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    Crítica | Passengers of the Night

    Retrato de familia

    Crítica ★★★★☆ de «Passengers of the Night», de Mikhaël Hers.

    Francia, 2022. Título original: «Les passagers de la nuit». Dirección: Mikhaël Hers. Guion: Mikhaël Hers, Maude Ameline, Mariette Désert. Compañías productoras: Nord-Ouest Films, arte France Cinéma. Presentación oficial: Berlinale 2022 (Competición). Dirección de fotografía: Sturla Brandth Grøvlen. Música: Anton Sanko. Intérpretes: Charlotte Gainsbourg, Quito Rayon Richter, Noée Abita, Megan Northam, Thibault Vinçon, Emmanuelle Béart, Laurent Poitrenaux, Didier Sandre, Ophélia Kolb Kasapoglu, Calixte Broisin-Doutaz. Duración: 111 minutos.

    Mayo del año 1981 se presentaba para los ciudadanos franceses como un punto de inflexión hacia el cambio, de esperanza materializada en unas elecciones presidenciales en las que François Mitterrand llevó el progresismo a las puertas del Palacio del Elíseo. Los emocionados votantes iniciaron celebraciones en las calles, con proclamas de festejo, repartiendo rosas e inoculando una energía optimista al ambiente de inicios de la década. Tres años después, y muy a pesar de aquella promesa de bienestar, la vida para Élisabeth (Charlotte Gainsbourg) se está derrumbando de manera irremediable. Se mira desnuda al espejo, observa la cicatriz de su mastectomía y no es capaz de evitar reprocharle a su marido el abandono, a pesar de haberla acompañado durante los peores momentos de su enfermedad y, de alguna manera, haber elegido el momento menos dañino para marcharse. Tantos años relegada al rol invisible de ama de casa, tantos años sin trabajar ni tomar decisiones por su cuenta solamente le han traído una decepción tras otra; y la soledad repentina parece condensar todos.

    Este es el inicio del viaje emocional de Élisabeth, del dolor de la pérdida y la autocompasión, de la ausencia de perspectivas hacia cualquier otra posibilidad, lo que sea, por una mera necesidad instintiva de no dejarse caer, de no fracasar delante de sus dos hijos, de los que el exmarido —a quien se menciona ocasionalmente pero nunca se ve— no se ha hecho cargo, como si fuesen una obligación ajena. Ella, que lleva tanto tiempo sin trabajar, sabe que representa un cero a la izquierda en aquella nueva sociedad de paradójicos horizontes infinitos. Sin embargo, confía en lo único que le queda, su determinación, y prueba suerte en France Radio, enviando una carta a la locutora de su programa favorito, Les passagers de la nuit —título, además, de esta película, nueva obra de Mikhaël Hers. Insospechadamente, sus palabras conmueven a Vanda Dorval (Emmanuelle Béart), su directora, y le concede una oportunidad: un pequeño empleo en el apartado técnico.

    Es aquí, en este trasegar de seres melancólicos, donde Élisabeth repara en cómo devolver el favor, escuchando a oyentes angustiados o insomnes, como Talulah (Noée Abita), a quien encuentra en un banco frente a la emisora, sin saber dónde dormirá el próximo día. La joven, cuya presencia encarna algo así como el contraplano de una misma vulnerabilidad y sensación de no pertenecer, pasa a instalarse en el desván del apartamento familiar y a compartir el desarrollo la sencilla rutina con Matthias (Quito Rayon-Richter) y su hermana mayor, Judith (Megan Northam), los dos hijos de Élisabeth. Poco a poco, la vida, que es lo que se ocupa de retratar esta película, va prodigando algunos breves momentos de discreta felicidad, pequeños éxitos o fracasos, y también acontecimientos más o menos intrascendentes, pero siempre impregnados de una intensa ternura nostálgica, como si en realidad nos encontrásemos frente a un conjunto de recuerdos, a un tiempo ya pasado, que nubla el juicio y provoca una enorme intensidad emocional en su evocación, aunque no se trate de episodios épicos ni particularmente significativos en una perspectiva macro.

    Así, con delicadeza narrativa, presenciamos la desatención en clase de Matthias como síntoma de una etapa de incomprensión de sí mismo y su alrededor, de descubrimiento de emociones tan abstractas como el amor. No hay en ningún momento interrupciones de carácter estrambótico, no hay gritos ni estridencias, pues el verdadero componente dramático es el de buscar constantemente un lugar junto a los demás, de definir los límites del propio cuerpo y tratar de entender cómo integrarlo, cómo incrustarse en la vida en común. El guion del propio Hers, junto a Maud Ameline —con quien ya había colaborado en Amanda (2018)— y Mariette Désert, ejecuta un efecto deslumbrante que, como toda obra bien construida, parece sencillo a primera vista: consigue provocar una enorme empatía, gracias al detalle en la configuración de unos personajes capaces de sorprenderse por los pequeños destellos de belleza inmersos en la cotidianidad más corriente. Van a trabajar, se emborrachan por primera vez, escriben una carta, confiesan su amor torpemente, pero impactan de una manera profunda y duradera en la retina de los espectadores.

    La introducción reiterada de imágenes de archivo, o bien la inclusión adicional de material grabado para la película en formato 4:3 y cámaras analógicas caseras no solamente acentúan un diseño de producción y un montaje magníficos en su sobriedad, siempre al servicio de los personajes, sino que contribuyen al discurso general de reivindicación de la dignidad de las pequeñas cosas, merecedoras de recibir el mismo protagonismo que los momentos cruciales, pues la sucesión de días corrientes es lo que acaba dando forma a una vida entera. De modo que el avance de la década de los ochenta va ocurriendo lentamente y produciendo algunos cambios significativos en Élisabeth, Judith, Michel y Talulah a base de acumulación de momentos sin importancia. Escenas como el pequeño ritual familiar de reunión y baile cada vez que la madre hace créme brûlée de postre, la tarde en la que los Matthias, Judith y Talulah fueron al cine y se equivocaron de sala, o la invitación de Judith a su madre y su hermano al piso al que se ha mudado para vivir su etapa adulta configuran un retrato de familia rotundo y enternecedor por su humanidad —el antecedente cinematográfico más cercano quizás sea la estupenda L’avenir (Mia Hansen-Løve, 2017)—, sin caer en ningún momento en la tentación de lo melodramático, lo hiperbólico o lo cursi, extremos muy difíciles de esquivar en este género cinematográfico.

    Mikhäel Hers ha conseguido, así, una película sobresaliente, en la que el talento de su elenco, especialmente Charlotte Gainsbourg, se nutre de un guion excelente y una fotografía —de Sébastien Buchmann— sobria pero ingeniosa. Passengers of the night es una aproximación sincera y emotiva a una época histórica concreta, en cierta medida, pero, sobre todo, a una época emocional, y sus mecanismos operan, como decíamos más arriba, de modo parecido al de una sucesión de cariñosas evocaciones, recuerdos de un pasado imperfecto, con ese dispositivo inexplicable por el que se conservan en la memoria algunos detalles con mayor claridad y otros no, y que, sin embargo, atesoran en su interior una poderosa e insospechada intensidad.


    Luis Enrique Forero Varela |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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