Unidos tras el cambio de milenio, resuena con más fuerza aún si cabe en las grabaciones de su yo pretérito, todo furia, inquietud y arrebato. Se podría hablar incluso de inocencia, en tanto ese Harold patinaba y se drogaba animado por el espíritu de un tiempo inconsciente de su tiempo. Pura actitud, que no pose. Esa es la diferencia esencial respecto a la manera de vivir y entender las (sub)culturas en nuestros días.

    En su último tercio, además, All the Streets are Silent deja rastros nada inocentes del proceso de envenenamiento progresivo que empujó a la madurez/comodidad a esa generación. Aquel «¿cuándo vamos a ganar pasta?» que se oía en off se concreta en el cierre calculado del club Mars, la apertura de las primeras tiendas de Zoo York y Supreme, el éxito de Kids (Larry Clark, 1995) –epítome de ese cine indie de los noventa que se presuponía genial en cada ópera prima– y la expansión internacional del hip-hop y el skating. Otra vez Kid Capri, acaso la figura más lúcida del filmw, devuelve la mirada sobre esos hechos hacia la dirección justa. «Hicimos lo que todo americano sabe hacer». ⁜

    Place: New York.
    Date: 2021.
    Side A: hip-hop.
    Side B: skateboarding.
    Playlist: Nike, Apple, Adidas, Trasher, Vans, Roxy, Zoo York (comprada), Supreme (comprada), Billabong, and many other hits!



    All the Streets are Silent: The Convergence of Hip-Hop and Skateboarding (1987-1997), Jeremy Elkin
    DOCS Americana 2022.

    Miguel Ángel Onoda
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