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    Crítica | Fabian: Going to the Dogs

    Patrias sentimentales ||

    Crítica ★★★★★ de «Fabian: Going to the Dogs», de Dominik Graf.

    Alemania, Austria, 2021. Director: Dominik Graf. Guion: Dominik Graf, Constantin Lieb. Productores: Felix von Boehm. Producción: arte, Amilux Film, Lupa Film, Studio Babelsberg, ZDF. Montaje: Claudia Wolscht. Fotografía: Hanno Lentz. Música: Sven Rossenbach, Florian Van Volxem. Reparto: Tom Schilling, Albrecht Schuch, Saskia Rosendahl, Meret Becker, Michael Wittenborn, Petra Kalkutschke, Elmar Gutmann, Aljoscha Stadelmann, Anne Bennent, Luise Aschenbrenner, Eva Medusa Gühne, Thomas Dehler. Duración: 176 minutos.

    En la Alemania de los años 20 la turbulencia política estaba a la orden del día y la República de Weimar era incapaz de aportar una seguridad económica y estabilidad laboral a un país cada vez más empobrecido y atravesado por una crisis espiritual tras el gran conflicto bélico. Una hornada de escritores alemanes integraría la Nueva Objetividad, movimiento artístico que se extendió a todas las manifestaciones artísticas como reacción contra el Expresionismo y su paulatina abstracción expresiva, formal y temática. La Nueva Objetividad va a bajar a las calles, explorar los arrabales y cartografiar el alcance de los sociolectos, las jergas y los idiolectos del lumpen, los marginados y los bohemios. En literatura, eso se va a plasmar en una reacción más realista, verista, sucia y descarnada que recupera el ansía por reflejar la vida diaria y el miserable presente.

    Fabian: Going to the Dogs es la adaptación de la novela de Erich Kästner de 1931. A lo largo de sus tres horas, Dominik Graf hace suyo el material componiendo un auténtico patchwork de influencias estéticas, pulsiones emocionales y turbulencia espiritual. La novela de Kästner es uno de los exponentes manifiestos del movimiento literario. Fabian es un joven escritor que deambula por las calles maltrechas de Berlín haciendo suyo el abatimiento moral de toda una sociedad: la novela se convierte en el espejo del hastío político huyendo del naturalismo científico y cebándose con el Zeitgeist de su época. El desempleo y la frustración amorosa son observados con cercanía y se trabaja con personas corrientes marcados por su codificación de clase, es decir, no verán individuos conquistando su realidad, sino que se encuentran codificados por su posición social y profesional. Con estas señas, Graf construye una película de tiempo que se detiene a observar el declive de todo un país. Su adaptación asimila parte de esta codificación, pero va más allá incorporando una puesta en escena que, especialmente en la primera hora del largometraje, dinamita la identidad genérica del drama de época a través de una retahíla de secuencias que recurren al montaje blando de múltiples pantallas, angulaciones extremas y largos travellings que ahondan aún más en la herida sangrante de la sociedad berlinesa de los años 30.

    Tras esta desaforada primera hora repleta de hallazgos visuales al servicio de una observación enajenada de Fabian y sus devaneos nocturnos, Graf se entrega a un melodrama que eleva el tono dramático de la novela y, por instantes, las omniscientes voces en off que aportan el sustrato observacional y artíficamente documental de la película se entremezclan y rompen el tono dramático. Esta ruptura hace tambalear la película entre la arritmia festiva y visual de la decadencia hedonista del inicio y la sobriedad poética del segundo tramo; sin embargo, este impasse es tan deliberado que la película se empapa de una efervescencia romántica que brota en secuencias dialogadas donde el primer plano, el rostro y el gesto de la palabra consiguen eclipsar el corazón. El gran hallazgo de Fabian: Going to the Dogs es su capacidad de mantener una tensión entre la observación y el diario sentimental más verista y los estallidos románticos que celebran la flexibilidad expresiva del medio —y aquí cabe desde la celebración del cine mudo y la comedia física, el surrealismo de collages visuales que caben en una copa de champagne y el lirismo metacinematográfico de la Pasión (1982) de Godard.

    Fabian oder Der Gang vor die Hunde, Dominik Graf.
    Sección oficial | 18ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla.

    «Hay aquí un ejercicio de vitalismo visual capaz de mirar al pasado con un poco de curiosidad y mucho de desacralizador. Hastío existencial y romanticismo sufrido, el relato de Fabian se siente tan fuera de sí que cualquiera puede latir en sus muchos huecos».


    Es una película sorprendente en la medida en la que la novela de Kästner no se impone en ningún momento a la ambición ecléctica de Graf. En sus mejores instantes, se ve, se mira y se entiende como un filme congelado en el tiempo: una experiencia anacrónicamente conmovedora por su dependencia hacia un cine alemán de los 70 que actualizó la Nueva Objetividad con el fatalismo de cabaret y bendita mugre asocial del Berlín de la RFA. En sus instantes melodramáticos, evoca un sentimiento donde lo que una vez fue el amor ahora es huella muerta en paisajes urbanos que conocieron primaveras y ahora hacen caer miradas en otoño. La historia de Fabian con Cornelia, el relato de su amistad con Stephan y la radiografía del Berlín bohemio es un ejercicio de inmolación de géneros llevados al límite de sus estructuras clásicas y convencionales. También reflejan a un cineasta tremendamente cómodo en la encrucijada entre modernidad y clasicismo capaz de pivotar a su antojo entre estilos siempre con una cámara que sabe puntuar el estatismo y escribir el movimiento psicológico de sus personajes en cada travelling de seguimiento.

    Fabian: Going to the Dogs es el tipo de cine errático, arrítmico y descosido capaz de mostrar la elasticidad de la imagen y su capacidad para continuar sorprendiendo justo cuando podía pensarse que ser contemporáneo consistía en un funesto ejercicio de mera arqueología cinematográfica. Hay aquí un ejercicio de vitalismo visual capaz de mirar al pasado con un poco de curiosidad y mucho de desacralizador. Hastío existencial y romanticismo sufrido, el relato de Fabian se siente tan fuera de sí que cualquiera puede latir en sus muchos huecos.


    Javier Acevedo Nieto |
    © Revista EAM / 18ª edición del Festival de Sevilla


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