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    Crítica | Matrix Resurrections

    El conejo de la chistera

    Crítica ★★☆☆☆ de «Matrix Resurrections», de Lana Wachowski.

    Estados Unidos, Reino Unido y Australia, 2021. Dirección: Lana Wachowski. Guion: Lana Wachowski, David Mitchell y Aleksandar Hemon. Producción: Village Roadshow Pictures / NPV Entertainment / Silver Pictures / Warner Bros.. Fotografía: Daniele Massaccesi y John Toll. Montaje: Joseph Jett Sally. Música: Johnny Klimek y Tom Tykwer. Diseño de producción: Hugh Bateup y Peter Walpole. Dirección artística: Esther Schreiner. Vestuario: Lindsay Pugh. Reparto: Keanu Reeves, Carrie-Anne Moss, Yahya Abdul-Mateen II, Jonathan Groff, Jessica Henwick, Neil Patrick Harris, Jada Pinkett Smith, Priyanka Chopra Jonas, Lambert Wilson. Duración: 148 minutos.

    Pocas películas renombradas de los años 90 hacia atrás (y dentro de poco empezaremos con la década de los 2000) se salvan ya de contar con algún tipo de secuela, remake o reformulación de otro tipo. Es signo de la escasa originalidad y de la falta de riesgo de la industria cinematográfica predominante (en particular el mainstream norteamericano), que prefiere recuperar historias que han funcionado en el pasado que idear historias nuevas. Este 2021 que agoniza ha sido especialmente llamativo para ilustrarlo, con nuevas versiones de Candyman o Cazafantasmas (Ghostbusters), con la «secuela de la secuela» Halloween Kills, con el spin-off Cruella o incluso con el mash Godzilla vs. Kong, pues también son «culpables» en este sentido los productos que aprovechan elementos exitosos de más de una película para integrarlos en una sola. Podrían incluirse en la línea anterior Dune o West Side Story: aunque ambas prefieren presentarse como nuevas adaptaciones de sus fuentes literaria y teatral respectivamente, no dejan de ser versiones actualizadas de historias que ya han sido llevadas a la gran pantalla. Pues bien, el último ejemplo de toda esta tendencia lo tenemos con The Matrix Resurrections, la cuarta entrega de una serie en que las dos partes anteriores de la entonces trilogía ya figuraban como secuelas no consecutivas (entiéndase, no impuestas por una trama ya elaborada) de la película original, a raíz de la repercusión que tuvo la misma.

    Ha llegado hasta tal punto la conciencia de que esta intención puede condicionar cualquier pretendido blockbuster que el filme que ahora comentamos lo incorpora a su propio libreto. Lo hace a través de una conversación entre su protagonista y otro personaje donde este le confiesa a aquel que Warner Bros. ha exigido esta continuación. Pero este detalle no compensa de repente la falta de originalidad a la que nos referíamos, porque esta por definición revela algo nuevo, o presentado de forma novedosa. Y si el público es consciente de que así es cómo funcionan las cosas, que la propia película ponga de manifiesto ese entendimiento, más que sorprender o hacer un guiño irreverente, incide en el gran defecto que la aqueja. Este no es otro que tomar elementos ya existentes para formar un conjunto confuso y errático, por la falta de claridad en su dirección. Si fuera una continuación al uso, podría proseguir la trama original, sin introducir demasiadas alteraciones, incluso con los mismos personajes y escenarios, lo cual podría ser susceptible de crítica, pero al menos sería coherente, ya que la principal (por no decir única) justificación de esta cinta es la preexistencia de la trilogía. Por otro lado, si quisiera apostar por algo distinto, partiendo de esa base pero cambiando sus reglas y su desarrollo, también sería coherente siempre y cuando ese cambio fuera consecuente. Sin embargo, Matrix Resurrections se queda a medio camino: al parecer quiere darle un giro al universo de Matrix y al destino de sus personajes, pero sigue pautas ya conocidas, y de la mezcla del metalingüismo con la nostalgia y los condicionantes del género de acción y de ciencia ficción brotan una estructura narrativa y un montaje difusos y contradictorios.

    The Matrix Resurrections, Lana Wachowski.
    El universo Matrix con imagen de plataforma.

    «Matrix Resurrections se queda a medio camino: al parecer quiere darle un giro al universo de Matrix y al destino de sus personajes, pero sigue pautas ya conocidas, y en la mezcla del metalingüismo con la nostalgia y los condicionantes del género de acción y de ciencia ficción subyacen una estructura narrativa y un montaje difusos y contradictorios».


    Respecto de la narración, se apoya en una aparente amnesia de Neo y Trinity, que ahora viven con otra identidad cotidiana, en un mundo normal y que creen real. Como enseguida se intuye, este no es más que una actualización de la Matrix, tras la engañosa revolución con que terminó el hilo narrativo de la trilogía anterior. Ahora su principal responsable no es el Arquitecto, sino el Analista, o psicoanalista, cuyo papel inicial es más interesante que el arquetipo antagónico en que cae después. Por su parte, Morfeo (con los rejuvenecidos rasgos de Yahya Abdul-Mateen II) ahora queda reducido a un programa de un módulo de la Matrix, Niobe aparece como envejecida general (con un maquillaje fiel al estilo Wachowski, como ya pudo verse en Cloud Atlas) de la ciudad subterránea de IO que sustituye a Sion, y hasta el Merovingio de Lambert Wilson cuenta con un grotesco e innecesario cameo en un trecho posterior del metraje. Otras caras nuevas se suman el equipo rebelde, entre las cuales hay varios actores con los que Lana Wachowski ya trabajó en la serie Sense8. De hecho, la cosmovisión que caracterizaba esta última deja su huella en esta película, con su juego de puertas transportadoras, sus flashbacks atemporales o incluso con una escena que no es de las más importantes pero que explica lo que aquí no funciona del todo. Se trata de la breve secuencia en un tren de alta velocidad en las inmediaciones de Tokio, paisaje que se apunta en un único y breve plano general, ya que dicha escena prefiere centrarse en una caótica y poco memorable pelea en el interior del tren. ¿Para qué situarla en Japón? Para transmitir la sensación de que la historia abarca mucho, cuando en realidad no aporta nada, pues podría ubicarse en cualquier otro lugar. Más valdría cuidar la planificación en el interior de esa localización, cualquiera que fuera, para que la acción en ella resultara eficaz. Y aquí es donde sobrevienen los problemas de montaje, con demasiados cortes en esos momentos de acción, con transiciones bruscas (apenas se salva una acertada secuencia de montaje al son de White Rabbit), con escenas en paralelo donde el tiempo de los acontecimientos no queda bien establecido, y con un minutaje en general descompensado. Se llega entonces a la principal contradicción: The Matrix de 1999 quedó en el recuerdo gracias a sus efectos visuales, sus asombrosas coreografías y, hay que reconocerlo, lo atractivo de una historia limitada a unos cuantos motivos bíblicos, con el sello New age. Matrix Resurrections, que lleva en su título uno de los hitos de su influencia cristiana, parece dar un paso atrás en el acabado visual, incluyendo coreografías que no son tales (más bien una sucesión de saltos y golpes sin sentido) y, sobre todo, presentando una historia que no sabe si quiere ser un viaje introspectivo por la psique de Neo, un romance derivado del conflicto con reglas poco fiables o, simplemente, una sumisión a la incapacidad de ir más allá en la construcción de un universo cuyo imaginario ya quedó plasmado con mucha mayor rotundidad en el Nuevo Testamento y en la obra de Lewis Carroll.


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid


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